Se agosta el corazón, gime la Tierra

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Mi amor, el alba
apenas alborea, apenas enciende el sol, es toda blanca.
Es blanca sin matiz, muda sin trino y fría sin arrullo.
La cuna está vacía.

Se agosta el corazón. Gime.
Gime la Tierra sin entrañas.
Porque ya no las siente,
porque ya no le queman,
ya no le arden haciéndole girar en alocado sueño.

Era un sueño de amor,
¿recuerdas?
Y, sin embargo,
estéril es ya el canto, y ya es tibia la luz y frío el desamparo.

Has de salir, lo sé. Has de partir a tus quehaceres.
Cuando te vayas,
cierra la puerta tras de ti. Pero antes
silencia cualquier ascua.

Y no esperes el sol:
hoy no saldrá,
como tampoco brillará mañana.

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Se agosta el corazón, gime la Tierra

Cuéntame cuentos, querido candidato

¡Cuántas veces te habrán dicho, apreciado candidato, “no me cuentes más cuentos”! Y es que, aunque te niegues a reconocerlo, sabemos ya de sobra vuestra capacidad para inventar historias fabulosas que encandilan a los votantes; historias que, después, resultan falsas.

Y, sin embargo, deseo hoy que cuentes cuentos. Y que los cuentes en las calles, en la sede de tu partido, en el Congreso si es que llegas a sentarte en él, en el gobierno si es que lo alcanzas. Cuenta –cuéntanos- un cuento.

Por ejemplo, el de El príncipe feliz. ¿Sabes quién lo escribió? Óscar Wilde.

Ya sé que debería explicarte quién fue Óscar Wilde, porque últimamente se ha vuelto cada vez más evidente el hecho de que de cultura andáis algo faltos. Mucha gente dice que sois corruptos y, sin embargo, yo afirmo que antes que eso sois víctimas de la incultura, causada quizás por el empobrecimiento que reina en las aulas, precisamente por esas leyes que tanto os gusta promover. No te preocupes, te entiendo: ¿a quién le gusta ser un tonto que gobierne a sabios?

Me salto la vida de Óscar Wilde. Búscala en internet, que lo que interesa es el cuento. El de una golondrina viajera que para a descansar en el regazo de la estatua de un príncipe bañada en oro y enriquecida con joyas. ¡Pobre golondrina! Ella tiene sus planes, llegar a Egipto para pasar el invierno; tú también los tienes, aunque a veces los escondes, no vaya a ser que eso te quite votes y el aprecio y la admiración que de manera enfermiza deseas. ¿Sabes que dos o tres lágrimas van a torcer los planes de la golondrina? Ten cuidado con las lágrimas, no vaya a ser que tuerzan los tuyos.

Quien llora es ¡la estatua! Fíjate en lo que le dice a nuestra avecilla:

-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre (…) no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo.

happy-prince-1Perdona la interrupción, pero es que me surge una duda: ¿dónde está hoy en día el Palacio de la Despreocupación, ajeno al dolor, lugar para el juego y para el baile, protegido de no se sabe qué por unos altísimos muros? ¿Dónde? ¿Lo sabes tú? Pero el príncipe sigue:

-Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.

¿Te das cuenta, querido candidato, de ese pequeño detalle apenas advertido?: “Me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad”. ¿Has pensado tú en elevarte, en no quedarte a ras de tierra, en mirar por encima de esas murallas que te protegen del dolor ajeno? Mira que si lo haces, a pesar de que tu corazón sea de plomo, no podrás sino llorar.

Voy a hablarte ahora de mí. Tú, quizás porque en Navidad se hacen realidad los sueños bellos al calor de esa familia sin techo cobijada en un pesebre allá en Belén, contemplas desde tu pedestal lo que advierte con sus ojos enjoyados el príncipe feliz: “en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta”, y por ella ves a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora”. Y como tu corazón se ha vuelto humano, me llamas “golondrina” y me pides que le lleve a la buena mujer el rubí del puño de mi espada.

