Cuéntame cuentos, querido candidato

¡Cuántas veces te habrán dicho, apreciado candidato, “no me cuentes más cuentos”! Y es que, aunque te niegues a reconocerlo, sabemos ya de sobra vuestra capacidad para inventar historias fabulosas que encandilan a los votantes; historias que, después, resultan falsas.

Y, sin embargo, deseo hoy que cuentes cuentos. Y que los cuentes en las calles, en la sede de tu partido, en el Congreso si es que llegas a sentarte en él, en el gobierno si es que lo alcanzas. Cuenta –cuéntanos- un cuento.

Por ejemplo, el de El príncipe feliz. ¿Sabes quién lo escribió? Óscar Wilde.

Ya sé que debería explicarte quién fue Óscar Wilde, porque últimamente se ha vuelto cada vez más evidente el hecho de que de cultura andáis algo faltos. Mucha gente dice que sois corruptos y, sin embargo, yo afirmo que antes que eso sois víctimas de la incultura, causada quizás por el empobrecimiento que reina en las aulas, precisamente por esas leyes que tanto os gusta promover. No te preocupes, te entiendo: ¿a quién le gusta ser un tonto que gobierne a sabios?

Me salto la vida de Óscar Wilde. Búscala en internet, que lo que interesa es el cuento. El de una golondrina viajera que para a descansar en el regazo de la estatua de un príncipe bañada en oro y enriquecida con joyas. ¡Pobre golondrina! Ella tiene sus planes, llegar a Egipto para pasar el invierno; tú también los tienes, aunque a veces los escondes, no vaya a ser que eso te quite votes y el aprecio y la admiración que de manera enfermiza deseas. ¿Sabes que dos o tres lágrimas van a torcer los planes de la golondrina? Ten cuidado con las lágrimas, no vaya a ser que tuerzan los tuyos.

Quien llora es ¡la estatua! Fíjate en lo que le dice a nuestra avecilla:

-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre (…) no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo.

happy-prince-1Perdona la interrupción, pero es que me surge una duda: ¿dónde está hoy en día el Palacio de la Despreocupación, ajeno al dolor, lugar para el juego y para el baile, protegido de no se sabe qué por unos altísimos muros? ¿Dónde? ¿Lo sabes tú? Pero el príncipe sigue:

-Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.

¿Te das cuenta, querido candidato, de ese pequeño detalle apenas advertido?: “Me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad”. ¿Has pensado tú en elevarte, en no quedarte a ras de tierra, en mirar por encima de esas murallas que te protegen del dolor ajeno? Mira que si lo haces, a pesar de que tu corazón sea de plomo, no podrás sino llorar.

Voy a hablarte ahora de mí. Tú, quizás porque en Navidad se hacen realidad los sueños bellos al calor de esa familia sin techo cobijada en un pesebre allá en Belén, contemplas desde tu pedestal lo que advierte con sus ojos enjoyados el príncipe feliz: “en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta”, y por ella ves a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora”. Y como tu corazón se ha vuelto humano, me llamas “golondrina” y me pides que le lleve a la buena mujer el rubí del puño de mi espada.

Dudo. Me esperan en Egipto las amigas golondrinas. Revolotean ya sobre el Nilo, descansan sobre los lotos. Aquí empieza ya a hacer frío.

Y tú me insistes:

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita, quédate conmigo una noche y serás mi mensajera. ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!

Me has convencido. No sé por qué, ahora que late tu corazón, quiero ayudarte. Me quedaré una noche más antes de emigrar a tierras más calientes. Llevaré el gran rubí. Pasaré en silencio por sobre los salones de baile del palacio, por sobre los restaurantes de lujo a los que pensabas acudir, por sobre los tristes lechos en que muchos de vosotros dais rienda suelta a vuestros instintos de posesión, por sobre vuestra borrachera anhelante de una simple caricia de amor. Y cuando llegue a la vivienda, depositaré el gran rubí sobre la mesa, en el dedal de la costurera. Acariciaré con mis alas la suave cara del niño, y acunaré su sueño.

Cuando vuelva, mi querido candidato, sabré que las noches que me esperan junto a ti son muchas. Que hay un joven que se esfuerza por terminar esa obra que nunca termina, porque tiene los dedos ateridos por el frío y está hambriento, y no puede escribir. Sé que me rogarás que le lleve uno de tus ojos de zafiro, porque el otro te lo reservas, aunque te quedes ciego por eso, para esa niña que en la plazoleta vende cerillas. Se le han caído al arroyo. Sus pies, sin zapatos ni medias, están desnudo, y su pobre cabecita expuesta a la intemperie.

