Nostalgia de otras noches

Ya ves. Esta noche me apoyo en el alféizar para mirar la noche. Todo es silencio.

Sobre tejados y antenas, alienta el universo, vasto y alegre. Un manto zafiro y terso salpica estrellas. Pero aquí abajo, donde mi vista no alcanza, los campos entresueñan con espanto la imagen altanera de la ciudad soberbia.

Cuando las horas pasen, sobre las hojas y pétalos lágrimas de rocío semejarán luceros, y el alba extenderá su velo.

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Pero ahora, lo ves, miro la noche apoyado en un alféizar que me parece gélido, emigrante obligado en un mundo de arista y simetría.

Otras noches, lejanas ya, fueron más cálidas. Las sombras alentaban misteriosas. La cama aún parecía cuna. Y a mi ventana entreabierta llegaban ecos de asombro de las estrellas. Desde su altura, envidiaban a las luciérnagas, a los peces de plata y a los dormidos pétalos.

Arista y simetría: soberbia fría. Tibias noches de entonces, ¡qué lejanas estáis, qué tan perdidas!

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Nostalgia de otras noches

Cuéntame cuentos, querido candidato

¡Cuántas veces te habrán dicho, apreciado candidato, “no me cuentes más cuentos”! Y es que, aunque te niegues a reconocerlo, sabemos ya de sobra vuestra capacidad para inventar historias fabulosas que encandilan a los votantes; historias que, después, resultan falsas.

Y, sin embargo, deseo hoy que cuentes cuentos. Y que los cuentes en las calles, en la sede de tu partido, en el Congreso si es que llegas a sentarte en él, en el gobierno si es que lo alcanzas. Cuenta –cuéntanos- un cuento.

Por ejemplo, el de El príncipe feliz. ¿Sabes quién lo escribió? Óscar Wilde.

Ya sé que debería explicarte quién fue Óscar Wilde, porque últimamente se ha vuelto cada vez más evidente el hecho de que de cultura andáis algo faltos. Mucha gente dice que sois corruptos y, sin embargo, yo afirmo que antes que eso sois víctimas de la incultura, causada quizás por el empobrecimiento que reina en las aulas, precisamente por esas leyes que tanto os gusta promover. No te preocupes, te entiendo: ¿a quién le gusta ser un tonto que gobierne a sabios?

Me salto la vida de Óscar Wilde. Búscala en internet, que lo que interesa es el cuento. El de una golondrina viajera que para a descansar en el regazo de la estatua de un príncipe bañada en oro y enriquecida con joyas. ¡Pobre golondrina! Ella tiene sus planes, llegar a Egipto para pasar el invierno; tú también los tienes, aunque a veces los escondes, no vaya a ser que eso te quite votes y el aprecio y la admiración que de manera enfermiza deseas. ¿Sabes que dos o tres lágrimas van a torcer los planes de la golondrina? Ten cuidado con las lágrimas, no vaya a ser que tuerzan los tuyos.

Quien llora es ¡la estatua! Fíjate en lo que le dice a nuestra avecilla:

-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre (…) no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo.

happy-prince-1Perdona la interrupción, pero es que me surge una duda: ¿dónde está hoy en día el Palacio de la Despreocupación, ajeno al dolor, lugar para el juego y para el baile, protegido de no se sabe qué por unos altísimos muros? ¿Dónde? ¿Lo sabes tú? Pero el príncipe sigue:

-Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.

¿Te das cuenta, querido candidato, de ese pequeño detalle apenas advertido?: “Me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad”. ¿Has pensado tú en elevarte, en no quedarte a ras de tierra, en mirar por encima de esas murallas que te protegen del dolor ajeno? Mira que si lo haces, a pesar de que tu corazón sea de plomo, no podrás sino llorar.

Voy a hablarte ahora de mí. Tú, quizás porque en Navidad se hacen realidad los sueños bellos al calor de esa familia sin techo cobijada en un pesebre allá en Belén, contemplas desde tu pedestal lo que advierte con sus ojos enjoyados el príncipe feliz: “en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta”, y por ella ves a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora”. Y como tu corazón se ha vuelto humano, me llamas “golondrina” y me pides que le lleve a la buena mujer el rubí del puño de mi espada.

Dudo. Me esperan en Egipto las amigas golondrinas. Revolotean ya sobre el Nilo, descansan sobre los lotos. Aquí empieza ya a hacer frío.

Y tú me insistes:

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita, quédate conmigo una noche y serás mi mensajera. ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!

Me has convencido. No sé por qué, ahora que late tu corazón, quiero ayudarte. Me quedaré una noche más antes de emigrar a tierras más calientes. Llevaré el gran rubí. Pasaré en silencio por sobre los salones de baile del palacio, por sobre los restaurantes de lujo a los que pensabas acudir, por sobre los tristes lechos en que muchos de vosotros dais rienda suelta a vuestros instintos de posesión, por sobre vuestra borrachera anhelante de una simple caricia de amor. Y cuando llegue a la vivienda, depositaré el gran rubí sobre la mesa, en el dedal de la costurera. Acariciaré con mis alas la suave cara del niño, y acunaré su sueño.

