Lléname de lluvia el corazón

Mi primera experiencia de autopublicación. He escogido Amazon por mi deseo de llegar no solo a España, sino a las tierras de más allá del Atlántico, a mi Paraguay recordado.

 

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Lléname de lluvia el corazón

En youtube

En el siguiente enlace, puedes acceder a las ponencias del Congreso Dios en la literatura contemporánea, que tuvo lugar en octubre de 2017 en Madrid:

https://www.youtube.com/channel/UC3JefRG-5HmP5nMTNOPW_Lg/videos

 

En youtube

Si me llamaras…

Sin título (2)

Cada vez que leo estos versos de Salinas no puedo dejar de pensar en su rabiosa actualidad.

Vivimos tiempos de conflictos, de renuncias, de negaciones. Los problemas se acumulan de tal manera que nos sentimos como arrojados en el laberinto o desvanecidos en el vértigo. Hay como un clausurarse en sí mismo, como un constante alargar la mano hacia aquello que, por inmediato, le puede satisfacer a uno momentáneamente. Más allá de nuestra mórbida rutina apenas oímos nada.

Pero resulta que lo cierto, lo que a pesar de todo sigue resonando, es esa llamada que constituye nuestro propio ser. ¿Qué nombre se le puede dar? ¿Tarea, misión, vocación…? Puede ser. Sin embargo, me parece más certero un nombre propio y unos apellidos (los de cada uno), la huella digital o la de la retina, cualquier signo que remita a la propia singularidad.

Si me llamaras, sí, si me llamaras, lo dejaría todo… No solo los precios, los catálogos y el azul del océano en los mapas, ni los días y sus noches, los telegramas viejos y ese amor que más bien parece una invención a mi medida. Dejaría también el afán de lucro y de poder, la fuerza instintiva que sólo busca satisfacer los apetitos, los rencores, los prejuicios y las verdades a medias…

Porque si me llamaras, sí, si me llamaras, el prodigio de mi nombre pronunciado por tu voz estallaría en luces infinitas: como son infinitas las estrellas que iluminan la que antes era noche oscura sobre todos y cada uno de nosotros.

[Entrada recuperada y levemente modificada de aquel blog que una vez tuve: elwawel]

 

Si me llamaras…

La marejada de tu amor, mi Amor, rejuvenece…

La marejada de tu amor, mi Amor, rejuvenece
La cripta ajada y mustia de mi cuerpo.
Dame tu néctar, dame
La miel que de tus labios amorea.
Y paloméame en tu seno,
Y enrédame, si quieres, con tus crenchas
Aladas, mariposas de entrevela.
Quiero que redivivas mi alma muerta,
Con tu luz, Luna mía,
Y con tus zumbos, ritmos y oleadas.

Ignacio Roldán

La marejada de tu amor, mi Amor, rejuvenece…

Escritura caótica

Escritura caótica.
Como en algunos versos de aquella primavera ya olvidada:
Verde, río, azul, mañana,
pájaro esquivo que canta en tu ventana. Fútbol.
Y qué si el Madrid gana.
Podría ser el Barça,
o acróbatas
contra la luna tersa
allá en el cielo añil, cometas.
Daría igual.

Porque el mundo revienta ¿sabes?,
y aquel que es no sé quién
tensa la cuerda y revienta a carcajadas.
Llora un niño.
Y en las esferas, mientras,
reinventan las palabras,
las retuercen, sí,
las retuercen
hasta poder decir que no son nada.
Pechos resecos y la leche, agria.

Pero qué, ¡si allá a lo lejos
llora una criatura desolada!

Escritura caótica,
huera también,
como la vuestra, fatua.

Ignacio Roldán

Escritura caótica

Revelación

El arte es revelación o, al menos, invitación a manifestar lo que la obra esconde. Para expresar mi yo inexpresable, articulo palabras en el aire, sentencias, ritmos: necesito decirte mi anhelo más íntimo. Como Cernuda, aquel que «proclama ante los hombres la verdad ignorada, / la verdad de su amor verdadero». Suyos son estos versos:

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu 
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor, 
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero. 

 

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.
 
Revelación

Lamentos quevedianos de un enfermo

Soy mal enfermo, he de reconocerlo. Y una vez al año, por lo menos, hago como los animales cuando me asalta la obligada gripe: me quedo quieto, yacente y arropado (elemento no animal, sino humano), y espero que pase la congestión mientras me lamento de la vanidad de la vida.

Quizás sea esta la razón de que los versos de Quevedo hayan rondado estos días el lecho de mi particular agonía, acogiendo bajo la misma manta la decadencia de España y mi sufrimiento personal:

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.
 
Salíme al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.
 
Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.
 
Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
 

Habrá quien se queje de la amargura de estos versos. Para mí, sin embargo, revelan las penas que los pobres humanos sufrimos desde que aquella manzana (que no era tal manzana) del Paraíso conquistó a nuestros primeros padres. No es preocupéis: en breve la gripe me abandonará, aburrida de los lamentos de quien la hospeda, y quizás brille el sol. Y entonces buscaré otro poeta que exprese lo que siento: Lope, Bécquer quizás, Salinas o el Neruda joven (el que aún era poeta).

Lamentos quevedianos de un enfermo