Nostalgia de otras noches

Ya ves. Esta noche me apoyo en el alféizar para mirar la noche. Todo es silencio.

Sobre tejados y antenas, alienta el universo, vasto y alegre. Un manto zafiro y terso salpica estrellas. Pero aquí abajo, donde mi vista no alcanza, los campos entresueñan con espanto la imagen altanera de la ciudad soberbia.

Cuando las horas pasen, sobre las hojas y pétalos lágrimas de rocío semejarán luceros, y el alba extenderá su velo.

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Pero ahora, lo ves, miro la noche apoyado en un alféizar que me parece gélido, emigrante obligado en un mundo de arista y simetría.

Otras noches, lejanas ya, fueron más cálidas. Las sombras alentaban misteriosas. La cama aún parecía cuna. Y a mi ventana entreabierta llegaban ecos de asombro de las estrellas. Desde su altura, envidiaban a las luciérnagas, a los peces de plata y a los dormidos pétalos.

Arista y simetría: soberbia fría. Tibias noches de entonces, ¡qué lejanas estáis, qué tan perdidas!

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Nostalgia de otras noches

Endimion y Selene (fragmento)

(…) Selene, esto es lo que recuerdo ahora: de día me tumbaba al sol para sentir el goce de sus rayos cálidos, mientras guardaba el rebaño; y de noche, tras recorrer caminos plateados, me demoraba en tu rostro. ¿Recuerdas? Eras pastora argéntea, Luna, allá en la altura. En el zafiro terso de la noche apacentabas estrellas titilantes. Cuántas veces, mi amor, ese cuerpo desnudo que contemplo en las láminas se quedaba dormido. Era mi cuerpo, sin vestimenta alguna: para la brisa, amante; para tu luz, reflejo. ¡Qué inocencia tan joven la de entonces!

Y sin embargo, ahora, me envejecen los días y las noches sin sueño. Selene: he recordado.

He recordado tu piel de ayer tan tersa, la de los días antiguos, cuando bajaste a apacentar estrellas a mi lado, ausente de tus prados.

–Duerme –dijiste, y me quedé dormido.

Porque eso es lo que Zeus sentenció, que mientras durmiera, gozaría del sueño de la inmortalidad, y sería joven. Aquella noche, te sentí junto a mí, ensoñación de cuerpos que fulguran en el bosque, trémulos labios que se buscan, vértigo eterno.

Con el amanecer, mis ojos entreabiertos apenas advirtieron tu huída hacia el poniente. Pero el halo de tu divinidad brillaba aún sobre mi piel. Si en ese momento me hubiera levantado a contemplar mi rostro en el arroyo lo hubiera visto terso y sin arruga, y luminoso. Pero debía saciar el hambre y pastorear mis ovejas.

Una noche tras otra, Selene, yaciste junto a mí. Te adivinaba en mi sueño, y en la ardiente hoguera que desde las entrañas y en nuestro abrazo se alimentaba. Una y otra vez, sumido en el sopor, inconsciente en cada anochecida.

Hasta que a la vigésima noche, bajaste y repetiste la orden: “Duerme”, y simulé dormir, pero mis párpados cerrados quedaron avizores.

Sentí caer la túnica desde tus hombros, y rozar el suelo. Tus brazos ciñeron mi cintura. En la proximidad de los cuerpos, prendió la llama: labios de sábana entre carnosos labios, pecho de losa contra pecho mórbido, vientre de espuma, colibrí de fuego hacia el clavel abierto. ¡Mis párpados se abrieron!

Te contemplé desnuda, el cuerpo tenso, arrobada hacia adentro. Era como si me tuvieras a tu amparo, en tu oquedad más honda. Te vaciaste en caricias y en susurros, en pálidos besos. Y entonces, recordé las palabras de Zeus: “Mientras duerma, gozará del sueño de la inmortalidad, y será joven”. Cerré los ojos; me entregué al letargo.

Varias noches te engañé haciendo como que dormía. Pero una mañana, a solas ya junto al arroyo, y ajeno al rebaño que abrevaba en él, me contemplé en sus aguas.

¿Qué advertí entonces en el reflejo ondulante de mi rostro? La sentencia de Zeus. Quizás fuera debido al agua escurridiza que en mi faz maltrazaba surcos y sombras; o quizás a la herida indeleble que en mi carne dejara la belleza que había contemplado. Y es que te imaginé fulguración eterna en cuerpo fugaz como el mío; y descubrí mi anhelo de perdurable unión, ajena al tiempo. ¿Cómo sufrirlo?

Por eso, desde entonces, lloro sobre mi frente arrugada en el cambiante espejo de las aguas, sobre mis párpados cargados y mi espalda vencida.