Cuando vuelva, mi querido candidato, sabré que las noches que me esperan junto a ti son muchas. Que hay un joven que se esfuerza por terminar esa obra que nunca termina, porque tiene los dedos ateridos por el frío y está hambriento, y no puede escribir. Sé que me rogarás que le lleve uno de tus ojos de zafiro, porque el otro te lo reservas, aunque te quedes ciego por eso, para esa niña que en la plazoleta vende cerillas. Se le han caído al arroyo. Sus pies, sin zapatos ni medias, están desnudo, y su pobre cabecita expuesta a la intemperie.

Estas ciego, candidato, pero ahora contemplas lo que nunca has visto. No puedo dejarte solo. Me quedaré contigo para siempre, para que puedas seguir haciendo realidad –oh, captain, my captain– este cuento tan hermoso. Gracias a ti veré a los ricos que festejan y ríen en sus magníficos palacios, mientras los mendigos esperan sentados a sus puertas. Veré los barrios sombríos y sabré que las caras de los niños que mueren de hambre son las mismas de los que naufragan en nuestras costas huyendo de la guerra y la miseria. Veré cómo se abrazan uno a otro para darse un poco de calor y protegerse del frío. Y te lo contaré.

Y entonces tú te desprenderás de las hojas de oro que cubren tu cuerpo, y yo haré que lluevan sobre pobres y niños.

¿Y sabes una cosa? Llegarán los hombres poderosos, o los que miran solo la apariencia. Y te verán metal desnudo y corazón de plomo, afeado además por el cadáver de una golondrina que no pudo emigrar antes de que llegara el frío. A mí me arrojarán en un basural, y a ti querrán fundirte.

Pero un ángel enviado por Dios para buscar las cosas bellas que hay en este mundo llevará a su presencia un corazón de plomo y una avecilla muerta. Y Dios sonreirá y nos inundará su amor.

Así que no hagas caso, querido candidato, a los que te dicen que no les cuentes más cuentos. Yo quiero que nos repitas este, el de Óscar Wilde, una y otra vez. ¡Y que se cuente en el parlamento en cuyos sillones os sentáis para dictar leyes, en los tribunales que buscan la justicia, en el palacio desde el que nos gobiernan, en las escuelas, en las plazas y en el calor del hogar!

Cuéntame cuentos, querido candidato

Tu corazón, el mío

–Buenos días, sonrisa de la mañana –te digo al encontrarte en los asientos de atrás, en el autobús.

–Buenos días –contestas, y me sonríes radiante.

–Dile también que es flor de las avenidas –me dice Pedro en un susurro. Ha subido conmigo y se sienta a mi lado.

–Díselo tú –y sé que le va a costar: es tímido; pero al final se lo va a decir, porque la quiere.

El autobús se pone en marcha. Pasan los edificios y las farolas y los escaparates por la ventana. Los árboles de la vereda han florecido. ¡Cómo me atraen los balcones y las barandas de forjado hierro, las volutas y las molduras, los azulejos en las fachadas! Me hablan, mañana tras mañana, de un delicado oficio ya pasado, del primor, del adorno y del regalo.

Como el chófer del autobús. Han subido unos niños pequeños, los de siempre. A su escuelita se van, tan alegres. La mano de la madre no alcanza para todos. Pero sí los caramelos que con una sonrisa entrega a cada uno el conductor: “¡Buenos días, María! ¡Toma un caramelo! ¡Para ti!”. Y lo mismo a Juanito, y a Hernán, y a Lucía. Todas las mañanas, una tras otra, espero con ilusión esta parada: sonrisas infantiles me iluminan las entrañas.

Y pienso en el chófer. Y les comento a Lourdes y a Pedro, que habrán contemplado la misma escena:

–¿Os habéis fijado en el conductor? Todos los días hace lo mismo. Y siempre con la misma alegría, como si fuera una fiesta. ¡Les enseña que el mundo está bien hecho! ¡Les muestra, porque sí, porque lo cree, que la vida es un regalo!

No he podido evitar la exclamación. Ni lo he querido. Y es que -Pedro, Lourdes- me siento conmovido. Y sé que a lo mejor no tiene mucho que ver, pero no me voy a sentar ya más frente al televisor. No quiero. Estoy harto de ver cómo nos ofendemos, cómo cualquiera es ocasión para la risa tonta, para el desprecio. Harto de contemplar la violencia llevada hasta el extremo, el sexo de atropello, el culto al ego. Harto de que modelen mi cerebro, mis sentimientos todos, de que me digan qué pensar o cómo hacerlo.

Pero Lourdes y Pedro no me escuchan. Acaba de llover “flor de las avenidas” sobre el cabello azabache de nuestra amiga, sobre sus hombros labrados, sobre sus senos. Y ellos se miran. Se miran, sí, y con los ojos se besan.

