Mentíme: chat o tango

burt_lancaster_-_audrey_hepburn_-_1960Soledad había dormido mal aquella noche. Letras de tango malevo y onomatopeyas caprichosas en el chat jijí jajá bailoteaban en su recuerdo y en su imaginación transmutadas en aquelarre. Definitivamente, no era lo mejor para dormir despedirse del día escuchando el requiebro tanguero de “Vendrás alguna vez” a la par que intercambiaba jajajás y caritas sonrientes y virtuales con su ay-mi-amor-mi-pepe-cómo-me-hacés-reír. Porque Pepe era así: no decía nada que tuviera, digamos, peso, pero sus palabras eran como cosquillas en su sobaco. Y entre el “Mentíme” del tango “si es que nunca… nunca volverás” y las risitas tontas, su alma se rendía al sopor de su cuerpo con una cantinela en la cabeza que hacía imposible el descanso.

Amanecer de resaca. Y sin embargo, Soledad no era de las que se rendía ante la posibilidad de una migraña mañanera. Así que se vistió con su vestido rojo ligeramente escotado, se peinó cuidadosamente su fecunda cabellera negra dejándole cierto aspecto descuidado, se pintó los labios de un rojo intenso y juguetón, y se fue al estudio de grabación, que por algo tenía los tangos en la cabeza.

¡Ay, Soledad! Yo sí preferiría “vivir de esa mentira, que andar tras de la muerte sabiendo la verdad”. Sabiendo que no has de volver a mi lado, que te me has ido para siempre. Porque esa es la grabación que más escucho de las tuyas, la del tango que reniega de la promesa de su título, porque ahora ya sé que no vendrás alguna vez, que no vendrás jamás.

El estudio estaba vacío. Mejor. Es la ventaja de amanecer pronto. Como lo es el paseo por las veredas del barrio de Palermo camino a la grabación, el olor a café y el aroma de las masitas recién horneadas. La vereda, como recién barrida. Los autos, como desperezándose con cierta timidez, cuajados de rocío.

Sentada en un diván acorde con esa recepción de aspecto quilombero, Soledad cruzó su pierna izquierda por debajo de su muslo derecho. La que le quedaba libre se balanceó al descuido, con aires juveniles y despreocupados, frescos como la sonrisa de sus labios soñadores. Las manos, apoyadas a ambos costados de su cadera en el diván, hacían que sus brazos enhiestos parecieran dos columnas labradas con esmero, y la obligaban a encoger los hombros.

Se imaginó a su ay-mi-amor-mi-pepe recostado en una tumbona en una playa de agencia de viajes. Fiel a las reglas de la publicidad, llevaba unos anteojos de sol oscuros, y en su mano izquierda sujetaba un cóctel que a buen seguro estaba frío. Por supuesto, una pajita tropical, porque tropical era la playa y así tenía que ser, se apoyaba en el borde del vaso. En la mano derecha, un móvil; y en la mano derecha también, un pulgar juguetón: el pulgar capaz de cambiar de pantalla con un simple desplazamiento, de teclear unos cuantos jajás o jejés con la facilidad con que Alan Ladd desenfunda su revólver, capaz también grácil pulgar de enviar caritas y de convertir las vibraciones del chat en unas cosquillas juguetonas en el sobaco de su Sole, amada entre las tantas amadas que coleccionaba Pepe en el mundo virtual.

Pero esto Soledad no lo sabía.

Le gustaba reír; le agradaban las cosquillas. Aunque ¿era eso amor?

La historia del tango tenía más fuerza. A menudo, al escucharla le venía a la cabeza la imagen de Burt Lancaster y Audrey Hepburn en las ardientes tierras del oeste americano. Él con la mirada fija y como destinada, tan distinto de ay-mi-pepe, los dientes apretados, el rifle en la mano izquierda, avanzando hacia el costado derecho de la cámara; ella, arrastrada a sus espaldas, aferrada a su mano, como intentando impedir su marcha, como diciendo no te me vayas Zach no te me vayas ya ves que estoy acá arrastrada a tus pies suplicando que no te vayas que no te dejes matar porque sé que te estoy amando que siempre te he amado. Audrey no voseaba; no tenía por qué vosear, porque el golpeteo agudo del voseo no es para rostros gráciles y delicados como el de ella, sino para el brazo de Rita Hayworth, que lentamente, como un insulto, se desnuda.

A menudo le venían esas dos imágenes a la cabeza. Porque el tango es requiebro y quiebro, abrupta contorsión, mueca y lamento, elegía cruel de ese pasado tuyo que en el mío me persigue

tan tenaz como la sombra,

y en la noche solitaria

oigo al viento que te nombra.

¿Es preciso ser consciente de que se ama para amar con certeza? Y si es así, ¿no es el sufrimiento por amor su prueba definitiva, aunque lo sea de un amor perdido?

Y yo te digo ahora, Soledad, que no sé a ciencia cierta cuál es el amor que perseguimos, que nos incendia el alma. No lo sé. Desde acá, desde mi sombra, te idolatro. Imagino que hablamos, nos reímos. Pero apenas soy para vos el pasado en el que nunca estuve. ¿Entendés por qué, Soledad? ¿Entendés que te llame en mi amargura “aunque nadie me conteste”? ¿Entendés que sea “inútil que proteste”? Y es que mi rencor, lo sé, “es más fuerte que todo mi amor”. Pero no contra vos, Soledad, no contra vos. Solo contra la historia, contra el azar que ha impedido que nos conozcamos.

Mentíme, decíme que volverás…

Serías mi pretexto para seguir vivo.

Ya ves, parezco un tango.

Por eso, los aparatejos esos no son para mí. No sentiría las cosquillas como las sentís vos. Para el malevo que soy, solo tu cuerpo enredado con el mío, quiebro y requiebro que el bandoneón arrastra, solo el hechizo del rojo ardiente de tus labios y de tus ojos de esmeralda clavados en los míos me harían cosquillas.

Cosquillas como la ardiente hoja del cuchillo que descuidadamente dejaría caer en un yuyal, junto a un arroyo, si simplemente me mintieras.

Ignacio Roldán

Madrid, 6-10-2016

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Mentíme: chat o tango

Desengaño

 
Logroño, nostalgia y vino.
Nocturno bandoneón: tango y gemido.
 
Por tu sonrisa
derramé mis anhelos
de espuma y mar. Y por tus labios,
¡ah, por tus labios!,
de mi pecho el clavel
sangró sin lazo.
 
Logroño, vino y nostalgia:
desengaño de ti,
racimo y clavo.
 
Ensayo de poema (juego)
después de oír un tango en una esquina 
de la calle Laurel, Logroño
Desengaño