Dudo. Me esperan en Egipto las amigas golondrinas. Revolotean ya sobre el Nilo, descansan sobre los lotos. Aquí empieza ya a hacer frío.

Y tú me insistes:

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita, quédate conmigo una noche y serás mi mensajera. ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!

Me has convencido. No sé por qué, ahora que late tu corazón, quiero ayudarte. Me quedaré una noche más antes de emigrar a tierras más calientes. Llevaré el gran rubí. Pasaré en silencio por sobre los salones de baile del palacio, por sobre los restaurantes de lujo a los que pensabas acudir, por sobre los tristes lechos en que muchos de vosotros dais rienda suelta a vuestros instintos de posesión, por sobre vuestra borrachera anhelante de una simple caricia de amor. Y cuando llegue a la vivienda, depositaré el gran rubí sobre la mesa, en el dedal de la costurera. Acariciaré con mis alas la suave cara del niño, y acunaré su sueño.

Cuando vuelva, mi querido candidato, sabré que las noches que me esperan junto a ti son muchas. Que hay un joven que se esfuerza por terminar esa obra que nunca termina, porque tiene los dedos ateridos por el frío y está hambriento, y no puede escribir. Sé que me rogarás que le lleve uno de tus ojos de zafiro, porque el otro te lo reservas, aunque te quedes ciego por eso, para esa niña que en la plazoleta vende cerillas. Se le han caído al arroyo. Sus pies, sin zapatos ni medias, están desnudo, y su pobre cabecita expuesta a la intemperie.

Estas ciego, candidato, pero ahora contemplas lo que nunca has visto. No puedo dejarte solo. Me quedaré contigo para siempre, para que puedas seguir haciendo realidad –oh, captain, my captain– este cuento tan hermoso. Gracias a ti veré a los ricos que festejan y ríen en sus magníficos palacios, mientras los mendigos esperan sentados a sus puertas. Veré los barrios sombríos y sabré que las caras de los niños que mueren de hambre son las mismas de los que naufragan en nuestras costas huyendo de la guerra y la miseria. Veré cómo se abrazan uno a otro para darse un poco de calor y protegerse del frío. Y te lo contaré.

Y entonces tú te desprenderás de las hojas de oro que cubren tu cuerpo, y yo haré que lluevan sobre pobres y niños.

¿Y sabes una cosa? Llegarán los hombres poderosos, o los que miran solo la apariencia. Y te verán metal desnudo y corazón de plomo, afeado además por el cadáver de una golondrina que no pudo emigrar antes de que llegara el frío. A mí me arrojarán en un basural, y a ti querrán fundirte.

Pero un ángel enviado por Dios para buscar las cosas bellas que hay en este mundo llevará a su presencia un corazón de plomo y una avecilla muerta. Y Dios sonreirá y nos inundará su amor.

Así que no hagas caso, querido candidato, a los que te dicen que no les cuentes más cuentos. Yo quiero que nos repitas este, el de Óscar Wilde, una y otra vez. ¡Y que se cuente en el parlamento en cuyos sillones os sentáis para dictar leyes, en los tribunales que buscan la justicia, en el palacio desde el que nos gobiernan, en las escuelas, en las plazas y en el calor del hogar!

Cuéntame cuentos, querido candidato

La realidad fecunda

Espero, antes de abandonar este mundo, contemplar el fin de las ideologías. Sería un desenlace feliz para quien, como tantos de su generación, carga sobre sus espaldas más años de los que ha vivido y ha sido objeto de clasificaciones racionalistas e injustas en sucesivos períodos de su existencia.

Yo nací en 1965 y, sin embargo, mi memoria abarca las dos guerras mundiales, la guerra civil española, las carlistas del XIX, la Revolución Francesa y el siglo ilustrado que la gestó. De continuo he tenido que volver la vista atrás, hacia uno u otro acontecimiento, para dar cuenta de mi particular visión del mundo, de la configuración de la realidad que me rodea, de la sangre y el dolor tan hondo como el que se derrama en tantos rincones olvidados de la Tierra, de la mentira o la verdad a medias empleada como anestesia de nuestra conciencia desde un poder anónimo.

