Punto de fuga

 

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Punto de fuga

No estabas junto a mí, como otras tardes. Por eso, al detener mis pasos casi al final del boulevard, me volví para mirar el camino recorrido, y vi todas las líneas en busca de un solo origen, de un único punto de fuga. Era más fácil así contemplar tu ausencia.

Yo mismo, lo ves, me proyecto hacia el horizonte del que han partido mis pasos, y conforme me acerco a él, me voy empequeñeciendo. Ya soy un punto allá a lo lejos. Y es entonces cuando retorno a mí, y paulatinamente mi figura se va haciendo más grande, más nítida: tanto, que en tu vacío a mi lado unas hojas doradas que lentamente caen sobre la senda me acarician, y también la brisa leve que nace de los castaños, y el chispear alegre de las farolas cuando anochezca, y algunas gotas que caen de no sé dónde.

Y me pregunto ahora si no serás las hojas, y la brisa, y la luz caprichosa de las farolas; si no serán las gotas besos de lluvia de tus labios frescos.

Ya ves: no estabas junto a mí como otras tardes. Estabas sin estar, trazo al azar, caricia inquieta.

Punto de fuga

Días lluviosos para lucir la moda

Soy una bola de billar. Habito un mundo de paño verde. Sobre él me deslizo junto a otras bolas de colores cuando alguien golpea a una con el taco. Iniciamos, entonces, una sucesión de citas bosquejadas, de decirme tu nombre y yo me llamo Nacho y cuáles son tus gustos. Ninguna me cautiva. Pero tú, por azar, te has plantado frente a mí y has escrito unas palabras.

Me hablas de paseos en días de lluvia, supongo que a solas por las veredas arboladas de la ciudad. Por eso te imagino frente al Museo del Prado, en día de escaso tráfico, y tus piernas son firmes entre la falda e incitante y las botas de espiga alta. Pero veo las fotos, y estás en la Gran Vía.

Dices que estás enamorada: no de mí, si apenas me conoces, sino del trench impermeable, y de ese bolso sereno y clásico que cuelga como al descuido de tu hombro.

Y entonces me preguntas cómo he llegado frente a tí, Cristina. El azar -te respondo-, ya sabes; la atracción por la lluvia pasajera que a a mí también me encanta. Dice eso tu blog, ¿recuerdas? Porque yo ya no sé ni lo que he escrito.

Me recreo en el tiempo aquí a tu lado. Pero sé que es fugaz. Por eso te tuiteo y google-eo, y hago un clic para decir «me gusta». Porque me agrada, sí, y quiero conservarla: tu imagen recortada contra los edificios, y ese delirio tuyo que sé que no comprendo, pero que al adornarte feminiza el mundo.

A propósito de la entrada en un blog que no buscaba

¡Paraguas fuera!

Días lluviosos para lucir la moda