Lamentos quevedianos de un enfermo

Soy mal enfermo, he de reconocerlo. Y una vez al año, por lo menos, hago como los animales cuando me asalta la obligada gripe: me quedo quieto, yacente y arropado (elemento no animal, sino humano), y espero que pase la congestión mientras me lamento de la vanidad de la vida.

Quizás sea esta la razón de que los versos de Quevedo hayan rondado estos días el lecho de mi particular agonía, acogiendo bajo la misma manta la decadencia de España y mi sufrimiento personal:

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.
 
Salíme al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.
 
Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.
 
Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
 

Habrá quien se queje de la amargura de estos versos. Para mí, sin embargo, revelan las penas que los pobres humanos sufrimos desde que aquella manzana (que no era tal manzana) del Paraíso conquistó a nuestros primeros padres. No es preocupéis: en breve la gripe me abandonará, aburrida de los lamentos de quien la hospeda, y quizás brille el sol. Y entonces buscaré otro poeta que exprese lo que siento: Lope, Bécquer quizás, Salinas o el Neruda joven (el que aún era poeta).

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Lamentos quevedianos de un enfermo

Invierno en Europa

El invierno ha llegado a Europa. Desde hace tiempo, se insinuaba en oleadas de viento helado. Se sabía que algún día llegaría para quedarse largo tiempo. Pero el cambio climático, que dicen por ahí que aumenta las temperaturas, cerró nuestros ojos ante una realidad cada vez más amenazante.

El invierno en Europa me recuerda a los poemas de nuestros dos siglos de oro, aquellos en que Góngora y Quevedo se espantaban de que el tiempo “tiña de nieve la hermosa cumbre”, metáfora de las canas en los cabellos de los que envejecen. Porque Europa está vieja.

Está vieja desde que empezamos a buscar la seguridad frente al riesgo, lo fácil frente a lo arduo, lo malo conocido frente a lo nuevo por conocer; desde que empezamos a avergonzarnos de quienes la forjaron, por no atrevernos quizás a mantener su mirada; desde que perdimos nuestra fecundidad, por olvido del amor y de la entrega; desde que se secaron los cauces.

Miro esta Europa atrapada en un invierno que ella misma se ha creado. Como el poeta en aquella España de hace siglos, entro en ella como en mi casa. La veo amancillada, despojos “de anciana habitación”. Y, sin embargo, me niego a no hallar “cosa en que poner los ojos” que no sea “recuerdo de la muerte”. Porque no quiero, como Quevedo un día, sentir su “báculo más corvo y menos fuerte”, ni su espada “vencida de la edad”.

Y es que sé que al invierno le sucede la primavera. Llegará algún día, tal vez calladamente, si dejamos a la naturaleza seguir los ritmos que un músico genial escribiera en su partitura. Porque, como dejó escrito otro poeta nuestro, “Mi corazón espera/ también, hacia la luz y hacia la vida,/ otro milagro de la primavera” (Antonio Machado).

Invierno en Europa