Seguir a pesar de los miedos

La vida, a veces, se hace cuesta arriba. Como en esta semana última. Como ahora. Es como si los muebles de nuestra habitación más íntima hubieran cambiado de lugar, y no supiéramos movernos entre ellos. Quizás por eso la necesidad de salir, de tomar distancia, de contemplar desde fuera el espacio donde transcurres y convertirle en tu reflejo.

Valladolid, para ti, es la distancia. Y su mera mención me llena de recuerdos.

Pasé allí tres años de mi primera infancia: desde los tres a los seis. Vivía en el piso dieciséis de un edificio que destacaba sobre el Paseo de Zorrilla, frente a la plaza de toros.

Recuerdo que todo estaba bien: el Pisuerga a nuestras espaldas, en una de cuyas playas bajábamos a bañarnos; el colegio en el que hice mi preprimaria, bajo el cuidado de las monjas agustinas, que de vez en cuando mandaban a mi hermana al cuarto de los ratones por rebelde; el columpio aquél en el que nos balanceábamos con un ímpetu cada vez más intenso, y más y más, con el propósito fijo de dar la vuelta completa; el pavo real y narcisista en el parque que había al final del Paseo de Zorrilla, frente a la esquina en la que una vez mi madre me advirtió de que los policías podían detenerme si seguía cantando por la calle; el centro histórico, bosquejo en mi memoria, y el olor a churros, a palomitas de maíz y a algodón dulce en una feria pasajera; el nacimiento de mi hermana, que me pilló por sorpresa, ajeno como siempre a lo que sucedía en mi entorno. Seguir leyendo “Seguir a pesar de los miedos”

Seguir a pesar de los miedos

¡Malditas las ideologías!

Lugo acaba de ser destituido. Y lo que deja detrás de él es un país sumido en la incertidumbre.

¿Culpable? Desde mi punto de vista, sí. Culpable de haberse dejado guiar por las ideologías, de haber querido vestir colores, o un color. Como los que le han acusado. Como los que le han destituido.

Sé que esta afirmación me granjea enemistades. Pero es lo que pienso.

El Paraguay necesitaba, hace ya cuatro años, un gobierno eficiente, eficaz, sabio, capaz de marcar pasos seguros hacia la dignificación de la vida de todos los paraguayos y hacia la erradicación definitiva de la corrupción, del robo, del asesinato, de la desvergüenza de quien hoy, nuevamente y desde el Congreso, babea su saliva viscosa de apetito insaciable. Y no fue así.

¿Se merecía un juicio político? No lo sé. Lo único que me queda claro es que el mecanismo constitucional existe, y por tanto está dotado de legitimidad; pero no de la legitimidad moral que solo podría tener si los acusadores fueran dignos. Como telón de fondo, una Corte Suprema cobarde y al servicio de intereses de secta y del de sus miembros, olvidada para siempre del bien común.

Empieza a haber incidentes. ¿Continuarán? ¿Irán a más? Mi deseo es de paz, pero ¿puede reinar la paz cuando la justicia está ausente? ¿Cuando la pobreza se enseñorea sobre gran parte de la población? ¿Cuando el dinero no se redistribuye solidariamente para mejorar el acceso a la salud y al trabajo por parte de todos? ¿Cuando la violencia hace tiempo que se enseñoreó de las calles? ¿Cuando el campo es de unos pocos? ¿Cuando la educación perpetúa la ignorancia de la mayoría?

Aún así, hay que pedir por la paz. Quizás de su mano venga esa justicia tan anhelada. Quizás bajo su amparo podamos forzar los tiempos para que los que hoy acusaron sean sentados mañana en el banquillo, y su lugar ocupado por una nueva generación más preparada, más digna, más solidaria.

Mientras tanto, ¡malditos los colores una vez más, malditas las ideologías!

¡Malditas las ideologías!

Mediodía en Paraguay

Mediodía en Paraguay. Cuarto intermedio después de la defensa llevada a cabo por los abogados del presidente Lugo. Vergüenza de un Congreso que no ha estado, ni de lejos, a la altura de las circunstancias. Lo sé por facebook, por twitter, medios de comunicación más dinámicos que los tradicionales.

La mayoría de mis contactos (muchos de ellos amigos de antaño) están a favor de que Lugo se vaya, pero, a la vez, cargan con virulencia contra un Congreso por el que no se sienten representados y a cuyos miembros más visibles denuncian una y otra vez. Otros -los menos-parecen apoyar a Lugo y se hermanan con el primer grupo en la crítica mordaz contra los parlamentarios.

Mientras, Bolivia, Nicaragua y Venezuela acuden a la OEA para tildar el juicio político de “golpe encubierto”. ¡Pobre presidente! Si su defensa en el Senado parece haber sido tan buena, ¿por qué hundirla con el apoyo de dictadores, corruptos y empobrecedores de pueblos, como lo son Morales, Ortega y Chávez?

Noticias aisladas aderezan la jornada: de los que se manifiestan en la plaza, de campesinos que cortan alguna ruta hacia el norte, de clases suspendidas y de poco más. Síntoma de que la mayoría de los paraguayos parecen querer vivir su día a día ajenos a una partida macabra que, desde los inicios de la transición, se esfuerza por retrasar la llegada de un Paraguay mejor: de un Paraguay garante de los derechos humanos, de la dignidad de su gente y de la justicia, orgulloso del funcionamiento y la calidad moral de sus instituciones.

Mediodía en Paraguay. ¿Cuántos años supone cada hora que nos acerca a esa noche serena y limpia en que mirar con ojos de ilusión al nuevo día?

Mediodía en Paraguay

Aunque la historia se repite, queda la esperanza

La historia se repite, una y otra vez, como si la desgracia no quisiera dejar de enseñorearse nunca del Paraguay. La noche va a ser larga, el día también. Como hace ya trece años, en aquel marzo tan caluroso.

En aquellos días, las luchas internas entre los colorados -argañistas y oviedistas- desembocaron en un juicio político y en la muerte de conciudadanos, vilmente asesinados por el fanatismo más salvaje. Hoy, los protagonistas son los mismos: facciones políticas repartidas entre el Congreso y el Palacio de López, ambos expertos jugadores en llevar y traer al pueblo por un tablero de ajedrez macabro. ¿Habrá muertos? Y si los hay, ¿serán parte de los que se juegan sus privilegios en esta partida o nuevamente compatriotas de a pie, de los que se matan día a día por sacar sus hijos adelante o por buscar el fruto esquivo en unas tierras calcinadas?

En el Marzo Paraguayo, los ciudadanos salieron a la plaza, en su gran mayoría, convencidos de que luchaban por una causa justa, por la democracia, por la justicia, por el Paraguay soñado. Como recompensa a su coraje y a su sacrificio, no recibieron a cambio sino decepción, más pobreza y corrupción descarada. ¿Va a suceder ahora lo mismo?

Hoy, como entonces, miro a los tres poderes del Estado: los tres poseen legitimidad jurídica. Legitimidad moral, ninguno.

Ojalá la esperanza sepa en qué corazones refugiarse. Seguro que los hay, y a miles e incluso a millones. Pero no en las inmediaciones de la El Paraguayo Independiente ni en los altos de Sajonia.

Aunque la historia se repite, queda la esperanza