Ya no hay distancia

manos-sujetan-mundo-2Te quiero por encima del mar y del océano; por sobre las montañas que se alzan vigilantes; por sobre las fronteras, las trincheras y las líneas rojas de los desacuerdos.

¡Ha tanto ya que no nos vemos! Y, sin embargo, tu palabra te recrea en cada línea, y ya no es un renglón tras otro lo que traza, sino el contorno de tu rostro y de tu abrazo.

Tu palabra…

Tu palabra y mi palabra desnudan almas. Tu voz me llega cálida, mi voz te ampara. ¿De dónde esta hermandad, este saber que somos hijos tú y yo del mismo vientre, y ventilarlo a cada instante?

Ya ves, amor, hermano, hermana, por encima del mar y de los montes, más acá del espacio intergaláctico, mi voz te halla, la tuya me acompaña.

Ya no hay distancia.

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Ya no hay distancia

Cuéntame cuentos, querido candidato

¡Cuántas veces te habrán dicho, apreciado candidato, “no me cuentes más cuentos”! Y es que, aunque te niegues a reconocerlo, sabemos ya de sobra vuestra capacidad para inventar historias fabulosas que encandilan a los votantes; historias que, después, resultan falsas.

Y, sin embargo, deseo hoy que cuentes cuentos. Y que los cuentes en las calles, en la sede de tu partido, en el Congreso si es que llegas a sentarte en él, en el gobierno si es que lo alcanzas. Cuenta –cuéntanos- un cuento.

Por ejemplo, el de El príncipe feliz. ¿Sabes quién lo escribió? Óscar Wilde.

Ya sé que debería explicarte quién fue Óscar Wilde, porque últimamente se ha vuelto cada vez más evidente el hecho de que de cultura andáis algo faltos. Mucha gente dice que sois corruptos y, sin embargo, yo afirmo que antes que eso sois víctimas de la incultura, causada quizás por el empobrecimiento que reina en las aulas, precisamente por esas leyes que tanto os gusta promover. No te preocupes, te entiendo: ¿a quién le gusta ser un tonto que gobierne a sabios?

Me salto la vida de Óscar Wilde. Búscala en internet, que lo que interesa es el cuento. El de una golondrina viajera que para a descansar en el regazo de la estatua de un príncipe bañada en oro y enriquecida con joyas. ¡Pobre golondrina! Ella tiene sus planes, llegar a Egipto para pasar el invierno; tú también los tienes, aunque a veces los escondes, no vaya a ser que eso te quite votes y el aprecio y la admiración que de manera enfermiza deseas. ¿Sabes que dos o tres lágrimas van a torcer los planes de la golondrina? Ten cuidado con las lágrimas, no vaya a ser que tuerzan los tuyos.

Quien llora es ¡la estatua! Fíjate en lo que le dice a nuestra avecilla:

-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre (…) no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo.

happy-prince-1Perdona la interrupción, pero es que me surge una duda: ¿dónde está hoy en día el Palacio de la Despreocupación, ajeno al dolor, lugar para el juego y para el baile, protegido de no se sabe qué por unos altísimos muros? ¿Dónde? ¿Lo sabes tú? Pero el príncipe sigue:

-Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.

¿Te das cuenta, querido candidato, de ese pequeño detalle apenas advertido?: “Me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad”. ¿Has pensado tú en elevarte, en no quedarte a ras de tierra, en mirar por encima de esas murallas que te protegen del dolor ajeno? Mira que si lo haces, a pesar de que tu corazón sea de plomo, no podrás sino llorar.

Voy a hablarte ahora de mí. Tú, quizás porque en Navidad se hacen realidad los sueños bellos al calor de esa familia sin techo cobijada en un pesebre allá en Belén, contemplas desde tu pedestal lo que advierte con sus ojos enjoyados el príncipe feliz: “en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta”, y por ella ves a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora”. Y como tu corazón se ha vuelto humano, me llamas “golondrina” y me pides que le lleve a la buena mujer el rubí del puño de mi espada.

Dudo. Me esperan en Egipto las amigas golondrinas. Revolotean ya sobre el Nilo, descansan sobre los lotos. Aquí empieza ya a hacer frío.

Y tú me insistes:

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita, quédate conmigo una noche y serás mi mensajera. ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!

Me has convencido. No sé por qué, ahora que late tu corazón, quiero ayudarte. Me quedaré una noche más antes de emigrar a tierras más calientes. Llevaré el gran rubí. Pasaré en silencio por sobre los salones de baile del palacio, por sobre los restaurantes de lujo a los que pensabas acudir, por sobre los tristes lechos en que muchos de vosotros dais rienda suelta a vuestros instintos de posesión, por sobre vuestra borrachera anhelante de una simple caricia de amor. Y cuando llegue a la vivienda, depositaré el gran rubí sobre la mesa, en el dedal de la costurera. Acariciaré con mis alas la suave cara del niño, y acunaré su sueño.

