Se agosta el corazón, gime la Tierra

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Mi amor, el alba
apenas alborea, apenas enciende el sol, es toda blanca.
Es blanca sin matiz, muda sin trino y fría sin arrullo.
La cuna está vacía.

Se agosta el corazón. Gime.
Gime la Tierra sin entrañas.
Porque ya no las siente,
porque ya no le queman,
ya no le arden haciéndole girar en alocado sueño.

Era un sueño de amor,
¿recuerdas?
Y, sin embargo,
estéril es ya el canto, y ya es tibia la luz y frío el desamparo.

Has de salir, lo sé. Has de partir a tus quehaceres.
Cuando te vayas,
cierra la puerta tras de ti. Pero antes
silencia cualquier ascua.

Y no esperes el sol:
hoy no saldrá,
como tampoco brillará mañana.

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Se agosta el corazón, gime la Tierra

Seguir a pesar de los miedos

La vida, a veces, se hace cuesta arriba. Como en esta semana última. Como ahora. Es como si los muebles de nuestra habitación más íntima hubieran cambiado de lugar, y no supiéramos movernos entre ellos. Quizás por eso la necesidad de salir, de tomar distancia, de contemplar desde fuera el espacio donde transcurres y convertirle en tu reflejo.

Valladolid, para ti, es la distancia. Y su mera mención me llena de recuerdos.

Pasé allí tres años de mi primera infancia: desde los tres a los seis. Vivía en el piso dieciséis de un edificio que destacaba sobre el Paseo de Zorrilla, frente a la plaza de toros.

Recuerdo que todo estaba bien: el Pisuerga a nuestras espaldas, en una de cuyas playas bajábamos a bañarnos; el colegio en el que hice mi preprimaria, bajo el cuidado de las monjas agustinas, que de vez en cuando mandaban a mi hermana al cuarto de los ratones por rebelde; el columpio aquél en el que nos balanceábamos con un ímpetu cada vez más intenso, y más y más, con el propósito fijo de dar la vuelta completa; el pavo real y narcisista en el parque que había al final del Paseo de Zorrilla, frente a la esquina en la que una vez mi madre me advirtió de que los policías podían detenerme si seguía cantando por la calle; el centro histórico, bosquejo en mi memoria, y el olor a churros, a palomitas de maíz y a algodón dulce en una feria pasajera; el nacimiento de mi hermana, que me pilló por sorpresa, ajeno como siempre a lo que sucedía en mi entorno. Seguir leyendo “Seguir a pesar de los miedos”

Seguir a pesar de los miedos

Encuentro en el laberinto

Borges se vislumbró a sí mismo en el centro de un laberinto: él era el Minotauro y el Minotauro era él. Los pasillos eran iguales, réplicas unos de otros, reiterativos e infinitos. La soledad era su condena.

A veces, yo me duplico en Borges. Porque en esta sociedad compleja que hoy habito, dominan las estructuras. Consisten, también, en pasillos interminables, en aristas agudas, en trayectorias que llevan siempre al mismo sitio.

Europa es un laberinto. El Leviathán lo ha regulado todo. La razón ilustrada nos ha arrojado a ti y a mí en galerías idénticas unas a otras. ¡Si pudiéramos encontrarnos! ¡Si pudiéramos hilvanar, como el de Ariadna, con nuestra palabra el hilo que seguro nos guiara a la salida!

Pero yo sé que en uno de los recodos, junto a los aljibes quizás o en el reguero de tu voz que tercamente se derrama, te encontraré, lo sé. Y entonces ya no estaremos solos, ya no seré yo el único, ni tú tampoco. Seremos dos, y quizás tres: ¡quién sabe los lamentos que ignoramos!

¡Encuentro!
¡Mirada, palabra, abrazo!
Fuera del laberinto
murmura la lluvia mansa.
Encuentro en el laberinto