Sin ataduras ya

Asfalto cuarteado. De: http://2.bp.blogspot.com/_FQK-YKohTLw/S8I0XOAJ-WI/AAAAAAAAI40/4FzJkE78O0g/s1600/7.jpg
Asfalto cuarteado.

Un café de Madrid. Nos quedaba a mano, a pocos pasos de donde se ha producido nuestro encuentro. La lluvia nos ha hecho entrar con cierto apuro. Y ahora, desde dentro, desde este lado del cristal, las gotas que se escurren parecen lágrimas: lágrimas por los dos, y por los trenes parados y los barcos que no llegan, y por esas cartas como recién horneadas condenadas al olvido durante tantos años en un buzón.

Una mesa, dos cafés. Entre tú y yo el mármol blanco; entre los dos la certeza de que bastan los años para cubrir de surcos cualquier tierra. Pero ahora que estás aquí, olvida las sequías, cuélgate de mis labios y mis palabras mientras que yo, como entonces, persigo esa luz esquiva que habita tu mirada.

–Ya ves, todo se cae, todo se desmorona: el ladrillo, el cristal, el hormigón (¿Con qué color brillan tus ojos?). Se resquebraja el asfalto y se abren las veredas, y los aviones se precipitan en caída libre (¿Verdes? ¿Marrones?). Espera un poco más: verás caer del cielo los satélites, y detrás los meteoritos y planetas, y alguna que otra estrella. Solo la Luna persistirá en su sitio, porque la Luna mira, porque la Luna acuna, porque la Luna acoge.

Y mientras nuestras manos casi se rozan ya sobre la mesa. El beso anhela. Y quizá porque afuera el tráfico es un caos bajo la lluvia, y porque acaba de caer otro edificio, y porque qué sé yo, pero es igual, porque nos hemos encontrado después de tantos años, y ha sido casual que fuera ahora, quizás por todo esto intuyo que si este beso que incoamos no se sella, y si estas manos ansiosas no se estrechan, los números febriles, las aristas y los ángulos nos llevarán corriente abajo, y nos despeñarán con fuerza.

–Mira, mi amor –y te he llamado amor sin darme cuenta–: en la vereda se besan otros labios, otros ojos se miran, otras manos se entregan. Son labios tiernos, ojos inquietos, manos de asombro que se incoa. Ella, lirio y clavel; él musgo o hiedra. Caen los ladrillos a su alrededor, pero no los alcanzan.

Te has vuelto para mirar a través del enorme ventanal. Parece como si asistir a este final te hiciera recorrer tu vida en sentido inverso.

–¿Te acuerdas de Mar, y de Lola, y de Inés? ¿Recuerdas a Eva?

Y añades:

–Las perdimos. Se fueron con el sol que apenas apuntaba. Eran años intensos, años de alba. Pero después, cada uno por su lado, cada uno por su senda, como si la bifurcación hubiera sido ley en este Laberinto que hoy se acaba.

Se fueron, sí: se fueron Mar y Lola, e Inés y Eva. Se fue también José Antonio, con su estilo a lo barroco, y Félix, que se alquiló aquel ático en la plaza Santa Ana. Y Manolo tomó la senda que escogiera Montse. Adiós las noches de la calle Huertas y de baretos en cualquier callejón de la ciudad.

–Tú y yo también nos fuimos, ¿lo recuerdas?, cada uno por su lado. Y, sin embargo, a la vuelta de tantos años hoy estás aquí, en el último de los días, frente a mí. Y retengo por fin en mi memoria que tus ojos son ámbar a la sombra, que fulguras aquí y allá pelirrojos destellos, y que el arco de tus cejas corrobora tu perfección de rostro alabastrado.

Porque ahora lo sé: amo tu gesto. No la tersura de tu piel, ni el ocio de tu carne. No. Esas se están desmoronando. Se caen como se cae por fin el Laberinto. Y en este atardecer vuelves a mí como se recupera todo: rotunda y eternal, sin ataduras ya, beso cumplido al fin y cópula de manos.

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Sin ataduras ya

Fuga y nostalgia

camalote

–Una vez me fugué, y mi ausencia se prolongó por más de veinte años.

–¡Veinte años! –exclamas, sorprendido–. Es mucho tiempo.

Es mucho tiempo, lo sé. Y ahora te gustaría preguntar por qué te digo fuga. Pero te callas. ¡Estás tan cómodo en estos pasillos tan predecibles, tan siempre iguales, tan monótonos!

–Cuando la brisa del atardecer acarició mi faz con esa voz nacida en el poniente, me recreé en su gusto a mar, en su estupor de selva. No lo pensé dos veces. Encontrar la salida del Laberinto suponía recorrer en sentido inverso el viaje de las palabras en pos de su origen. Salté los muros y llegué a los puertos. Y me embarqué.

Atónito, me miras, incapaz de comprender el abandono repentino del ángulo y la recta, del reloj que marca hasta las milésimas en busca de la exactitud.

–Era solo curiosidad, tan solo impulso –te reconozco.

