Shall we dance?

Otro viernes negro: esta vez, con las nuevas cifras del paro, en torno a 350.000 personas más. Nos acercamos al 25% de la población activa sin trabajo. 1.700.000 no tienen ya ninguna fuente de ingresos. Por eso me llamaron tanto la atención de una amiga que desde hace más o menos un año está en el paro (copio aquí tus palabras porque sé que para todos seguirán siendo anónimas):

¿Te das cuenta de la maravillosa oportunidad que nos han dado de retomar el valor de las cosas y situaciones?  (…) años antes de perder mi puesto de trabajo, a veces, pensando en que podría suceder si «sucedía», sentía físicamente algo similar a  lo que creo que tiene que ser un ataque de pánico: sentía terror, algo que me superaba. Y aquí estoy, relativamente preocupada, al borde de terminar mi prestación por desempleo y… viviendo feliz: mucho, pero mucho más que en los tiempos en que era una completa esclava de un trabajo ingrato y mal remunerado.

¡Qué palabras más duras, cuando se conoce la situación de quien las pronuncia! Pero, a la vez, qué verdaderas: delatan el anhelo escondido de un mundo más humano, en el que lo verdaderamente importante ocupe nuestro tiempo y nos ayude a crecer y a disfrutar de esta vida, que fue concebida para ser algo maravilloso.

Sin poder evitarlo, mi memoria se evade a una canción que en estos días se repite machaconamente dentro de mí: “Shall we dance?”, y que pertenece a uno de los musicales más atractivos de Rodgers and Hammerstein II: The King and I. En el cine, Deborah Kerr y Yul Brynner interpretaron a la maestra Anna Leonowens y al rey Mongkut de Siam del musical; unos personajes a los que volvieron a dar vida posteriormente Jodie Foster y Chow Yun-Fat.

La letra de la canción recrea los sentimientos y las palabras de Anna. Se siente atraída hacia el rey. Intuye a que al comenzar la música, algo misterioso la conducirá a su lado, a pesar de que apenas se conocen; que cuando se entreguen uno en los brazos del otro e inicien el baile, volarán sobre una nube radiante, y que quizás la última estrella que se retire del cielo los sorprenda aún juntos y abrazados: porque esas son las cosas que pueden suceder en una situación así.

Si ahora me demoro en esta canción no es simplemente por el deseo de evadirme de lo que sucede. Es porque pienso con mi amiga que el momento que vivimos nos da la oportunidad de «retomar el valor de las cosas y situaciones». Un valor que no se reduce al de los números fríos e inútiles que rigen nuestra economía. Es mucho más. Y, para mí, aparece simbolizado admirablemente en el vínculo profundo del baile y en su belleza.

Shall we dance?