Cuando vuelva, mi querido candidato, sabré que las noches que me esperan junto a ti son muchas. Que hay un joven que se esfuerza por terminar esa obra que nunca termina, porque tiene los dedos ateridos por el frío y está hambriento, y no puede escribir. Sé que me rogarás que le lleve uno de tus ojos de zafiro, porque el otro te lo reservas, aunque te quedes ciego por eso, para esa niña que en la plazoleta vende cerillas. Se le han caído al arroyo. Sus pies, sin zapatos ni medias, están desnudo, y su pobre cabecita expuesta a la intemperie.

Estas ciego, candidato, pero ahora contemplas lo que nunca has visto. No puedo dejarte solo. Me quedaré contigo para siempre, para que puedas seguir haciendo realidad –oh, captain, my captain– este cuento tan hermoso. Gracias a ti veré a los ricos que festejan y ríen en sus magníficos palacios, mientras los mendigos esperan sentados a sus puertas. Veré los barrios sombríos y sabré que las caras de los niños que mueren de hambre son las mismas de los que naufragan en nuestras costas huyendo de la guerra y la miseria. Veré cómo se abrazan uno a otro para darse un poco de calor y protegerse del frío. Y te lo contaré.

Y entonces tú te desprenderás de las hojas de oro que cubren tu cuerpo, y yo haré que lluevan sobre pobres y niños.

¿Y sabes una cosa? Llegarán los hombres poderosos, o los que miran solo la apariencia. Y te verán metal desnudo y corazón de plomo, afeado además por el cadáver de una golondrina que no pudo emigrar antes de que llegara el frío. A mí me arrojarán en un basural, y a ti querrán fundirte.

Pero un ángel enviado por Dios para buscar las cosas bellas que hay en este mundo llevará a su presencia un corazón de plomo y una avecilla muerta. Y Dios sonreirá y nos inundará su amor.

Así que no hagas caso, querido candidato, a los que te dicen que no les cuentes más cuentos. Yo quiero que nos repitas este, el de Óscar Wilde, una y otra vez. ¡Y que se cuente en el parlamento en cuyos sillones os sentáis para dictar leyes, en los tribunales que buscan la justicia, en el palacio desde el que nos gobiernan, en las escuelas, en las plazas y en el calor del hogar!

Cuéntame cuentos, querido candidato

Tu corazón, el mío

–Buenos días, sonrisa de la mañana –te digo al encontrarte en los asientos de atrás, en el autobús.

–Buenos días –contestas, y me sonríes radiante.

–Dile también que es flor de las avenidas –me dice Pedro en un susurro. Ha subido conmigo y se sienta a mi lado.

–Díselo tú –y sé que le va a costar: es tímido; pero al final se lo va a decir, porque la quiere.

El autobús se pone en marcha. Pasan los edificios y las farolas y los escaparates por la ventana. Los árboles de la vereda han florecido. ¡Cómo me atraen los balcones y las barandas de forjado hierro, las volutas y las molduras, los azulejos en las fachadas! Me hablan, mañana tras mañana, de un delicado oficio ya pasado, del primor, del adorno y del regalo.

Como el chófer del autobús. Han subido unos niños pequeños, los de siempre. A su escuelita se van, tan alegres. La mano de la madre no alcanza para todos. Pero sí los caramelos que con una sonrisa entrega a cada uno el conductor: “¡Buenos días, María! ¡Toma un caramelo! ¡Para ti!”. Y lo mismo a Juanito, y a Hernán, y a Lucía. Todas las mañanas, una tras otra, espero con ilusión esta parada: sonrisas infantiles me iluminan las entrañas.

Y pienso en el chófer. Y les comento a Lourdes y a Pedro, que habrán contemplado la misma escena:

–¿Os habéis fijado en el conductor? Todos los días hace lo mismo. Y siempre con la misma alegría, como si fuera una fiesta. ¡Les enseña que el mundo está bien hecho! ¡Les muestra, porque sí, porque lo cree, que la vida es un regalo!

No he podido evitar la exclamación. Ni lo he querido. Y es que -Pedro, Lourdes- me siento conmovido. Y sé que a lo mejor no tiene mucho que ver, pero no me voy a sentar ya más frente al televisor. No quiero. Estoy harto de ver cómo nos ofendemos, cómo cualquiera es ocasión para la risa tonta, para el desprecio. Harto de contemplar la violencia llevada hasta el extremo, el sexo de atropello, el culto al ego. Harto de que modelen mi cerebro, mis sentimientos todos, de que me digan qué pensar o cómo hacerlo.

