Lléname de lluvia el corazón

Mi primera experiencia de autopublicación. He escogido Amazon por mi deseo de llegar no solo a España, sino a las tierras de más allá del Atlántico, a mi Paraguay recordado.

 

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Lléname de lluvia el corazón

Cuéntame cuentos, querido candidato

¡Cuántas veces te habrán dicho, apreciado candidato, “no me cuentes más cuentos”! Y es que, aunque te niegues a reconocerlo, sabemos ya de sobra vuestra capacidad para inventar historias fabulosas que encandilan a los votantes; historias que, después, resultan falsas.

Y, sin embargo, deseo hoy que cuentes cuentos. Y que los cuentes en las calles, en la sede de tu partido, en el Congreso si es que llegas a sentarte en él, en el gobierno si es que lo alcanzas. Cuenta –cuéntanos- un cuento.

Por ejemplo, el de El príncipe feliz. ¿Sabes quién lo escribió? Óscar Wilde.

Ya sé que debería explicarte quién fue Óscar Wilde, porque últimamente se ha vuelto cada vez más evidente el hecho de que de cultura andáis algo faltos. Mucha gente dice que sois corruptos y, sin embargo, yo afirmo que antes que eso sois víctimas de la incultura, causada quizás por el empobrecimiento que reina en las aulas, precisamente por esas leyes que tanto os gusta promover. No te preocupes, te entiendo: ¿a quién le gusta ser un tonto que gobierne a sabios?

Me salto la vida de Óscar Wilde. Búscala en internet, que lo que interesa es el cuento. El de una golondrina viajera que para a descansar en el regazo de la estatua de un príncipe bañada en oro y enriquecida con joyas. ¡Pobre golondrina! Ella tiene sus planes, llegar a Egipto para pasar el invierno; tú también los tienes, aunque a veces los escondes, no vaya a ser que eso te quite votes y el aprecio y la admiración que de manera enfermiza deseas. ¿Sabes que dos o tres lágrimas van a torcer los planes de la golondrina? Ten cuidado con las lágrimas, no vaya a ser que tuerzan los tuyos.

Quien llora es ¡la estatua! Fíjate en lo que le dice a nuestra avecilla:

-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre (…) no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo.

happy-prince-1Perdona la interrupción, pero es que me surge una duda: ¿dónde está hoy en día el Palacio de la Despreocupación, ajeno al dolor, lugar para el juego y para el baile, protegido de no se sabe qué por unos altísimos muros? ¿Dónde? ¿Lo sabes tú? Pero el príncipe sigue:

-Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.

¿Te das cuenta, querido candidato, de ese pequeño detalle apenas advertido?: “Me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad”. ¿Has pensado tú en elevarte, en no quedarte a ras de tierra, en mirar por encima de esas murallas que te protegen del dolor ajeno? Mira que si lo haces, a pesar de que tu corazón sea de plomo, no podrás sino llorar.

Voy a hablarte ahora de mí. Tú, quizás porque en Navidad se hacen realidad los sueños bellos al calor de esa familia sin techo cobijada en un pesebre allá en Belén, contemplas desde tu pedestal lo que advierte con sus ojos enjoyados el príncipe feliz: “en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta”, y por ella ves a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora”. Y como tu corazón se ha vuelto humano, me llamas “golondrina” y me pides que le lleve a la buena mujer el rubí del puño de mi espada.

Dudo. Me esperan en Egipto las amigas golondrinas. Revolotean ya sobre el Nilo, descansan sobre los lotos. Aquí empieza ya a hacer frío.

Y tú me insistes:

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita, quédate conmigo una noche y serás mi mensajera. ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!

Me has convencido. No sé por qué, ahora que late tu corazón, quiero ayudarte. Me quedaré una noche más antes de emigrar a tierras más calientes. Llevaré el gran rubí. Pasaré en silencio por sobre los salones de baile del palacio, por sobre los restaurantes de lujo a los que pensabas acudir, por sobre los tristes lechos en que muchos de vosotros dais rienda suelta a vuestros instintos de posesión, por sobre vuestra borrachera anhelante de una simple caricia de amor. Y cuando llegue a la vivienda, depositaré el gran rubí sobre la mesa, en el dedal de la costurera. Acariciaré con mis alas la suave cara del niño, y acunaré su sueño.