La versión más esquemática de las ideologías es el encasillamiento en derechas o izquierdas, conservadores o progresistas. En esta división excluyente, tener nombre propio, huellas digitales u originalidad propia es un derecho proscrito. Porque las ideologías únicamente se mantienen en los campos de batalla o de las carnicerías, y en ellos no caben ni el diálogo ni la colaboración de soldados de ejércitos contrarios.

Por eso, deseo contemplar el fin de las ideologías. Quiero que su lugar lo ocupen las ideas, el diálogo, la creatividad, la cercanía. Que quede libre el ancho campo de la realidad fecunda, en el que las cosas son como son y brillan esplendorosas. En el que da igual lo que pienses, porque comemos el mismo pan, nos resguardamos de la misma lluvia y navegamos por los océanos en barcos que saben cómo mantenerse a flote. En el que sabemos que una bala puede matar. En el que es el vientre de la amada el seno en el que se concibe el hijo, porque la realidad es mucho más sorprendente de lo que creemos, y no necesita de ninguna manipulación para dar fruto.

La realidad fecunda

Lamentos quevedianos de un enfermo

Soy mal enfermo, he de reconocerlo. Y una vez al año, por lo menos, hago como los animales cuando me asalta la obligada gripe: me quedo quieto, yacente y arropado (elemento no animal, sino humano), y espero que pase la congestión mientras me lamento de la vanidad de la vida.

Quizás sea esta la razón de que los versos de Quevedo hayan rondado estos días el lecho de mi particular agonía, acogiendo bajo la misma manta la decadencia de España y mi sufrimiento personal:

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.
 
Salíme al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.
 
Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.
 
Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
 

Habrá quien se queje de la amargura de estos versos. Para mí, sin embargo, revelan las penas que los pobres humanos sufrimos desde que aquella manzana (que no era tal manzana) del Paraíso conquistó a nuestros primeros padres. No es preocupéis: en breve la gripe me abandonará, aburrida de los lamentos de quien la hospeda, y quizás brille el sol. Y entonces buscaré otro poeta que exprese lo que siento: Lope, Bécquer quizás, Salinas o el Neruda joven (el que aún era poeta).

Lamentos quevedianos de un enfermo

Encuentro en el laberinto

Borges se vislumbró a sí mismo en el centro de un laberinto: él era el Minotauro y el Minotauro era él. Los pasillos eran iguales, réplicas unos de otros, reiterativos e infinitos. La soledad era su condena.

A veces, yo me duplico en Borges. Porque en esta sociedad compleja que hoy habito, dominan las estructuras. Consisten, también, en pasillos interminables, en aristas agudas, en trayectorias que llevan siempre al mismo sitio.

Europa es un laberinto. El Leviathán lo ha regulado todo. La razón ilustrada nos ha arrojado a ti y a mí en galerías idénticas unas a otras. ¡Si pudiéramos encontrarnos! ¡Si pudiéramos hilvanar, como el de Ariadna, con nuestra palabra el hilo que seguro nos guiara a la salida!

Pero yo sé que en uno de los recodos, junto a los aljibes quizás o en el reguero de tu voz que tercamente se derrama, te encontraré, lo sé. Y entonces ya no estaremos solos, ya no seré yo el único, ni tú tampoco. Seremos dos, y quizás tres: ¡quién sabe los lamentos que ignoramos!

¡Encuentro!
¡Mirada, palabra, abrazo!
Fuera del laberinto
murmura la lluvia mansa.
Encuentro en el laberinto

Dolor, barbarie

Me sorprende la red con las noticias del atentado en Brindisi. De momento, han fallecido dos jóvenes, y otras dos se encuentran en grave estado. Las sospechas apuntan hacia la mafia.

No me puedo explicar un odio tan grande como para que alguien asesine a nuestros hijos. Hijos a los que, en la mayoría de los casos, no les ha dado tiempo a ser culpables de nada ante la sociedad. Hijos inocentes. A veces niños. El recuerdo doloroso de los horribles atentados de Noruega y los más recientes de Francia nos asaltan. Y los de la infancia víctima de los conflictos que asolan el mundo, y de la explotación en trabajos de muerte o en las redes de la prostitución.

