Encuentro en el laberinto

Borges se vislumbró a sí mismo en el centro de un laberinto: él era el Minotauro y el Minotauro era él. Los pasillos eran iguales, réplicas unos de otros, reiterativos e infinitos. La soledad era su condena.

A veces, yo me duplico en Borges. Porque en esta sociedad compleja que hoy habito, dominan las estructuras. Consisten, también, en pasillos interminables, en aristas agudas, en trayectorias que llevan siempre al mismo sitio.

Europa es un laberinto. El Leviathán lo ha regulado todo. La razón ilustrada nos ha arrojado a ti y a mí en galerías idénticas unas a otras. ¡Si pudiéramos encontrarnos! ¡Si pudiéramos hilvanar, como el de Ariadna, con nuestra palabra el hilo que seguro nos guiara a la salida!

Pero yo sé que en uno de los recodos, junto a los aljibes quizás o en el reguero de tu voz que tercamente se derrama, te encontraré, lo sé. Y entonces ya no estaremos solos, ya no seré yo el único, ni tú tampoco. Seremos dos, y quizás tres: ¡quién sabe los lamentos que ignoramos!

¡Encuentro!
¡Mirada, palabra, abrazo!
Fuera del laberinto
murmura la lluvia mansa.
Encuentro en el laberinto