Cuando vuelva, mi querido candidato, sabré que las noches que me esperan junto a ti son muchas. Que hay un joven que se esfuerza por terminar esa obra que nunca termina, porque tiene los dedos ateridos por el frío y está hambriento, y no puede escribir. Sé que me rogarás que le lleve uno de tus ojos de zafiro, porque el otro te lo reservas, aunque te quedes ciego por eso, para esa niña que en la plazoleta vende cerillas. Se le han caído al arroyo. Sus pies, sin zapatos ni medias, están desnudo, y su pobre cabecita expuesta a la intemperie.

Estas ciego, candidato, pero ahora contemplas lo que nunca has visto. No puedo dejarte solo. Me quedaré contigo para siempre, para que puedas seguir haciendo realidad –oh, captain, my captain– este cuento tan hermoso. Gracias a ti veré a los ricos que festejan y ríen en sus magníficos palacios, mientras los mendigos esperan sentados a sus puertas. Veré los barrios sombríos y sabré que las caras de los niños que mueren de hambre son las mismas de los que naufragan en nuestras costas huyendo de la guerra y la miseria. Veré cómo se abrazan uno a otro para darse un poco de calor y protegerse del frío. Y te lo contaré.

Y entonces tú te desprenderás de las hojas de oro que cubren tu cuerpo, y yo haré que lluevan sobre pobres y niños.

¿Y sabes una cosa? Llegarán los hombres poderosos, o los que miran solo la apariencia. Y te verán metal desnudo y corazón de plomo, afeado además por el cadáver de una golondrina que no pudo emigrar antes de que llegara el frío. A mí me arrojarán en un basural, y a ti querrán fundirte.

Pero un ángel enviado por Dios para buscar las cosas bellas que hay en este mundo llevará a su presencia un corazón de plomo y una avecilla muerta. Y Dios sonreirá y nos inundará su amor.

Así que no hagas caso, querido candidato, a los que te dicen que no les cuentes más cuentos. Yo quiero que nos repitas este, el de Óscar Wilde, una y otra vez. ¡Y que se cuente en el parlamento en cuyos sillones os sentáis para dictar leyes, en los tribunales que buscan la justicia, en el palacio desde el que nos gobiernan, en las escuelas, en las plazas y en el calor del hogar!

Cuéntame cuentos, querido candidato

Vaclav Havel y la España de finales de mayo y principios de junio de 2012 (con apéndice)

No hace mucho, me demoré en saborear unas palabras de Vaclav Havel, presidente de una Checoslovaquia liberada tras la caída del telón de acero. Hoy me parecen de lo más actuales, cuando España se debate sin saber qué camino tomar. Las copio:

“… sueño con una república independiente, libre y democrática, una república económicamente próspera y, no obstante, socialmente justa. En pocas palabras, una república humana que sirva al individuo y que, por tanto, albergue la esperanza de que el individuo la sirva a ella a su vez. Una república de personas enteras, porque sin ellas es imposible solucionar ninguno de nuestros problemas, ya sean humanos, económicos, medioambientales, sociales o políticos”.

Apéndice:

Se me viene a la memoria una canción que cantaba Merecedes Sosa. La letra, casi ya al final, decía:

“Merecer la vida / es erguirse vertical más allá del mal de las caídas./ Es igual que darle a la verdad/ y a nuestra propia libertad la bienvenida”.

Quizás la haya recordado por la referencia de Vaclav Havel a esas “personas enteras”, justas, dignas. Porque, como decía también la letra de la canción: “no es lo mismo que vivir honrar la vida”.

