Tu corazón, el mío

–Buenos días, sonrisa de la mañana –te digo al encontrarte en los asientos de atrás, en el autobús.

–Buenos días –contestas, y me sonríes radiante.

–Dile también que es flor de las avenidas –me dice Pedro en un susurro. Ha subido conmigo y se sienta a mi lado.

–Díselo tú –y sé que le va a costar: es tímido; pero al final se lo va a decir, porque la quiere.

El autobús se pone en marcha. Pasan los edificios y las farolas y los escaparates por la ventana. Los árboles de la vereda han florecido. ¡Cómo me atraen los balcones y las barandas de forjado hierro, las volutas y las molduras, los azulejos en las fachadas! Me hablan, mañana tras mañana, de un delicado oficio ya pasado, del primor, del adorno y del regalo.

Como el chófer del autobús. Han subido unos niños pequeños, los de siempre. A su escuelita se van, tan alegres. La mano de la madre no alcanza para todos. Pero sí los caramelos que con una sonrisa entrega a cada uno el conductor: “¡Buenos días, María! ¡Toma un caramelo! ¡Para ti!”. Y lo mismo a Juanito, y a Hernán, y a Lucía. Todas las mañanas, una tras otra, espero con ilusión esta parada: sonrisas infantiles me iluminan las entrañas.

Y pienso en el chófer. Y les comento a Lourdes y a Pedro, que habrán contemplado la misma escena:

–¿Os habéis fijado en el conductor? Todos los días hace lo mismo. Y siempre con la misma alegría, como si fuera una fiesta. ¡Les enseña que el mundo está bien hecho! ¡Les muestra, porque sí, porque lo cree, que la vida es un regalo!

No he podido evitar la exclamación. Ni lo he querido. Y es que -Pedro, Lourdes- me siento conmovido. Y sé que a lo mejor no tiene mucho que ver, pero no me voy a sentar ya más frente al televisor. No quiero. Estoy harto de ver cómo nos ofendemos, cómo cualquiera es ocasión para la risa tonta, para el desprecio. Harto de contemplar la violencia llevada hasta el extremo, el sexo de atropello, el culto al ego. Harto de que modelen mi cerebro, mis sentimientos todos, de que me digan qué pensar o cómo hacerlo.

Pero Lourdes y Pedro no me escuchan. Acaba de llover “flor de las avenidas” sobre el cabello azabache de nuestra amiga, sobre sus hombros labrados, sobre sus senos. Y ellos se miran. Se miran, sí, y con los ojos se besan.

¿No es hermoso? Aflora el corazón. Y con su pálpito hace que manen arroyos frescos de fuente oculta. Se riega el campo. Es lo que importa: tu corazón, el mío.

Tu corazón, el mío