Finalidad del instrumento: TIC y educación

Hace poco más de un mes, en un congreso sobre tecnologías emergentes, se me reveló la nueva modalidad del sujeto multipantalla: aquél que es capaz de manejar en un mismo momento un smartphone y una tablet, a la vez que mira la televisión en el sofá de su casa. Al principio me sorprendió saber que existía este ser tan curioso, hasta que me descubrí a mí mismo una tarde de sábado, siguiendo en la televisión una película mientras tecleaba en el ordenador, con mi móvil -no tengo smartphone por miedo al vértigo- junto a mí. ¿Los libros?: en sus cada vez más lejanos estantes.

Una experiencia como esta solo puede acabar frente al espejo del baño, apoyado en el lavabo con la cara aún húmeda, tras haberme echado agua para intentar despertarme de la pesadilla. Mirarse en el espejo es una forma de hablarse, de preguntarse: «¿qué me está sucediendo?»

Por suerte, en las obras de teatro se baja y sube el telón para cambiar de acto. El siguiente al que acabo de describir me devuelve a mi querido Aristóteles, hombre de enorme sentido común. Su noción de instrumento hace que brote nuevamente el optimismo perdido. Porque, de acuerdo a esa noción, el ser humano está antes: así de simple.

Vuelvo a las TIC y al sujeto multipantalla. Pienso en nuestros jóvenes estudiantes, cautivos de mundos virtuales. ¿Aprenden a pensar, a valorar sus propios sentimientos, a relacionarse, a disfrutar en común, a proyectar? Este aprendizaje previo, ¿les permite usar las TIC como prolongación de sí mismos, como instrumento para su acción? ¿Son capaces de cambiar un ordenador portátil por un martillo cuando la acción lo requiere? ¿O por un libro? ¿O por un lápiz?

Finalidad del instrumento: TIC y educación