Chat casual

Para Cris, que sueña con globos de colores

YO: He vuelto a entrar en el chat. Es que no funcionaba bien. No me llegaban tus mensajes. ¿Me ves ahora?

SELENE: Ahora… Ahora veo mi foto y la tuya. Tal vez el problema era mío.

YO: ¿Yo tengo foto en el chat?

SELENE: Sí.

YO: ¿Y tú?

SELENE: ¡Claro!

YO: Pues no la veo. En mi chat solo eres un punto verde ligeramente regordete, pero punto al fin.

SELENE: Es que anoche cené mucho… jejeje.

YO: Siempre que escribes jejeje o jajaja me alegras. ¿Por qué será, si no te oigo? Y ahora te imagino regordeta. Tú lo has querido: no haber cenado tanto. Pero no hay que llorar: flotarás mejor así en las aguas soñadas del Cantábrico; rodarás por las calles de Toledo cuesta abajo; y si te elevas por los aires como un globo, te ataré de un cordel para llevarte de paseo los domingos por el Prado. Me dirán las personas que me encuentren: ¿Es esa su mujer, caballero? ¿Sufre de ensueños, que tan alto vuela? Y yo contestaré: no, no quiso serlo. Quería ser un globo, y para eso comía, para inflarse. Imaginaba no tener limitaciones allá en las alturas, y flotar y flotar llena de gas. Ya ve. La tuve que atar con el cordel. Fue por su bien. Y no, no es mi mujer, señor. ¡Qué más querría! Apenas soy un guardián, su cuidador. Si no me ocupara yo, se perdería, se nos iría muy lejos.

SELENE: jajaja.

YO: Nuevamente te ríes, Selene, y así llegas a mí, como cascada.

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Chat casual

La realidad fecunda

Espero, antes de abandonar este mundo, contemplar el fin de las ideologías. Sería un desenlace feliz para quien, como tantos de su generación, carga sobre sus espaldas más años de los que ha vivido y ha sido objeto de clasificaciones racionalistas e injustas en sucesivos períodos de su existencia.

Yo nací en 1965 y, sin embargo, mi memoria abarca las dos guerras mundiales, la guerra civil española, las carlistas del XIX, la Revolución Francesa y el siglo ilustrado que la gestó. De continuo he tenido que volver la vista atrás, hacia uno u otro acontecimiento, para dar cuenta de mi particular visión del mundo, de la configuración de la realidad que me rodea, de la sangre y el dolor tan hondo como el que se derrama en tantos rincones olvidados de la Tierra, de la mentira o la verdad a medias empleada como anestesia de nuestra conciencia desde un poder anónimo.

La versión más esquemática de las ideologías es el encasillamiento en derechas o izquierdas, conservadores o progresistas. En esta división excluyente, tener nombre propio, huellas digitales u originalidad propia es un derecho proscrito. Porque las ideologías únicamente se mantienen en los campos de batalla o de las carnicerías, y en ellos no caben ni el diálogo ni la colaboración de soldados de ejércitos contrarios.

Por eso, deseo contemplar el fin de las ideologías. Quiero que su lugar lo ocupen las ideas, el diálogo, la creatividad, la cercanía. Que quede libre el ancho campo de la realidad fecunda, en el que las cosas son como son y brillan esplendorosas. En el que da igual lo que pienses, porque comemos el mismo pan, nos resguardamos de la misma lluvia y navegamos por los océanos en barcos que saben cómo mantenerse a flote. En el que sabemos que una bala puede matar. En el que es el vientre de la amada el seno en el que se concibe el hijo, porque la realidad es mucho más sorprendente de lo que creemos, y no necesita de ninguna manipulación para dar fruto.

La realidad fecunda

Vaclav Havel y la España de finales de mayo y principios de junio de 2012 (con apéndice)

No hace mucho, me demoré en saborear unas palabras de Vaclav Havel, presidente de una Checoslovaquia liberada tras la caída del telón de acero. Hoy me parecen de lo más actuales, cuando España se debate sin saber qué camino tomar. Las copio:

“… sueño con una república independiente, libre y democrática, una república económicamente próspera y, no obstante, socialmente justa. En pocas palabras, una república humana que sirva al individuo y que, por tanto, albergue la esperanza de que el individuo la sirva a ella a su vez. Una república de personas enteras, porque sin ellas es imposible solucionar ninguno de nuestros problemas, ya sean humanos, económicos, medioambientales, sociales o políticos”.

Apéndice:

Se me viene a la memoria una canción que cantaba Merecedes Sosa. La letra, casi ya al final, decía:

“Merecer la vida / es erguirse vertical más allá del mal de las caídas./ Es igual que darle a la verdad/ y a nuestra propia libertad la bienvenida”.

Quizás la haya recordado por la referencia de Vaclav Havel a esas “personas enteras”, justas, dignas. Porque, como decía también la letra de la canción: “no es lo mismo que vivir honrar la vida”.

Vaclav Havel y la España de finales de mayo y principios de junio de 2012 (con apéndice)

Razones de un cambio

He dejado de acceder al periódico El Mundo. Me enganché a él en Paraguay, cuando los ataques del 11-S y la posterior invasión de Afganistán: hay que reconocer que sabía dar información casi en tiempo real y, además, con cierto toque épico.

Posteriormente, creí necesario su claro proyecto de asalto a una de las mayores empresas de destrucción de la persona y de la convivencia: el zapaterismo.

