Odres nuevos para un vino nuevo

Esta semana nos hemos visto sacudidos en España con los recortes en salud y educación. Mala noticia: estas dos áreas, directamente relacionadas con la dignidad de las personas y con su capacidad para crear riqueza (no solo económica, sino social, familiar, cultural, ¡de vida!) deberían ser las últimas en ser de esta manera maltratadas.

Pienso que, en el fondo, el problema radica en que los gobernantes que tenemos son mediocres. No ataco al PP para hacer el juego al PSOE, cuya historia de corrupción y desgobierno es inquietante, y que por decencia debería desaparecer de los medios de comunicación después de la dejadez con que trataron el problema del paro (¡más de cinco millones y medio de desempleados, familias desesperadas!). No me interesa entrar en el maquiavélico juego de la derecha y la izquierda, inventos estos del siglo XIX que contribuyeron a hacer del siglo XX una carnicería humana.

Lo que pretendo es poner el dedo en una llaga lacerante de nuestra sociedad: la mediocridad de una clase política que solo sabe repetir fórmulas frías e inútiles. Porque los tiempos que vivimos exigen soluciones nuevas, arriesgadas, creativas. Exigen confiar en la capacidad humana de encontrar oportunidades, de trabajar en equipo, de resurgir de las cenizas con savia nueva y vivificante.

Para este vino nuevo se necesitan odres nuevos.

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Odres nuevos para un vino nuevo

Quejas desde la sociedad

En un solo día han entrado en mi buzón de correos dos mensajes similares: uno, de una plataforma para la movilización social, me pide que firme un manifiesto en el que se pide que se supriman totalmente las subvenciones a los sindicatos, a los partidos políticos y a las organizaciones empresariales; otro, iniciado por una persona concreta, pide también mi firma para que se reforme la Constitución, de tal manera que terminen los privilegios de los diputados. A la vez, salta en televisión la noticia de las doscientas embajadas que mantienen las Comunidades Autónomas españolas en el resto del mundo, y se convierte en el comentario de bares y patios de edificios.

Parece, aunque los medios afines al gobierno (también los tiene el PP, como los tiene el PSOE) intenten suavizarlo, que las últimas medidas no han gustado nada. Al fin y al cabo, a quien más afectan los recortes y los impuestos es a la clase media, precisamente la que solía crear más empleo antes de que lanzaran sobre ella la losa pesada de la crisis.

He firmado el primer manifiesto, y he añadido que se acaben también las subvenciones al cine español, porque quiero que se convierta en una industria que genere empleos. Y me dispongo a pasar el segundo manifiesto a mis amigos, porque deseo vivamente que de esta crisis salgamos libres de quienes han abusado de tan noble cargo, el de representante del pueblo, convirtiendo el Congreso en antro para el latrocinio, la adulación y la mentira.

Quejas desde la sociedad

Temor

El miedo nunca ha sido buena compañía: hace difícil pensar con calma, paraliza cuando es pánico, aconseja seguridad a cualquier precio. Y, sin embargo, parecemos condenados a recorrer con él algunas etapas de nuestra vida.

Europa, la soberbia, no sabe hoy bien hacia dónde se encamina: pero descubre con asombro que lo hace acompañada del temor. De la noche a la mañana, nos han revelado la imposibilidad de sostener nuestro sistema de salud pública tal y como lo conocemos, el riesgo de no saber cómo sustentar a los ancianos, lo quimérico de brindar enseñanza gratuita y lo falaz de tantas promesas de trabajo seguro y digno que nos han hecho. Europa tiene miedo, pánico, como sus bolsas de valores.

Yo, por mi parte, asisto asombrado a otro temor: el de que salgamos de esta situación a costa de ceder entregar nuestra libertad y nuestra dignidad. Lo empiezo a contemplar en Cataluña: recortes de sueldos a funcionarios, recortes de servicios sanitarios, recortes y más recortes… para recuperar esos fondos que los políticos del tripartito malgastaron -ya en su propio beneficio, ya en el de su fanatismo- durante los últimos años.

Juegan con cartas ganadoras: al fin y al cabo, los bancos en los que se gestó la crisis supieron muy bien cómo salir del paso por medio de nuestro sacrificio callado y dócil.

Temor