Vaclav Havel y la España de finales de mayo y principios de junio de 2012 (con apéndice)

Invierno en Europa

El invierno ha llegado a Europa. Desde hace tiempo, se insinuaba en oleadas de viento helado. Se sabía que algún día llegaría para quedarse largo tiempo. Pero el cambio climático, que dicen por ahí que aumenta las temperaturas, cerró nuestros ojos ante una realidad cada vez más amenazante.

El invierno en Europa me recuerda a los poemas de nuestros dos siglos de oro, aquellos en que Góngora y Quevedo se espantaban de que el tiempo “tiña de nieve la hermosa cumbre”, metáfora de las canas en los cabellos de los que envejecen. Porque Europa está vieja.

Está vieja desde que empezamos a buscar la seguridad frente al riesgo, lo fácil frente a lo arduo, lo malo conocido frente a lo nuevo por conocer; desde que empezamos a avergonzarnos de quienes la forjaron, por no atrevernos quizás a mantener su mirada; desde que perdimos nuestra fecundidad, por olvido del amor y de la entrega; desde que se secaron los cauces.

Miro esta Europa atrapada en un invierno que ella misma se ha creado. Como el poeta en aquella España de hace siglos, entro en ella como en mi casa. La veo amancillada, despojos “de anciana habitación”. Y, sin embargo, me niego a no hallar “cosa en que poner los ojos” que no sea “recuerdo de la muerte”. Porque no quiero, como Quevedo un día, sentir su “báculo más corvo y menos fuerte”, ni su espada “vencida de la edad”.

Y es que sé que al invierno le sucede la primavera. Llegará algún día, tal vez calladamente, si dejamos a la naturaleza seguir los ritmos que un músico genial escribiera en su partitura. Porque, como dejó escrito otro poeta nuestro, “Mi corazón espera/ también, hacia la luz y hacia la vida,/ otro milagro de la primavera” (Antonio Machado).

Invierno en Europa

Odres nuevos para un vino nuevo

Esta semana nos hemos visto sacudidos en España con los recortes en salud y educación. Mala noticia: estas dos áreas, directamente relacionadas con la dignidad de las personas y con su capacidad para crear riqueza (no solo económica, sino social, familiar, cultural, ¡de vida!) deberían ser las últimas en ser de esta manera maltratadas.

Pienso que, en el fondo, el problema radica en que los gobernantes que tenemos son mediocres. No ataco al PP para hacer el juego al PSOE, cuya historia de corrupción y desgobierno es inquietante, y que por decencia debería desaparecer de los medios de comunicación después de la dejadez con que trataron el problema del paro (¡más de cinco millones y medio de desempleados, familias desesperadas!). No me interesa entrar en el maquiavélico juego de la derecha y la izquierda, inventos estos del siglo XIX que contribuyeron a hacer del siglo XX una carnicería humana.

Lo que pretendo es poner el dedo en una llaga lacerante de nuestra sociedad: la mediocridad de una clase política que solo sabe repetir fórmulas frías e inútiles. Porque los tiempos que vivimos exigen soluciones nuevas, arriesgadas, creativas. Exigen confiar en la capacidad humana de encontrar oportunidades, de trabajar en equipo, de resurgir de las cenizas con savia nueva y vivificante.

Para este vino nuevo se necesitan odres nuevos.

Odres nuevos para un vino nuevo

Quejas desde la sociedad

En un solo día han entrado en mi buzón de correos dos mensajes similares: uno, de una plataforma para la movilización social, me pide que firme un manifiesto en el que se pide que se supriman totalmente las subvenciones a los sindicatos, a los partidos políticos y a las organizaciones empresariales; otro, iniciado por una persona concreta, pide también mi firma para que se reforme la Constitución, de tal manera que terminen los privilegios de los diputados. A la vez, salta en televisión la noticia de las doscientas embajadas que mantienen las Comunidades Autónomas españolas en el resto del mundo, y se convierte en el comentario de bares y patios de edificios.

