Dolor, barbarie

Me sorprende la red con las noticias del atentado en Brindisi. De momento, han fallecido dos jóvenes, y otras dos se encuentran en grave estado. Las sospechas apuntan hacia la mafia.

No me puedo explicar un odio tan grande como para que alguien asesine a nuestros hijos. Hijos a los que, en la mayoría de los casos, no les ha dado tiempo a ser culpables de nada ante la sociedad. Hijos inocentes. A veces niños. El recuerdo doloroso de los horribles atentados de Noruega y los más recientes de Francia nos asaltan. Y los de la infancia víctima de los conflictos que asolan el mundo, y de la explotación en trabajos de muerte o en las redes de la prostitución.

Maldita sea la avaricia, malditos el odio y el agoísmo, y los inteseres económicos o políticos que nos ahogan con la sangre de los inocentes.

En medio del vértigo provocado por tragedias como la que hoy nos sacude, seguimos clamando por el respeto sagrado a la vida humana en todas las etapas de la vida, desde que es concebida hasta que da el salto a la eternidad. Mientras, solo nos queda compartir el dolor de unas familias que de manera bárbara y criminal se han visto privadas del rostro alegre del ser que más aman.

Dolor, barbarie