Sin embargo, descubro ahora parte de mi error. Porque El Mundo, como antes El País, se me aparece desde hace unos meses como un diseño programático que no comparto: en primer lugar, porque excede la razón de ser de un periódico, que es la de informar; en segundo lugar, porque una sociedad en la que la eliminación del no nacido sea un derecho, la Iglesia deba recibir la aprobación de los medios de comunicación y las uniones homosexuales signifiquen lo mismo que la unión entre el hombre y la mujer, no es la sociedad que considero justa.

Consultaré otros medios mientras atisbo en internet el nacimiento de nuevas modalidades de periodismo capaces de mirar con ojos limpios los tiempos que nos ha tocado vivir.

Razones de un cambio

Vaclav Havel

Hoy me siento un poco más huérfano. Sí, un poco más, porque en esto de las orfandades es posible el más y el menos. Me siento un poco más huérfano porque uno de los padres de mi pensamiento ha fallecido: Vaclav Havel, defensor de la dignidad humana, perseguido y preso por sus ideales, presidente de la Checoslovaquia recién liberada, dramaturgo, intelectual, hombre justo.

Hoy, un poco más huérfano, leo sus palabras y me sorprendo de su actualidad. Porque, aunque hablan de la herencia dejada por los sistemas totalitarios marxistas hace ya veintidós años, parecen describir también la Europa enferma de ahora.

Perdón por la extensión de los fragmentos, pero no hay prisa: puedes leerlos como si gozaras ya de la eternidad que goza Vaclav.

“Vivimos en un entorno moral contaminado. Nuestra moral enfermó porque nos habíamos acostumbrado a expresar algo diferente de lo que pensábamos. Aprendimos a no creer en nada, a hacer caso omiso de los demás, a preocuparnos solo por nosotros mismos.

Conceptos como amor, amistad, compasión, humildad o perdón perdieron su profundidad y sus dimensiones, y para muchos de nosotros pasaron a representar tan solo singularidades psicológicas. Nos parecían recuerdos extraviados de una época ancestral, algo ridículos en la era de las computadoras y las naves espaciales.

(…) El régimen anterior -armado con su ideología arrogante e intolerante- redujo el hombre a una fuerza productiva y la naturaleza a una herramienta de producción. Al hacerlo, atacó tanto a la esencia misma de ambos como a la relación que los une. Redujo personas autónomas y de gran talento, que trabajaban con destreza en su propio país, a tuercas y tornillos de una maquinaria monstruosamente enorme, ruidosa y pestilente, cuyo significado real nadie comprende. Esta no puede más que desgastarse lenta pero inexorablemente, tanto a sí misma como a todos sus tornillos y sus tuercas”.

Vaclav Havel no solo describe con crudeza la situación de aquel momento. Se arriesga a parecer desfasado cuando reclama el protagonismo de la ética en la actuación pública:

“Enseñémonos, y enseñemos a los demás, que la política debería ser la expresión del deseo de contribuir a la felicidad de la comunidad en lugar de la necesidad de engañarla o expoliarla. Enseñémonos, y enseñemos a los demás, que la política no solo puede ser el arte de lo posible, en especial si esto implica el arte de la especulación, el cálculo, la intriga, los tratos secretos y las maniobras pragmáticas; sino incluso también el arte de lo imposible, el arte de mejorarnos a nosotros y mejorar el mundo”.

Más de uno sonreirá con cinismo -expresión, una vez más, del desencanto- ante los ideales de Havel. Pero yo los comparto, como hago mío su sueño. ¿Utópico? Puede. Pero merece la pena perseguirlo.

“… sueño con una república independiente, libre y democrática, una república económicamente próspera y, no obstante, socialmente justa. En pocas palabras, una república humana que sirva al individuo y que, por tanto, albergue la esperanza de que el individuo la sirva a ella a su vez. Una república de personas enteras, porque sin ellas es imposible solucionar ninguno de nuestros problemas, ya sean humanos, económicos, medioambientales, sociales o políticos”.

Vaclav Havel

Temor

El miedo nunca ha sido buena compañía: hace difícil pensar con calma, paraliza cuando es pánico, aconseja seguridad a cualquier precio. Y, sin embargo, parecemos condenados a recorrer con él algunas etapas de nuestra vida.

Europa, la soberbia, no sabe hoy bien hacia dónde se encamina: pero descubre con asombro que lo hace acompañada del temor. De la noche a la mañana, nos han revelado la imposibilidad de sostener nuestro sistema de salud pública tal y como lo conocemos, el riesgo de no saber cómo sustentar a los ancianos, lo quimérico de brindar enseñanza gratuita y lo falaz de tantas promesas de trabajo seguro y digno que nos han hecho. Europa tiene miedo, pánico, como sus bolsas de valores.

Yo, por mi parte, asisto asombrado a otro temor: el de que salgamos de esta situación a costa de ceder entregar nuestra libertad y nuestra dignidad. Lo empiezo a contemplar en Cataluña: recortes de sueldos a funcionarios, recortes de servicios sanitarios, recortes y más recortes… para recuperar esos fondos que los políticos del tripartito malgastaron -ya en su propio beneficio, ya en el de su fanatismo- durante los últimos años.

Juegan con cartas ganadoras: al fin y al cabo, los bancos en los que se gestó la crisis supieron muy bien cómo salir del paso por medio de nuestro sacrificio callado y dócil.

Temor