Lléname de lluvia el corazón

Mi primera experiencia de autopublicación. He escogido Amazon por mi deseo de llegar no solo a España, sino a las tierras de más allá del Atlántico, a mi Paraguay recordado.

 

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Lléname de lluvia el corazón

Carta florida

 

A Mariale, mi ahijada

Ahijada querida, che cuñataí pora, permitime que te llame así para ganarte el corazón y que le des bola a este padrino tuyo que se siente hecho un cascajo; muchachita linda, como te ven papá y mamá, como te veo yo, como te ve quizás ese tu chicoí que guardás en secreto o que acaso soñás: escribime una carta.

No un email, no, ni un chat, que la quiero en papel; si querés, reciclado, pero en papel, para que puedas derramar perfumes que aromen esa letra tuya tan florida, como la de los cuadernos de caligrafía de los niños de segundo grado, allá en el Tobatí de principios del pasado siglo, o en Benjamín Aceval, o en cualquier escuelita de aquellos años. ¿Te acordás? El abuelito la tenía: parecía que su mano, al trazarla, describiera los círculos de un vals rematado en florituras, de una polka o de una galopera.

No lo olvides: cuando escribas, derramá sobre el folio perfumes de resedá y aromas de azucena o flor de coco; salpicala con pétalos del jacarandá, del tayí o del naranjo; guardala rápido en el sobre, no sea que se escapen. Sé que pronto, cuando abra el buzón y encuentre tu carta en él, subiré las escaleras corriendo, ansioso por quedarme a solas.

¿Ves? Imagino que ya lo estoy. Rasgo el sobre con cuidado, con esa especie de daga que duerme en un cajón de mi escritorio. Súbito, escapan los aromas; inundan mi pieza y revolotean por ella, juguetones; y cuando chocan contra la pared, estallan en una miríada de colores: el malva del lapacho, el violeta del jacarandá, el rojo intenso del chivato y el blanco del azahar o del guavyrá.

-¡Paíno!, ¿y mi letra florida?

-Esperá, ahijadita. ¿No ves que tengo los ojos extasiados de colores y ahíto de perfumes el olfato? Que ya te lo decía yo: que Paraguay es jardín, antes que selva.

-Paíno…

-Y ahora, ya ves, por culpa tuya siento el techaga’u, esta nostalgia que a veces me invade en este Madrid de asfalto. A ver, a ver si me distrae lo que me dices en tu carta. ¡Pero si apenas has escrito nada!

-Paíno, ¿qué más querés?: “¡Volvé, que te extrañamos!”

 

Carta florida

Nostalgia de otras noches

Ya ves. Esta noche me apoyo en el alféizar para mirar la noche. Todo es silencio.

Sobre tejados y antenas, alienta el universo, vasto y alegre. Un manto zafiro y terso salpica estrellas. Pero aquí abajo, donde mi vista no alcanza, los campos entresueñan con espanto la imagen altanera de la ciudad soberbia.

Cuando las horas pasen, sobre las hojas y pétalos lágrimas de rocío semejarán luceros, y el alba extenderá su velo.

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Pero ahora, lo ves, miro la noche apoyado en un alféizar que me parece gélido, emigrante obligado en un mundo de arista y simetría.

Otras noches, lejanas ya, fueron más cálidas. Las sombras alentaban misteriosas. La cama aún parecía cuna. Y a mi ventana entreabierta llegaban ecos de asombro de las estrellas. Desde su altura, envidiaban a las luciérnagas, a los peces de plata y a los dormidos pétalos.

Arista y simetría: soberbia fría. Tibias noches de entonces, ¡qué lejanas estáis, qué tan perdidas!

Nostalgia de otras noches

Sin ataduras ya

Asfalto cuarteado. De: http://2.bp.blogspot.com/_FQK-YKohTLw/S8I0XOAJ-WI/AAAAAAAAI40/4FzJkE78O0g/s1600/7.jpg
Asfalto cuarteado.

Un café de Madrid. Nos quedaba a mano, a pocos pasos de donde se ha producido nuestro encuentro. La lluvia nos ha hecho entrar con cierto apuro. Y ahora, desde dentro, desde este lado del cristal, las gotas que se escurren parecen lágrimas: lágrimas por los dos, y por los trenes parados y los barcos que no llegan, y por esas cartas como recién horneadas condenadas al olvido durante tantos años en un buzón.

Una mesa, dos cafés. Entre tú y yo el mármol blanco; entre los dos la certeza de que bastan los años para cubrir de surcos cualquier tierra. Pero ahora que estás aquí, olvida las sequías, cuélgate de mis labios y mis palabras mientras que yo, como entonces, persigo esa luz esquiva que habita tu mirada.

–Ya ves, todo se cae, todo se desmorona: el ladrillo, el cristal, el hormigón (¿Con qué color brillan tus ojos?). Se resquebraja el asfalto y se abren las veredas, y los aviones se precipitan en caída libre (¿Verdes? ¿Marrones?). Espera un poco más: verás caer del cielo los satélites, y detrás los meteoritos y planetas, y alguna que otra estrella. Solo la Luna persistirá en su sitio, porque la Luna mira, porque la Luna acuna, porque la Luna acoge.

Y mientras nuestras manos casi se rozan ya sobre la mesa. El beso anhela. Y quizá porque afuera el tráfico es un caos bajo la lluvia, y porque acaba de caer otro edificio, y porque qué sé yo, pero es igual, porque nos hemos encontrado después de tantos años, y ha sido casual que fuera ahora, quizás por todo esto intuyo que si este beso que incoamos no se sella, y si estas manos ansiosas no se estrechan, los números febriles, las aristas y los ángulos nos llevarán corriente abajo, y nos despeñarán con fuerza.

–Mira, mi amor –y te he llamado amor sin darme cuenta–: en la vereda se besan otros labios, otros ojos se miran, otras manos se entregan. Son labios tiernos, ojos inquietos, manos de asombro que se incoa. Ella, lirio y clavel; él musgo o hiedra. Caen los ladrillos a su alrededor, pero no los alcanzan.

Te has vuelto para mirar a través del enorme ventanal. Parece como si asistir a este final te hiciera recorrer tu vida en sentido inverso.

–¿Te acuerdas de Mar, y de Lola, y de Inés? ¿Recuerdas a Eva?

Y añades:

–Las perdimos. Se fueron con el sol que apenas apuntaba. Eran años intensos, años de alba. Pero después, cada uno por su lado, cada uno por su senda, como si la bifurcación hubiera sido ley en este Laberinto que hoy se acaba.

Se fueron, sí: se fueron Mar y Lola, e Inés y Eva. Se fue también José Antonio, con su estilo a lo barroco, y Félix, que se alquiló aquel ático en la plaza Santa Ana. Y Manolo tomó la senda que escogiera Montse. Adiós las noches de la calle Huertas y de baretos en cualquier callejón de la ciudad.

–Tú y yo también nos fuimos, ¿lo recuerdas?, cada uno por su lado. Y, sin embargo, a la vuelta de tantos años hoy estás aquí, en el último de los días, frente a mí. Y retengo por fin en mi memoria que tus ojos son ámbar a la sombra, que fulguras aquí y allá pelirrojos destellos, y que el arco de tus cejas corrobora tu perfección de rostro alabastrado.

Porque ahora lo sé: amo tu gesto. No la tersura de tu piel, ni el ocio de tu carne. No. Esas se están desmoronando. Se caen como se cae por fin el Laberinto. Y en este atardecer vuelves a mí como se recupera todo: rotunda y eternal, sin ataduras ya, beso cumplido al fin y cópula de manos.

Sin ataduras ya