Estas ciego, candidato, pero ahora contemplas lo que nunca has visto. No puedo dejarte solo. Me quedaré contigo para siempre, para que puedas seguir haciendo realidad –oh, captain, my captain– este cuento tan hermoso. Gracias a ti veré a los ricos que festejan y ríen en sus magníficos palacios, mientras los mendigos esperan sentados a sus puertas. Veré los barrios sombríos y sabré que las caras de los niños que mueren de hambre son las mismas de los que naufragan en nuestras costas huyendo de la guerra y la miseria. Veré cómo se abrazan uno a otro para darse un poco de calor y protegerse del frío. Y te lo contaré.

Y entonces tú te desprenderás de las hojas de oro que cubren tu cuerpo, y yo haré que lluevan sobre pobres y niños.

¿Y sabes una cosa? Llegarán los hombres poderosos, o los que miran solo la apariencia. Y te verán metal desnudo y corazón de plomo, afeado además por el cadáver de una golondrina que no pudo emigrar antes de que llegara el frío. A mí me arrojarán en un basural, y a ti querrán fundirte.

Pero un ángel enviado por Dios para buscar las cosas bellas que hay en este mundo llevará a su presencia un corazón de plomo y una avecilla muerta. Y Dios sonreirá y nos inundará su amor.

Así que no hagas caso, querido candidato, a los que te dicen que no les cuentes más cuentos. Yo quiero que nos repitas este, el de Óscar Wilde, una y otra vez. ¡Y que se cuente en el parlamento en cuyos sillones os sentáis para dictar leyes, en los tribunales que buscan la justicia, en el palacio desde el que nos gobiernan, en las escuelas, en las plazas y en el calor del hogar!

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Cuéntame cuentos, querido candidato

Paraguay 2013: nuestra esperanza

Desde la distancia percibo la inquietud que alienta en algunos comentarios que recorren las redes sociales en estos días de fin de año. Digo desde la distancia porque es desde la vieja Europa desde donde contemplo unas elecciones, las paraguayas, que asoman ya en el horizonte.

La inquietud no me sorprende: la oligarquía (lo sigue siendo) política del Paraguay no ha dado muestras de renovación en los años transcurridos desde la caída de Stroessner, allá por los inicios de 1989; ni siquiera en los últimos años, los malgastados desde que Lugo venció con votos colorados y liberales a una dividida Asociación Nacional Republicana.

La arena política contempla la lucha de intereses particulares y de ideologías, y del fragor de la contienda parecen haber huido los ideales de bien común, de solidaridad, generosidad y civismo. El jardín de los árboles floridos, el paraíso de la tierra sin mal y de la fecundidad de sus ríos parece ser aún un sueño lejano.

Desde la distancia te contemplo, Paraguay. Y aunque participo de tu inquietud, me aferro a la esperanza. Porque es el momento -siempre lo es- de abandonar herencias que nos lastran y renovar corazones.

Una nación no es un partido. Una nación no es una ideología, ni un grupo cerrado de intereses sectarios. Una nación surge de lo que se comparte, de la fecundidad de una tierra que se ofrece y de una cultura rica para sus hijos en recursos.

Puede que la oligarquía actual no entienda estos presupuestos. Puede también que algunos de los que han decidido responder a su vocación de servicio público reconozcan en ellos el sentido de su actuación. Y puede que una nueva generación se lance a la aventura de hacer realidad estos ideales que anidan en los corazones de tantos: ¡esta es nuestra esperanza!

Paraguay 2013: nuestra esperanza

Paraguay: una oportuna Carta ante la tragedia

Pasaron ya la negra tarde y la noche muda en Curuguaty. Paraguay sigue de luto, roto apenas por la algarada de estrategias oligarcas. Se repitió la historia.

Por eso, quiero echar mano de las líneas escritas por el obispo de Ciudad del Este, Mons. Rogelio Livieres, cuya diócesis incluye las tierras ensangrentadas. Sus palabras atienden al consuelo de los fallecidos y de las familias rotas, pero también denuncian la irresponsabilidad de los tres poderes del Estado y de los movimientos que sacan rédito de la pobreza del campo paraguayo.