Endimion y Selene (fragmento)

Días lluviosos para lucir la moda

Soy una bola de billar. Habito un mundo de paño verde. Sobre él me deslizo junto a otras bolas de colores cuando alguien golpea a una con el taco. Iniciamos, entonces, una sucesión de citas bosquejadas, de decirme tu nombre y yo me llamo Nacho y cuáles son tus gustos. Ninguna me cautiva. Pero tú, por azar, te has plantado frente a mí y has escrito unas palabras.

Me hablas de paseos en días de lluvia, supongo que a solas por las veredas arboladas de la ciudad. Por eso te imagino frente al Museo del Prado, en día de escaso tráfico, y tus piernas son firmes entre la falda e incitante y las botas de espiga alta. Pero veo las fotos, y estás en la Gran Vía.

Dices que estás enamorada: no de mí, si apenas me conoces, sino del trench impermeable, y de ese bolso sereno y clásico que cuelga como al descuido de tu hombro.

Y entonces me preguntas cómo he llegado frente a tí, Cristina. El azar -te respondo-, ya sabes; la atracción por la lluvia pasajera que a a mí también me encanta. Dice eso tu blog, ¿recuerdas? Porque yo ya no sé ni lo que he escrito.

Me recreo en el tiempo aquí a tu lado. Pero sé que es fugaz. Por eso te tuiteo y google-eo, y hago un clic para decir “me gusta”. Porque me agrada, sí, y quiero conservarla: tu imagen recortada contra los edificios, y ese delirio tuyo que sé que no comprendo, pero que al adornarte feminiza el mundo.

A propósito de la entrada en un blog que no buscaba

¡Paraguas fuera!

Días lluviosos para lucir la moda

A modo de consuelo: lo real de la apariencia

No sé si un espejismo es capaz de recrear un oasis en medio del desierto. Y sin embargo, nuestra vida a veces se deleita en visiones de ensueño, frescas y agradables en medio de tanta arena calcinada. Cuando se desvanecen, queda la queja, y duele tanto saber que apenas eran sueño.

Calderón, alguna vez despertaremos, y beberemos del agua que colma sin saciar; sentiremos entonces que era real el abanico del aire; y nos asombrará saber que la apariencia no era engaño, sino verdad desnuda.

A modo de consuelo: lo real de la apariencia

¿Qué queda de todo aquello?

 

Localicé a Charles Trenet de casualidad. Y, como suele ocurrir, me encontré con la sorpresa de encontrar en la red un vídeo con la canción que me hizo abandonar el teclado y perder la mirada en no sé qué horizonte perdido, lejos, muy lejos ya.

“Que-reste-t-il de nos amours” (“¿Qué queda de nuestros amores?”)… La pregunta se me figura larga, porque no espera respuesta. Deja, eso sí, un poso de melancolía, un nudo apenas perceptible en la garganta, una imagen teñida de gris.

Fugacidad de la vida y de las aspiraciones humanas: ¡qué cruel sabes ser a veces!

 

Ce soir le vent qui frappe à ma porte

Me parle des amours mortes

Devant le feu qui s’ éteint

Ce soir c’est une chanson d’ automne

Dans la maison qui frissonne

Et je pense aux jours lointains

{Refrain:}

Que reste-t-il de nos amours

Que reste-t-il de ces beaux jours

Une photo, vieille photo

De ma jeunesse

Que reste-t-il des billets doux

Des mois d’ avril, des rendez-vous

Un souvenir qui me poursuit

Sans cesse

Bonheur fané, cheveux au vent

Baisers volés, rêves mouvants

Que reste-t-il de tout cela

Dites-le-moi

Un petit village, un vieux clocher

Un paysage si bien caché

Et dans un nuage le cher visage

De mon passé

Les mots les mots tendres qu’on murmure

Les caresses les plus pures

Les serments au fond des bois

Les fleurs qu’on retrouve dans un livre

Dont le parfum vous enivre

Se sont envolés pourquoi?

Esta noche, el viento que golpea a mi puerta

me habla de amores muertos.

Antes de que el fuego se extinga

esta noche, suena una canción de otoño

en la casa que se estremece,

y pienso en los días lejanos.

{Estribillo:}

Qué queda de nuestros amores

qué de aquellos días bellos,

una foto, una vieja foto

de mi juventud.

Qué queda de las cartas de amor

del mes de abril, de las citas,

un recuerdo que me persigue

constantemente.

De la felicidad marchita, de los cabellos al viento,

los besos robados y los sueños fugitivos,

qué queda de todo eso,

dímelo.

Un pequeño pueblo, un campanario viejo,

un paisaje tan escondido

y, en una nube, el rostro querido

de mi pasado.

Las palabras, esas palabras tiernas que susurramos,

las caricias más puras,

los juramentos en el fondo del bosque,

las flores que se encuentran dentro de un libro

y cuyo perfume te embriaga

¿por qué han volado?

¿Qué queda de todo aquello?