–Sí, pero sumaste año con año, hasta llegar a veinte.

Y yo, ahora, podría confesarte que veinte años no es nada, que Gardel lo tangueó sin apenas intuir que me predestinaba, que las nieves del tiempo platearían mi sien, y que solo a mi vuelta lo percibiría. Volver…

¿Por qué volver? Acaso el Laberinto me ha atraído nuevamente hacia su centro. Acaso hacia un recuerdo de farolillo pálido y beso incierto apenas incoado. Memoria zalamera.

–¿Nada trajiste, verdad? Aquí tienes de todo.

–De todo, sí, de todo –contesto halagador. No quiero discutir.

Y, sin embargo, ignoras los caminos de tierra roja, y los cerros de líneas caprichosas, allá en la cordillera del Amambay; no sabes de los ríos que caudales y anchurosos acarician riberas y acunan camalotales; ni te hechizó el reflejo de la luna brillante sobre el estero a través del penacho del altivo caranday.

Pero sabes de estos muros, y de estas aristas tan perfectas, y de estos ángulos, y de estos estantes paralelos siempre llenos.

Fuga y nostalgia

La larga espera

−Ariadna, tengo prisa. ¿No puedes hilar más rápido?

−¿Y esa prisa, Teseo? ¿De dónde vienes? ¿Estuviste otra vez en el Laberinto?

Me tengo que callar. Sé que a Ariadna no le gustan mis incursiones en esa mole de cemento y de cristal. Que teme que me pierda en sus pasillos infinitos, sin principio ni final. Pero yo apenas penetro en su interior. Me quedo casi en la entrada, para no perder de vista la salida. Sé que si dirijo mis pasos hacia su centro, nunca saldré.

Esta noche he dormido con la espalda apoyada contra una pilastra de las que adornan el nacimiento del pasillo que se abre a unas doscientas yardas del pórtico de entrada. En sueños, he oído sus lamentos. Los primeros -pude distinguirlo- venían del centro, e iban recogiendo en su camino gemidos sin nombre, llantos sin melodía, penas sin fondo y negras. Llegaban hasta mi oído.

−Ariadna.

Y Ariadna no contesta. Continúa con su tarea. En su pecho se acurruca uno de esos ancianos que he visto dormir a la intemperie en esta noche húmeda y fría, allá en el Laberinto; en sus pupilas alientan niños que han dejado de llorar el vacío cruel de sus entrañas. Hila que te hila, hila que te hila.

Algún día -lo sé, lo intuyo cerca- me entregará el fruto de tanta espera. Y entonces, me internaré en los pasillos, y llegaré a su centro. Ariadna vendrá detrás de mí, cuna y alondra, bálsamo y beso.

La larga espera

Profundizando en el Laberinto

laberinto imagen libreLo he leído en las crónicas: que se irguió una vez un laberinto en las tierras en las que antaño había florecido el pensamiento; que en sus muros se hallaba escrito el código de su estructura autónoma; que no había señales que prohibieran la salida, porque más allá de su perímetro el mundo estaba entregado a la superstición y hundido en el caos.

De ahí que dijeran los que habitaban aquella inmensa mole:

-Existen solo los muros blancos que me conducen al centro, tan solo las esquinas como aristas y el pozo de donde nacen todos los pasillos.

Y he leído también que en ese centro habitaba un ser cuya existencia negaban, mitad hombre y mitad toro, sediento de sangre. Y que su sed se calmaba cada cierto tiempo con víctimas capturadas en lejanas tierras o que huían de ellas; pero también de los que, dentro de los muros, eran considerados débiles.

Y sin embargo, cuenta la historia que Teseo vino desde afuera, desde el espacio abierto, desde el cielo y el mar y las costas plácidas. Y que dio muerte al monstruo.

Todo ocurrió, según cuentan, en la primera mitad del siglo XXI. Aún caminaban sobre la tierra mujeres como el marfil o el alabrasto, hermosas como Ariadna.

Profundizando en el Laberinto

Cuna de héroes

vlcsnap-2012-05-15-18h24m00s92[1]No es normal que nuestros tantos canales de la televisión digital ofrezcan una película de esas que te llenan, que te encienden el corazón y que te hace ver que la vida puede valer la pena.

Hoy me he encontrado con esa sorpresa: Cuna de héroes, y he recordado los años de mi niñez y de mi primera juventud, cuando los sábados a la tarde o a la noche mis hermanas y yo, ante una película de emociones profundas, sinceras, nos escondíamos para derramar alguna que otra lágrima y ablandar el nudo que teníamos en la garganta.

Hoy, cuna de héroes parecería un panfleto de valores fascistas y militaristas. A esto se reduciría el juicio estúpido, acorde con el pensamiento hegemónico que rige en el laberinto. Y, sin embargo, sigo viendo en ella esos ideales que nos han robado y cuya ausencia nos encorseta y nos oprime. Son valores como la fidelidad, la generosidad, el respeto, la compasión, la responsabilidad y, sobre todo, la belleza de una vida entregada, que palpita con el corazón de los demás.