Parece, aunque los medios afines al gobierno (también los tiene el PP, como los tiene el PSOE) intenten suavizarlo, que las últimas medidas no han gustado nada. Al fin y al cabo, a quien más afectan los recortes y los impuestos es a la clase media, precisamente la que solía crear más empleo antes de que lanzaran sobre ella la losa pesada de la crisis.

He firmado el primer manifiesto, y he añadido que se acaben también las subvenciones al cine español, porque quiero que se convierta en una industria que genere empleos. Y me dispongo a pasar el segundo manifiesto a mis amigos, porque deseo vivamente que de esta crisis salgamos libres de quienes han abusado de tan noble cargo, el de representante del pueblo, convirtiendo el Congreso en antro para el latrocinio, la adulación y la mentira.

Quejas desde la sociedad

Temor

El miedo nunca ha sido buena compañía: hace difícil pensar con calma, paraliza cuando es pánico, aconseja seguridad a cualquier precio. Y, sin embargo, parecemos condenados a recorrer con él algunas etapas de nuestra vida.

Europa, la soberbia, no sabe hoy bien hacia dónde se encamina: pero descubre con asombro que lo hace acompañada del temor. De la noche a la mañana, nos han revelado la imposibilidad de sostener nuestro sistema de salud pública tal y como lo conocemos, el riesgo de no saber cómo sustentar a los ancianos, lo quimérico de brindar enseñanza gratuita y lo falaz de tantas promesas de trabajo seguro y digno que nos han hecho. Europa tiene miedo, pánico, como sus bolsas de valores.

Yo, por mi parte, asisto asombrado a otro temor: el de que salgamos de esta situación a costa de ceder entregar nuestra libertad y nuestra dignidad. Lo empiezo a contemplar en Cataluña: recortes de sueldos a funcionarios, recortes de servicios sanitarios, recortes y más recortes… para recuperar esos fondos que los políticos del tripartito malgastaron -ya en su propio beneficio, ya en el de su fanatismo- durante los últimos años.

Juegan con cartas ganadoras: al fin y al cabo, los bancos en los que se gestó la crisis supieron muy bien cómo salir del paso por medio de nuestro sacrificio callado y dócil.

Temor

Razones para tener miedo

Ha caído Berlusconi, y no por sus repetidas orgías con menores de edad, ni por pervertir la moral sobre la que se asienta la democracia, sino porque las cuentas no cuadran. En Grecia, Papandreu también ha tenido que decir adiós al gobierno, después de que su iniciativa de consultar a los ciudadanos -esencia de la democracia- tuviera que dar marcha atrás, para alivio de los mercados y del eje franco-alemán.

En España, mientras, estamos a una semana de unas elecciones que, según las encuestas, va a otorgar mayoría absoluta al PP: no es de extrañar, una vez que parece cada vez más claro que los años de Zapatero pueden considerarse como una auténtica pesadilla de la que es urgente despertar (aunque ¿ganaría el PP con un número más bajo de desempleados? Tengo mis dudas).

Me paro a contemplar la Europa en la que vivo y tengo miedo. Porque una de las consecuencias de la crisis es la imagen que empezamos a tener de la clase política que gobierna nuestros países: como sospechosa de corrupción, de ceguera, de falta de creatividad y de sentido común.

Eso, de alguna manera, ya lo sabíamos. El problema es que la confirmación nos llega en tiempos en los que la cotización de los valores en la bolsa y el índice de riesgo país condicionan las decisiones; en tiempos en los que la soberanía de las naciones cede frente a quien desde fuera diseña soluciones que no tienen en cuenta a la persona, sino únicamente al número frío y cruel; en tiempos en los que faltan intelectuales y escritores de talla que nos digan que hay caminos posibles para salir del atolladero con la calidez que otorga la cercanía y la solidaridad, y con la ilusión que enciende en nuestros corazones una mente abierta, creativa, ¡libre!

Por eso me da miedo la situación actual: porque la corrupción política, la ausencia de pensadores y esas crisis económicas que hacen que todo se tambalee no son una buena mezcla para la democracia. Porque le tengo miedo a los dictadores.

Razones para tener miedo