Pero Lourdes y Pedro no me escuchan. Acaba de llover “flor de las avenidas” sobre el cabello azabache de nuestra amiga, sobre sus hombros labrados, sobre sus senos. Y ellos se miran. Se miran, sí, y con los ojos se besan.

¿No es hermoso? Aflora el corazón. Y con su pálpito hace que manen arroyos frescos de fuente oculta. Se riega el campo. Es lo que importa: tu corazón, el mío.

Tu corazón, el mío

Aprendiz entre tus brazos

Cubiertos

Y, sí, aunque te parezca mentira, aquella tarde no me evadía de tu mirada jugando a perder la mía hacia la catedral, o hacia el teatro Julián Romea. No. Era simplemente que el tibio sol de esa plaza segoviana tenía una luz especial y me deslumbraba. Por eso, sentados en una terraza, a pocos pasos de los soportales, imaginé un mantel blanco.

Descansaban sobre él la vajilla y la cubertería, preparadas para dos personas. Y me fijé en la cuchara, y también en el cuchillo y el tenedor que hacían guardia a ambos lados de un plato. Tú me mirabas desde tus ojos color de ámbar, desde esa nariz cuya esbeltez corrobora el arco delicado de tus cejas, desde esa sonrisa roja, alas de gaviota ensangrentada sobre un capullo de clavel mullido.

Mi miraba reposaba en los cubiertos, distraído de ti, sabedor de que esa mirada tuya me acogía. Porque era el género lo que me distraía mientras esperábamos que nos sirvieran: el género de los cubiertos, más bien el de sus nombres. ¿A cuento de qué el cuchillo y el tenedor son masculinos, y la cuchara, femenina?

No quería demorarme en etimologías, en comparar la gramática del español con la de otras lenguas. No, eso no me interesaba. Mi pretensión era elaborar –como hago siempre– una teoría que naciera de mí, y que después la realidad, si daba su acuerdo, encajara en ella.

El razonamiento era simple: si el cuchillo corta y el tenedor pincha, es porque ambos salen de sí para penetrar en el pobre alimento, para manipularlo. En cambio, la cuchara acoge. ¡Vaya por Dios!, eso sonaba a simple ajetreo sexual: penetración y acogida; y, la verdad, quedaba muy mal figurarse la escena cuando tu cuerpo corroboraba apenas, hermosa y leve frente a mí, la gracia femenina de tu gesto.

Había que elevarse un poco, y decir que lo que hace el hombre es salir de sí, introducirse sin permiso en la realidad y transformarla. Por algo es basto su cuerpo, concebido para el atropello. Pero tu cuerpo, mujer, tu cuerpo es cóncavo, ánfora del Edén y delicado estambre.

–Hoy quiero que me quieras –te dije entonces. Y era como decirte que te amaba–. Hoy quiero que me enseñes ese don que tenéis para acoger, para hospedar, para el amparo.

Ya ves, gaviota y luna, flor para el fruto y morada, ya ves que sigo siendo mero aprendiz entre tus brazos.

Aprendiz entre tus brazos

Esbozo

Selene and Endymion

Estabas tendida a mi lado sobre el césped, bajo la sombra caleidoscópica de un par de cedros enredados con la fronda de los falsos castaños. En ese momento, el Retiro era un no estar en donde estábamos, sino más lejos, en los bosques de Balsaín quizás, o frente al anchuroso mar.

Tu silueta se recortaba como la de una mujer tendida sobre la que hubieran caído siglos de tierra y roca, dando lugar a cumbres cuyos senos y vientre, nariz y labios se dibujaran prístinos contra un cielo de azul constancia. Tu mano sujetaba un palito cogido de entre el césped al azar, y con él recorrías tu perfil con despreocupación fingida.
Fue entonces cuando te hablé de Selene y Endimión…

Esbozo

Mirada nueva

En estos días me llegó una advertencia: “Te leo algo triste…”. Al principio, pensé que no era tristeza lo que se leía en mis entradas anteriores, sino la realidad que nos rodea: una realidad en la que las cifras cuantifican la desesperanza de millones de personas.

Y, sin embargo, en las letras que me llegaron se escondía una verdad: la de que nuestros ojos tiñen nuestros días de colores tristes o alegres, según se les antoja.

La mirada, a la que he dedicado artículos o capítulos de un libro (y de la que parecía haberme olvidado), es capaz de transfigurar nuestro mundo y presentarlo como campo fecundo para el cultivo, como mesa para el almuerzo entrañable con los seres más queridos, como pantalla para proyectar una película fascinante.

En esta aventura no estamos solos, y es tan apasionante como olvidarse de los problemas propios para pensar en cómo juntos, con el aporte solidario y creativo de cada uno, podemos conseguir que cada familia cuente con aquello que le permita vivir con dignidad.

