La realidad fecunda

Espero, antes de abandonar este mundo, contemplar el fin de las ideologías. Sería un desenlace feliz para quien, como tantos de su generación, carga sobre sus espaldas más años de los que ha vivido y ha sido objeto de clasificaciones racionalistas e injustas en sucesivos períodos de su existencia.

Yo nací en 1965 y, sin embargo, mi memoria abarca las dos guerras mundiales, la guerra civil española, las carlistas del XIX, la Revolución Francesa y el siglo ilustrado que la gestó. De continuo he tenido que volver la vista atrás, hacia uno u otro acontecimiento, para dar cuenta de mi particular visión del mundo, de la configuración de la realidad que me rodea, de la sangre y el dolor tan hondo como el que se derrama en tantos rincones olvidados de la Tierra, de la mentira o la verdad a medias empleada como anestesia de nuestra conciencia desde un poder anónimo.

La versión más esquemática de las ideologías es el encasillamiento en derechas o izquierdas, conservadores o progresistas. En esta división excluyente, tener nombre propio, huellas digitales u originalidad propia es un derecho proscrito. Porque las ideologías únicamente se mantienen en los campos de batalla o de las carnicerías, y en ellos no caben ni el diálogo ni la colaboración de soldados de ejércitos contrarios.

Por eso, deseo contemplar el fin de las ideologías. Quiero que su lugar lo ocupen las ideas, el diálogo, la creatividad, la cercanía. Que quede libre el ancho campo de la realidad fecunda, en el que las cosas son como son y brillan esplendorosas. En el que da igual lo que pienses, porque comemos el mismo pan, nos resguardamos de la misma lluvia y navegamos por los océanos en barcos que saben cómo mantenerse a flote. En el que sabemos que una bala puede matar. En el que es el vientre de la amada el seno en el que se concibe el hijo, porque la realidad es mucho más sorprendente de lo que creemos, y no necesita de ninguna manipulación para dar fruto.

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La realidad fecunda

Luto en el Paraguay

A estas horas de la noche, aquí en España, no sabemos cuántos policías y campesinos han fallecido ya como consecuencia de los enfrentamientos en Campo Morombí, Curuguaty. Desde el Marzo Paraguayo, los únicos ríos de sangre que corrían en Paraguay lo hacían como consecuencia de la delincuencia en las calles de Asunción y de otras ciudades del país, sin que ni a la oligarquía política ni a los sapos obesos de la Corte Suprema les importara nada.

Hoy, sin embargo, la policía ha sido emboscada cuando entraba a desalojar a los campesinos sin tierra en las tierras que, según la ley, le corresponden a Blas N.; aunque esta ley ignora que gran parte de las propiedades de este sinvergüenza (a sus declaraciones “sin vergüenza alguna” de los últimos 24 años me remito para calificarle como tal) han sido adquiridas pasando, él o aquellos de los que era testaferro, por encima de la ley. ¡Qué curioso que Lugo y Filizzola hayan acudido en apoyo suyo antes que en el de ningún otro!

Al estupor inicial provocado por la noticia le ha seguido la indignación. Los más sensatos, se han acordado, antes, de rezar por el alma de los fallecidos y por sus familiares, y es de agradecer que aún queden personas capaces de pensar en el bien de los demás, cuando ya la esperanza parece perdida. Poco a poco, el deseo de justicia empezará a tomar cuerpo, y es entonces cuando habrá que tener la razón fría para averiguar la verdad y no servir a intereses de los que están, desde hace tantos años, detrás de la matanza.

Porque no hay que olvidar que los que en el Congreso exigen responsabilidades han mantenido conscientemente al campesinado en la pobreza desde hace muchas décadas. De él solo interesaba el voto en los días de movilización electoral. Hubo presidentes que coquetearon, como ahora hace Lugo y hacía cuando era obispo, con manipuladores -representantes no, porque solo buscaban su propio provecho- de los campesinos sin tierra. Ni desde los sucesivos gobiernos ni desde la Corte Suprema al servicio de intereses de la oligarquía se emprendió ninguna reforma agraria. La única que se hizo en el interior fue la mejora en el suministro de cerveza, cachaca y top models medio en bolas al servicio de los dijidólares.

Décadas de mentiras: eso es lo que lleva nuestro pobre Paraguay a cuestas, sobre sus espaldas. Y eso es lo que ha desembocado, una vez más, en la muerte violenta de paraguayos.

Hoy Paraguay está de luto. Mi único deseo es que, al entierro y a los funerales de los fallecidos, no vaya ni un solo habitante del Palacio de López, ni de la Corte Suprema ni del Congreso; tampoco de ningún mal llamado sindicato. Que asista solo el pueblo, el que quiere vivir en paz, el que quiere justicia. El que quiere, en suma, que en todo el Paraguay reinen la paz, la alegría y la solidaridad que reinaba en cada una de las familias de esta noble tierra.

Luto en el Paraguay

Vaclav Havel y la España de finales de mayo y principios de junio de 2012 (con apéndice)

No hace mucho, me demoré en saborear unas palabras de Vaclav Havel, presidente de una Checoslovaquia liberada tras la caída del telón de acero. Hoy me parecen de lo más actuales, cuando España se debate sin saber qué camino tomar. Las copio:

“… sueño con una república independiente, libre y democrática, una república económicamente próspera y, no obstante, socialmente justa. En pocas palabras, una república humana que sirva al individuo y que, por tanto, albergue la esperanza de que el individuo la sirva a ella a su vez. Una república de personas enteras, porque sin ellas es imposible solucionar ninguno de nuestros problemas, ya sean humanos, económicos, medioambientales, sociales o políticos”.

Apéndice:

Se me viene a la memoria una canción que cantaba Merecedes Sosa. La letra, casi ya al final, decía:

“Merecer la vida / es erguirse vertical más allá del mal de las caídas./ Es igual que darle a la verdad/ y a nuestra propia libertad la bienvenida”.

Quizás la haya recordado por la referencia de Vaclav Havel a esas “personas enteras”, justas, dignas. Porque, como decía también la letra de la canción: “no es lo mismo que vivir honrar la vida”.

Vaclav Havel y la España de finales de mayo y principios de junio de 2012 (con apéndice)