El mundo gira enamorado

“El mundo gira enamorado”
(Victor Frankl)

Un café de Madrid. Les quedaba a mano, a unos pocos pasos de donde se ha producido el reencuentro. Llovía fuera y, desde dentro, desde esta parte del cristal, las gotas escurridas parecen lágrimas. Lágrimas por los dos, y por los trenes parados, y por los barcos que no llegan, y por los titulares que se quejan de esa fórmula hueca que una y otra vez yerra.

Una mesa, dos cafés. Veinticuatro años son suficientes para ahondar los surcos de una tierra reseca. La ausencia de agua se aprecia en la falta de brillo de los ojos. Pero ahora, por unos momentos, olvidan las sequías que vinieron después de los primeros años de actividad febril e ilusionada: los años en los que, lejos ya uno de otro, jugaron a dibujar en un papel dos mapas del mundo a la medida de cada cartógrafo.

Olvidan las sequías. Reviven los años en que ambos compartían la mirada y el asombro, el riesgo de vivir y la esperanza fresca. Las manos sobre la mesa -las de ella inquietas- se rozan casi. El beso anhela.

Fuera, se desmoronan los edificios y las calzadas se agrietan. Semáforos turbados no saben ya de qué color ponerse. El tráfico es un caos. Los viandantes huyen. Y sé, como un relámpago, que si ese beso anhelante no se sella, si esas manos ansiosas no se rozan, los números febriles les llevarán corriente abajo, y se despeñarán con fuerza.

Fuera, otros labios se besan, otros ojos se miran, otras manos se entregan. Son labios tiernos, ojos inquietos, manos ilusionadas. Ella es lirio y clavel, él musgo o hiedra. Caen los ladrillos a su alrededor, y los aviones. Pero no les alcanzan. El mundo vuelve a girar. Gira, por fin, enamorado.

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El mundo gira enamorado

Invierno en Europa

El invierno ha llegado a Europa. Desde hace tiempo, se insinuaba en oleadas de viento helado. Se sabía que algún día llegaría para quedarse largo tiempo. Pero el cambio climático, que dicen por ahí que aumenta las temperaturas, cerró nuestros ojos ante una realidad cada vez más amenazante.

El invierno en Europa me recuerda a los poemas de nuestros dos siglos de oro, aquellos en que Góngora y Quevedo se espantaban de que el tiempo “tiña de nieve la hermosa cumbre”, metáfora de las canas en los cabellos de los que envejecen. Porque Europa está vieja.

Está vieja desde que empezamos a buscar la seguridad frente al riesgo, lo fácil frente a lo arduo, lo malo conocido frente a lo nuevo por conocer; desde que empezamos a avergonzarnos de quienes la forjaron, por no atrevernos quizás a mantener su mirada; desde que perdimos nuestra fecundidad, por olvido del amor y de la entrega; desde que se secaron los cauces.

Miro esta Europa atrapada en un invierno que ella misma se ha creado. Como el poeta en aquella España de hace siglos, entro en ella como en mi casa. La veo amancillada, despojos “de anciana habitación”. Y, sin embargo, me niego a no hallar “cosa en que poner los ojos” que no sea “recuerdo de la muerte”. Porque no quiero, como Quevedo un día, sentir su “báculo más corvo y menos fuerte”, ni su espada “vencida de la edad”.

Y es que sé que al invierno le sucede la primavera. Llegará algún día, tal vez calladamente, si dejamos a la naturaleza seguir los ritmos que un músico genial escribiera en su partitura. Porque, como dejó escrito otro poeta nuestro, “Mi corazón espera/ también, hacia la luz y hacia la vida,/ otro milagro de la primavera” (Antonio Machado).

Invierno en Europa

Temor

El miedo nunca ha sido buena compañía: hace difícil pensar con calma, paraliza cuando es pánico, aconseja seguridad a cualquier precio. Y, sin embargo, parecemos condenados a recorrer con él algunas etapas de nuestra vida.

Europa, la soberbia, no sabe hoy bien hacia dónde se encamina: pero descubre con asombro que lo hace acompañada del temor. De la noche a la mañana, nos han revelado la imposibilidad de sostener nuestro sistema de salud pública tal y como lo conocemos, el riesgo de no saber cómo sustentar a los ancianos, lo quimérico de brindar enseñanza gratuita y lo falaz de tantas promesas de trabajo seguro y digno que nos han hecho. Europa tiene miedo, pánico, como sus bolsas de valores.

Yo, por mi parte, asisto asombrado a otro temor: el de que salgamos de esta situación a costa de ceder entregar nuestra libertad y nuestra dignidad. Lo empiezo a contemplar en Cataluña: recortes de sueldos a funcionarios, recortes de servicios sanitarios, recortes y más recortes… para recuperar esos fondos que los políticos del tripartito malgastaron -ya en su propio beneficio, ya en el de su fanatismo- durante los últimos años.

Juegan con cartas ganadoras: al fin y al cabo, los bancos en los que se gestó la crisis supieron muy bien cómo salir del paso por medio de nuestro sacrificio callado y dócil.

Temor