Contra esta ausencia me rebelo: cada vez con más fuerzas, con más ímpetu. Porque no sé para qué vivimos en esta sociedad que ha hecho del individualismo y del narcisismo el contenido escondido de un discurso cínico. Y yo quiero saber para qué aliento, y que me digan que merece la pena haber nacido.

longgr1[1]Que me digan que una promesa o un juramento compromete; que la complicidad que surge del amor combina la risa y el silencio, la consideración, la mirada profunda y el beso inteligente; que es un milagro que de nuestros labios brote la palabra del perdón y el agradecimiento; que Dios no nos es ajeno, sino que entrelaza su vida con la nuestra, y que cura las heridas de nuestro corazón con óleo que huele a eternidad.

¿He hablado de Cuna de héroes? Yo creo que sí. Y he hablado también de Maureen O’Hara y de Tyrone Power, y de ese gran director, auténtico genio de la imagen y del relato, que es John Ford: el de La diligencia, Las uvas de la ira, Pasión de los fuertes, El hombre tranquilo, Río Bravo, Centauros del desierto, El hombre que mató a Liberty Valance, Siete mujeres y tantas otras.

No me avergüenzo de emocionarme hasta la lágrima al volver a contemplar, casi treinta y cinco años después, esta película. Mi corazón late, no es de piedra.

Cuna de héroes

La posibilidad del laberinto

-Existen solo los muros blancos que me conducen al centro, tan solo las esquinas como aristas y el pozo de donde nacen todos los pasillos.

Y, sin embargo, Teseo vino desde afuera, desde el espacio abierto, desde el cielo y el mar y las costas plácidas.

Esto ocurrió, según cuentan, en la primera mitad del siglo XXI. Aún caminaban sobre la tierra mujeres como el marfil o el alabrasto, hermosas como Ariadna.

La posibilidad del laberinto

Superación del laberinto

Hace ya más de veinte años, por dos veces me encontré arrojado al interior de un laberinto. Las paredes del primero eran enormes setos verdes que sobrepasaban en altura la de una persona corriente, allá en La Cumbre, en la serranía cordobesa de Argentina; las del otro, espejos reduplicadores en Carlos Paz, en la misma provincia. En aquél experimenté el goce del juego; en éste, el tormento de un infinito opresor y paralizante.

Pasaron los años. Hasta que un día de 2004, durante mi último curso como profesor de literatura y filosofía en un colegio de Asunción, me vi sin saberlo frente a la pizarra silenciosa, yo también en silencio. El motivo, “La casa de Asterion”, cuento en el que Borges se compadece de sí mismo en su condición de Minotauro. Y ocurrió algo imprevisto: comencé a discurrir en voz alta, frente a unos alumnos que quizás estuvieran pendientes de mis palabras.

Aquella mañana, tendí una mano a Borges para ayudarle a salir de su encierro. Porque lo que en aquel momento intenté fue desentrañar las claves del laberinto, espacio en sí mismo contradictorio, siempre abierto pero a la vez vivido como prisión. El infinito aturde a quien recorre sus largas galerías, extrañado de saberse en un universo sin fin, por más que limitado. Quien lo ideó fue capaz de convertir lo distinto en igual, y de convertir así la existencia en asfixiante y problemática.

Pero yo, insisto, descubrí la forma de salir, y le tendí la mano a Borges. Porque me di cuenta de que solo dos cosas son necesarias para evadirse y acceder a un universo distinto y abierto: la mano, Borges, la que te tiendo. Porque una mano y otra, y otra y otra y otra son como el hilo de Ariadna que recorriera el camino inverso desde el centro a la salida.

¿Cuál es la segunda forma de evadirse? Prueba con la primera, que ya te contaré en qué consiste la segunda.

Superación del laberinto

Encuentro en el laberinto

Borges se vislumbró a sí mismo en el centro de un laberinto: él era el Minotauro y el Minotauro era él. Los pasillos eran iguales, réplicas unos de otros, reiterativos e infinitos. La soledad era su condena.

A veces, yo me duplico en Borges. Porque en esta sociedad compleja que hoy habito, dominan las estructuras. Consisten, también, en pasillos interminables, en aristas agudas, en trayectorias que llevan siempre al mismo sitio.

Europa es un laberinto. El Leviathán lo ha regulado todo. La razón ilustrada nos ha arrojado a ti y a mí en galerías idénticas unas a otras. ¡Si pudiéramos encontrarnos! ¡Si pudiéramos hilvanar, como el de Ariadna, con nuestra palabra el hilo que seguro nos guiara a la salida!

Pero yo sé que en uno de los recodos, junto a los aljibes quizás o en el reguero de tu voz que tercamente se derrama, te encontraré, lo sé. Y entonces ya no estaremos solos, ya no seré yo el único, ni tú tampoco. Seremos dos, y quizás tres: ¡quién sabe los lamentos que ignoramos!

¡Encuentro!
¡Mirada, palabra, abrazo!
Fuera del laberinto
murmura la lluvia mansa.
Encuentro en el laberinto