¿No es hermoso? Aflora el corazón. Y con su pálpito hace que manen arroyos frescos de fuente oculta. Se riega el campo. Es lo que importa: tu corazón, el mío.

Tu corazón, el mío

Seguir a pesar de los miedos

La vida, a veces, se hace cuesta arriba. Como en esta semana última. Como ahora. Es como si los muebles de nuestra habitación más íntima hubieran cambiado de lugar, y no supiéramos movernos entre ellos. Quizás por eso la necesidad de salir, de tomar distancia, de contemplar desde fuera el espacio donde transcurres y convertirle en tu reflejo.

Valladolid, para ti, es la distancia. Y su mera mención me llena de recuerdos.

Pasé allí tres años de mi primera infancia: desde los tres a los seis. Vivía en el piso dieciséis de un edificio que destacaba sobre el Paseo de Zorrilla, frente a la plaza de toros.

Recuerdo que todo estaba bien: el Pisuerga a nuestras espaldas, en una de cuyas playas bajábamos a bañarnos; el colegio en el que hice mi preprimaria, bajo el cuidado de las monjas agustinas, que de vez en cuando mandaban a mi hermana al cuarto de los ratones por rebelde; el columpio aquél en el que nos balanceábamos con un ímpetu cada vez más intenso, y más y más, con el propósito fijo de dar la vuelta completa; el pavo real y narcisista en el parque que había al final del Paseo de Zorrilla, frente a la esquina en la que una vez mi madre me advirtió de que los policías podían detenerme si seguía cantando por la calle; el centro histórico, bosquejo en mi memoria, y el olor a churros, a palomitas de maíz y a algodón dulce en una feria pasajera; el nacimiento de mi hermana, que me pilló por sorpresa, ajeno como siempre a lo que sucedía en mi entorno. Seguir leyendo “Seguir a pesar de los miedos”

Seguir a pesar de los miedos

Dolor, barbarie

Me sorprende la red con las noticias del atentado en Brindisi. De momento, han fallecido dos jóvenes, y otras dos se encuentran en grave estado. Las sospechas apuntan hacia la mafia.

No me puedo explicar un odio tan grande como para que alguien asesine a nuestros hijos. Hijos a los que, en la mayoría de los casos, no les ha dado tiempo a ser culpables de nada ante la sociedad. Hijos inocentes. A veces niños. El recuerdo doloroso de los horribles atentados de Noruega y los más recientes de Francia nos asaltan. Y los de la infancia víctima de los conflictos que asolan el mundo, y de la explotación en trabajos de muerte o en las redes de la prostitución.

Maldita sea la avaricia, malditos el odio y el agoísmo, y los inteseres económicos o políticos que nos ahogan con la sangre de los inocentes.

En medio del vértigo provocado por tragedias como la que hoy nos sacude, seguimos clamando por el respeto sagrado a la vida humana en todas las etapas de la vida, desde que es concebida hasta que da el salto a la eternidad. Mientras, solo nos queda compartir el dolor de unas familias que de manera bárbara y criminal se han visto privadas del rostro alegre del ser que más aman.

Dolor, barbarie

“Entre mis recuerdos”, de Luz Casal

Ella no lo sabe, pero yo sí. Quizás sea porque con sus canciones me habla, mientras que mis escritos le son desconocidos. Da igual: lo importante, lo que me hace sentirme acompañado, es que Luz Casal y yo compartimos vivencias.

Porque sobre mí, como sobre Luz, a veces cae una pena tan honda, que llego a desear que el mundo y yo dejemos de existir; me recojo sobre mí mismo, a solas, y busco entre mis recuerdos, como queriendo encontrar el porqué de ese dolor.

Y entonces, la memoria me muestra niño en el jardín de la infancia; quizás, como recuerda Luz, frente a un mar puro y claro bajo una noche brillante, embriagado del olor del azahar. Sí, Luz, aquellos momentos eran especiales, únicos: ¿por qué nadie nos avisó de su fugacidad? ¿por qué nadie nos advirtió que no volverían nunca?

Los años han pasado y han dejado sobre nuestra piel y en nuestra carne máculas e impurezas. ¡Qué nostalgia tan aguda de aquella blanca inocencia, fugitiva como el aroma penetrante del azahar!

Y ahora, sombra entre sombras de mi estancia, miro hacia atrás.

Y me pregunto, Luz, si aún es posible reconocerme en aquel niño de ojos abiertos y extasiados que se dejaba empapar por la luz de las estrellas, que recreaba los relatos que el mar derramaba sobre la arena, que se dejaba acariciar por la brisa olor a sal.

¿Cómo volver a saberse limpio, Luz? Si es un deseo tan hondo, ¿será posible? Mi anhelo ahora, cuando languidecen los últimos acordes de tu canción, es que así sea.

“Entre mis recuerdos”, de Luz Casal