Mira a tu alrededor con una mirada nueva…

Mirada nueva

Shall we dance?

Otro viernes negro: esta vez, con las nuevas cifras del paro, en torno a 350.000 personas más. Nos acercamos al 25% de la población activa sin trabajo. 1.700.000 no tienen ya ninguna fuente de ingresos. Por eso me llamaron tanto la atención de una amiga que desde hace más o menos un año está en el paro (copio aquí tus palabras porque sé que para todos seguirán siendo anónimas):

¿Te das cuenta de la maravillosa oportunidad que nos han dado de retomar el valor de las cosas y situaciones?  (…) años antes de perder mi puesto de trabajo, a veces, pensando en que podría suceder si “sucedía”, sentía físicamente algo similar a  lo que creo que tiene que ser un ataque de pánico: sentía terror, algo que me superaba. Y aquí estoy, relativamente preocupada, al borde de terminar mi prestación por desempleo y… viviendo feliz: mucho, pero mucho más que en los tiempos en que era una completa esclava de un trabajo ingrato y mal remunerado.

¡Qué palabras más duras, cuando se conoce la situación de quien las pronuncia! Pero, a la vez, qué verdaderas: delatan el anhelo escondido de un mundo más humano, en el que lo verdaderamente importante ocupe nuestro tiempo y nos ayude a crecer y a disfrutar de esta vida, que fue concebida para ser algo maravilloso.

Sin poder evitarlo, mi memoria se evade a una canción que en estos días se repite machaconamente dentro de mí: “Shall we dance?”, y que pertenece a uno de los musicales más atractivos de Rodgers and Hammerstein II: The King and I. En el cine, Deborah Kerr y Yul Brynner interpretaron a la maestra Anna Leonowens y al rey Mongkut de Siam del musical; unos personajes a los que volvieron a dar vida posteriormente Jodie Foster y Chow Yun-Fat.

La letra de la canción recrea los sentimientos y las palabras de Anna. Se siente atraída hacia el rey. Intuye a que al comenzar la música, algo misterioso la conducirá a su lado, a pesar de que apenas se conocen; que cuando se entreguen uno en los brazos del otro e inicien el baile, volarán sobre una nube radiante, y que quizás la última estrella que se retire del cielo los sorprenda aún juntos y abrazados: porque esas son las cosas que pueden suceder en una situación así.

Si ahora me demoro en esta canción no es simplemente por el deseo de evadirme de lo que sucede. Es porque pienso con mi amiga que el momento que vivimos nos da la oportunidad de “retomar el valor de las cosas y situaciones”. Un valor que no se reduce al de los números fríos e inútiles que rigen nuestra economía. Es mucho más. Y, para mí, aparece simbolizado admirablemente en el vínculo profundo del baile y en su belleza.

Shall we dance?

Tan cerca, tan lejos…

La nieve cubre el pueblo minero, allá lejos, en la Alaska de los buscadores. Chaplin, con su habitual indumentaria, mira a través del cristal del ventanal, desde la calle. Es Nochevieja, y están a punto de dar las doce. Dentro, la cálida compañía, la alegría de la fiesta, la risa despreocupada y los ojos palpitantes de una mujer a quien no se atreve, pobre él, a declarar su amor. ¡Tan cerca, tan al alcance de su mirada, y a la vez tan lejos!

Ya no hace frío; al menos, el de la nieve, el de la escarcha, el de los vientos helados que azotan el rostro en pleno invierno. Chaplin camina por las calles de una gran ciudad. Unos rapazuelos se mofan de él, le ridiculizan sin saber que ese hombre de aspecto miserable ha sido capaz de desprenderse de todo, hasta de lo que no tenía, por pagar una operación que devolviera la vista a la mujer que ama. Y ahora se la encuentra, como por azar, del otro lado del cristal que proteje el escaparate de una floristería, rojos sus labios como el clavel y como el lirio su piel blanca. ¡Tan cerca, nuevamente, pero a la vez tan lejos!

La primera escena es de La quimera del oro; la última, de Luces de la ciudad. Y las tengo grabadas en mi imaginación desde que percibí en ellas  algo que tiene mucho que ver con los deseos más íntimos del ser humano.

Ayer de noche me asaltó su memoria, y se volvió insistente. Tanto, que recordé esa puerta en la que nunca me había fijado, y que en Luces de la ciudad se encuentra abierta. Por ella saldrá la florista con una moneda como limosna para el pobre vagabundo; y entonces descubrirá, al tacto -¡cercanía!- con sus manos, la incontable riqueza de quien ha sabido amarla hasta el olvido de sí.

(Borrador para Dinámica del deseo, de próxima aparición)

Tan cerca, tan lejos…