Irreversible el miedo

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De tu regazo nos arrancaron,
y fuimos desgajados de tu tronco.
Aún teníamos cuerpo.

Y ahora,
a la postre,
entre penumbras
sombras errantes somos,
sin bullicio ni canto,
sin danza,
sin relato.

Irreversible es ya la habitación del miedo.
¿Qué nos queda, mi hermano, si queda algo?
Dímelo tú, dímelo tú,
díme-
-lo.

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Irreversible el miedo

Nostalgia de otras noches

Ya ves. Esta noche me apoyo en el alféizar para mirar la noche. Todo es silencio.

Sobre tejados y antenas, alienta el universo, vasto y alegre. Un manto zafiro y terso salpica estrellas. Pero aquí abajo, donde mi vista no alcanza, los campos entresueñan con espanto la imagen altanera de la ciudad soberbia.

Cuando las horas pasen, sobre las hojas y pétalos lágrimas de rocío semejarán luceros, y el alba extenderá su velo.

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Pero ahora, lo ves, miro la noche apoyado en un alféizar que me parece gélido, emigrante obligado en un mundo de arista y simetría.

Otras noches, lejanas ya, fueron más cálidas. Las sombras alentaban misteriosas. La cama aún parecía cuna. Y a mi ventana entreabierta llegaban ecos de asombro de las estrellas. Desde su altura, envidiaban a las luciérnagas, a los peces de plata y a los dormidos pétalos.

Arista y simetría: soberbia fría. Tibias noches de entonces, ¡qué lejanas estáis, qué tan perdidas!

Nostalgia de otras noches

Seguir a pesar de los miedos

La vida, a veces, se hace cuesta arriba. Como en esta semana última. Como ahora. Es como si los muebles de nuestra habitación más íntima hubieran cambiado de lugar, y no supiéramos movernos entre ellos. Quizás por eso la necesidad de salir, de tomar distancia, de contemplar desde fuera el espacio donde transcurres y convertirle en tu reflejo.

Valladolid, para ti, es la distancia. Y su mera mención me llena de recuerdos.

Pasé allí tres años de mi primera infancia: desde los tres a los seis. Vivía en el piso dieciséis de un edificio que destacaba sobre el Paseo de Zorrilla, frente a la plaza de toros.

Recuerdo que todo estaba bien: el Pisuerga a nuestras espaldas, en una de cuyas playas bajábamos a bañarnos; el colegio en el que hice mi preprimaria, bajo el cuidado de las monjas agustinas, que de vez en cuando mandaban a mi hermana al cuarto de los ratones por rebelde; el columpio aquél en el que nos balanceábamos con un ímpetu cada vez más intenso, y más y más, con el propósito fijo de dar la vuelta completa; el pavo real y narcisista en el parque que había al final del Paseo de Zorrilla, frente a la esquina en la que una vez mi madre me advirtió de que los policías podían detenerme si seguía cantando por la calle; el centro histórico, bosquejo en mi memoria, y el olor a churros, a palomitas de maíz y a algodón dulce en una feria pasajera; el nacimiento de mi hermana, que me pilló por sorpresa, ajeno como siempre a lo que sucedía en mi entorno. Seguir leyendo “Seguir a pesar de los miedos”

Seguir a pesar de los miedos

¡Ahora!

Ahora no es mañana: es siempre ahora. Juego de palabras quizás, pero juego abierto.

Mañana no es ahora. Y cuando lo sea, ya no será mañana.

Por eso, hija mía, arrambla ese temor que te invade cuando miras al futuro.

¡Qué importa esa salvaje exigencia de productividad que asoma desde el Este! Desatiende los ríos de sangre, esos que se desbordan en Oriente. Que la marabunta sin freno y devoradora del Sur no invada tus sueños. Y, sobre todo, no mires a Europa, no escuches a esta Europa quizás muerta en su secuestro.

Mañana no es ahora. Y siempre está en tus manos diseñarlo.

¡Ahora!

Invierno en Europa

El invierno ha llegado a Europa. Desde hace tiempo, se insinuaba en oleadas de viento helado. Se sabía que algún día llegaría para quedarse largo tiempo. Pero el cambio climático, que dicen por ahí que aumenta las temperaturas, cerró nuestros ojos ante una realidad cada vez más amenazante.

El invierno en Europa me recuerda a los poemas de nuestros dos siglos de oro, aquellos en que Góngora y Quevedo se espantaban de que el tiempo “tiña de nieve la hermosa cumbre”, metáfora de las canas en los cabellos de los que envejecen. Porque Europa está vieja.

Está vieja desde que empezamos a buscar la seguridad frente al riesgo, lo fácil frente a lo arduo, lo malo conocido frente a lo nuevo por conocer; desde que empezamos a avergonzarnos de quienes la forjaron, por no atrevernos quizás a mantener su mirada; desde que perdimos nuestra fecundidad, por olvido del amor y de la entrega; desde que se secaron los cauces.