Además, y esto es lo urgente tras el luto, habla a las claras de la labor espiritual de la Iglesia, pero también de la responsabilidad política y social de los laicos, cada uno en la medida de sus posibilidades.

Este es el link de la Carta:

http://diocesiscde.info/index.php?option=com_content&view=article&id=2308:carta-abierta-del-obispo-de-ciudad-del-este-motivo-de-los-graves-actos-ocurridos-en-curuguaty&catid=25:noticias-de-la-diocesis&Itemid=81

Paraguay: una oportuna Carta ante la tragedia

Odres nuevos para un vino nuevo

Esta semana nos hemos visto sacudidos en España con los recortes en salud y educación. Mala noticia: estas dos áreas, directamente relacionadas con la dignidad de las personas y con su capacidad para crear riqueza (no solo económica, sino social, familiar, cultural, ¡de vida!) deberían ser las últimas en ser de esta manera maltratadas.

Pienso que, en el fondo, el problema radica en que los gobernantes que tenemos son mediocres. No ataco al PP para hacer el juego al PSOE, cuya historia de corrupción y desgobierno es inquietante, y que por decencia debería desaparecer de los medios de comunicación después de la dejadez con que trataron el problema del paro (¡más de cinco millones y medio de desempleados, familias desesperadas!). No me interesa entrar en el maquiavélico juego de la derecha y la izquierda, inventos estos del siglo XIX que contribuyeron a hacer del siglo XX una carnicería humana.

Lo que pretendo es poner el dedo en una llaga lacerante de nuestra sociedad: la mediocridad de una clase política que solo sabe repetir fórmulas frías e inútiles. Porque los tiempos que vivimos exigen soluciones nuevas, arriesgadas, creativas. Exigen confiar en la capacidad humana de encontrar oportunidades, de trabajar en equipo, de resurgir de las cenizas con savia nueva y vivificante.

Para este vino nuevo se necesitan odres nuevos.

Odres nuevos para un vino nuevo

Repsol-YPF

Cuando oigo hablar de privatizaciones y empresas multinacionales me pongo a temblar. La experiencia -tanto en Sudamérica como aquí en España- me ha demostrado que al final, como su mismo nombre dice, lo público se convierte en algo privado.

Privado quiere decir aquí que no me pertenece, y que en ese campo estoy a expensas de lo que Repsol, Telefónica, Iberdrola, Endesa o como se llame, se le antoje (hace ya años que dejé de creer que la ley de la oferta y la demanda importaba en el mundo de la economía).

Sin embargo, no acepto la tesis de Kirschner de que el 51% de acciones en manos del Estado signifique que YPF vuelva a manos de Argentina. No estaría mal que se empezara a reconocer a voz en grito que, en este caso como en tantos otros (no puedo evitar pensar en Hugo Chávez o en Duhalde o en Menem), el bolsillo de la nueva Evita atrae con avidez los bienes de la Nación.

Mi consuelo sería mirar algún lugar del mundo en el que eso no ocurra. Pero no lo hallo.

Repsol-YPF

Quejas desde la sociedad

En un solo día han entrado en mi buzón de correos dos mensajes similares: uno, de una plataforma para la movilización social, me pide que firme un manifiesto en el que se pide que se supriman totalmente las subvenciones a los sindicatos, a los partidos políticos y a las organizaciones empresariales; otro, iniciado por una persona concreta, pide también mi firma para que se reforme la Constitución, de tal manera que terminen los privilegios de los diputados. A la vez, salta en televisión la noticia de las doscientas embajadas que mantienen las Comunidades Autónomas españolas en el resto del mundo, y se convierte en el comentario de bares y patios de edificios.

Parece, aunque los medios afines al gobierno (también los tiene el PP, como los tiene el PSOE) intenten suavizarlo, que las últimas medidas no han gustado nada. Al fin y al cabo, a quien más afectan los recortes y los impuestos es a la clase media, precisamente la que solía crear más empleo antes de que lanzaran sobre ella la losa pesada de la crisis.

He firmado el primer manifiesto, y he añadido que se acaben también las subvenciones al cine español, porque quiero que se convierta en una industria que genere empleos. Y me dispongo a pasar el segundo manifiesto a mis amigos, porque deseo vivamente que de esta crisis salgamos libres de quienes han abusado de tan noble cargo, el de representante del pueblo, convirtiendo el Congreso en antro para el latrocinio, la adulación y la mentira.

Quejas desde la sociedad