Miro esta Europa atrapada en un invierno que ella misma se ha creado. Como el poeta en aquella España de hace siglos, entro en ella como en mi casa. La veo amancillada, despojos “de anciana habitación”. Y, sin embargo, me niego a no hallar “cosa en que poner los ojos” que no sea “recuerdo de la muerte”. Porque no quiero, como Quevedo un día, sentir su “báculo más corvo y menos fuerte”, ni su espada “vencida de la edad”.

Y es que sé que al invierno le sucede la primavera. Llegará algún día, tal vez calladamente, si dejamos a la naturaleza seguir los ritmos que un músico genial escribiera en su partitura. Porque, como dejó escrito otro poeta nuestro, “Mi corazón espera/ también, hacia la luz y hacia la vida,/ otro milagro de la primavera” (Antonio Machado).

Invierno en Europa

Shall we dance?

Otro viernes negro: esta vez, con las nuevas cifras del paro, en torno a 350.000 personas más. Nos acercamos al 25% de la población activa sin trabajo. 1.700.000 no tienen ya ninguna fuente de ingresos. Por eso me llamaron tanto la atención de una amiga que desde hace más o menos un año está en el paro (copio aquí tus palabras porque sé que para todos seguirán siendo anónimas):

¿Te das cuenta de la maravillosa oportunidad que nos han dado de retomar el valor de las cosas y situaciones?  (…) años antes de perder mi puesto de trabajo, a veces, pensando en que podría suceder si “sucedía”, sentía físicamente algo similar a  lo que creo que tiene que ser un ataque de pánico: sentía terror, algo que me superaba. Y aquí estoy, relativamente preocupada, al borde de terminar mi prestación por desempleo y… viviendo feliz: mucho, pero mucho más que en los tiempos en que era una completa esclava de un trabajo ingrato y mal remunerado.

¡Qué palabras más duras, cuando se conoce la situación de quien las pronuncia! Pero, a la vez, qué verdaderas: delatan el anhelo escondido de un mundo más humano, en el que lo verdaderamente importante ocupe nuestro tiempo y nos ayude a crecer y a disfrutar de esta vida, que fue concebida para ser algo maravilloso.

Sin poder evitarlo, mi memoria se evade a una canción que en estos días se repite machaconamente dentro de mí: “Shall we dance?”, y que pertenece a uno de los musicales más atractivos de Rodgers and Hammerstein II: The King and I. En el cine, Deborah Kerr y Yul Brynner interpretaron a la maestra Anna Leonowens y al rey Mongkut de Siam del musical; unos personajes a los que volvieron a dar vida posteriormente Jodie Foster y Chow Yun-Fat.

La letra de la canción recrea los sentimientos y las palabras de Anna. Se siente atraída hacia el rey. Intuye a que al comenzar la música, algo misterioso la conducirá a su lado, a pesar de que apenas se conocen; que cuando se entreguen uno en los brazos del otro e inicien el baile, volarán sobre una nube radiante, y que quizás la última estrella que se retire del cielo los sorprenda aún juntos y abrazados: porque esas son las cosas que pueden suceder en una situación así.

Si ahora me demoro en esta canción no es simplemente por el deseo de evadirme de lo que sucede. Es porque pienso con mi amiga que el momento que vivimos nos da la oportunidad de “retomar el valor de las cosas y situaciones”. Un valor que no se reduce al de los números fríos e inútiles que rigen nuestra economía. Es mucho más. Y, para mí, aparece simbolizado admirablemente en el vínculo profundo del baile y en su belleza.

Shall we dance?

Temor

El miedo nunca ha sido buena compañía: hace difícil pensar con calma, paraliza cuando es pánico, aconseja seguridad a cualquier precio. Y, sin embargo, parecemos condenados a recorrer con él algunas etapas de nuestra vida.

Europa, la soberbia, no sabe hoy bien hacia dónde se encamina: pero descubre con asombro que lo hace acompañada del temor. De la noche a la mañana, nos han revelado la imposibilidad de sostener nuestro sistema de salud pública tal y como lo conocemos, el riesgo de no saber cómo sustentar a los ancianos, lo quimérico de brindar enseñanza gratuita y lo falaz de tantas promesas de trabajo seguro y digno que nos han hecho. Europa tiene miedo, pánico, como sus bolsas de valores.

Yo, por mi parte, asisto asombrado a otro temor: el de que salgamos de esta situación a costa de ceder entregar nuestra libertad y nuestra dignidad. Lo empiezo a contemplar en Cataluña: recortes de sueldos a funcionarios, recortes de servicios sanitarios, recortes y más recortes… para recuperar esos fondos que los políticos del tripartito malgastaron -ya en su propio beneficio, ya en el de su fanatismo- durante los últimos años.

Juegan con cartas ganadoras: al fin y al cabo, los bancos en los que se gestó la crisis supieron muy bien cómo salir del paso por medio de nuestro sacrificio callado y dócil.

Temor