Maldita sea la avaricia, malditos el odio y el agoísmo, y los inteseres económicos o políticos que nos ahogan con la sangre de los inocentes.

En medio del vértigo provocado por tragedias como la que hoy nos sacude, seguimos clamando por el respeto sagrado a la vida humana en todas las etapas de la vida, desde que es concebida hasta que da el salto a la eternidad. Mientras, solo nos queda compartir el dolor de unas familias que de manera bárbara y criminal se han visto privadas del rostro alegre del ser que más aman.

Dolor, barbarie

A modo de consuelo: lo real de la apariencia

No sé si un espejismo es capaz de recrear un oasis en medio del desierto. Y sin embargo, nuestra vida a veces se deleita en visiones de ensueño, frescas y agradables en medio de tanta arena calcinada. Cuando se desvanecen, queda la queja, y duele tanto saber que apenas eran sueño.

Calderón, alguna vez despertaremos, y beberemos del agua que colma sin saciar; sentiremos entonces que era real el abanico del aire; y nos asombrará saber que la apariencia no era engaño, sino verdad desnuda.

A modo de consuelo: lo real de la apariencia

¿Qué queda de todo aquello?

 

Localicé a Charles Trenet de casualidad. Y, como suele ocurrir, me encontré con la sorpresa de encontrar en la red un vídeo con la canción que me hizo abandonar el teclado y perder la mirada en no sé qué horizonte perdido, lejos, muy lejos ya.

“Que-reste-t-il de nos amours” (“¿Qué queda de nuestros amores?”)… La pregunta se me figura larga, porque no espera respuesta. Deja, eso sí, un poso de melancolía, un nudo apenas perceptible en la garganta, una imagen teñida de gris.

Fugacidad de la vida y de las aspiraciones humanas: ¡qué cruel sabes ser a veces!

 

Ce soir le vent qui frappe à ma porte

Me parle des amours mortes

Devant le feu qui s’ éteint

Ce soir c’est une chanson d’ automne

Dans la maison qui frissonne

Et je pense aux jours lointains

{Refrain:}

Que reste-t-il de nos amours

Que reste-t-il de ces beaux jours

Une photo, vieille photo

De ma jeunesse

Que reste-t-il des billets doux

Des mois d’ avril, des rendez-vous

Un souvenir qui me poursuit

Sans cesse

Bonheur fané, cheveux au vent

Baisers volés, rêves mouvants

Que reste-t-il de tout cela

Dites-le-moi

Un petit village, un vieux clocher

Un paysage si bien caché

Et dans un nuage le cher visage

De mon passé

Les mots les mots tendres qu’on murmure

Les caresses les plus pures

Les serments au fond des bois

Les fleurs qu’on retrouve dans un livre

Dont le parfum vous enivre

Se sont envolés pourquoi?

Esta noche, el viento que golpea a mi puerta

me habla de amores muertos.

Antes de que el fuego se extinga

esta noche, suena una canción de otoño

en la casa que se estremece,

y pienso en los días lejanos.

{Estribillo:}

Qué queda de nuestros amores

qué de aquellos días bellos,

una foto, una vieja foto

de mi juventud.

Qué queda de las cartas de amor

del mes de abril, de las citas,

un recuerdo que me persigue

constantemente.

De la felicidad marchita, de los cabellos al viento,

los besos robados y los sueños fugitivos,

qué queda de todo eso,

dímelo.

Un pequeño pueblo, un campanario viejo,

un paisaje tan escondido

y, en una nube, el rostro querido

de mi pasado.

Las palabras, esas palabras tiernas que susurramos,

las caricias más puras,

los juramentos en el fondo del bosque,

las flores que se encuentran dentro de un libro

y cuyo perfume te embriaga

¿por qué han volado?

¿Qué queda de todo aquello?

“Entre mis recuerdos”, de Luz Casal

Ella no lo sabe, pero yo sí. Quizás sea porque con sus canciones me habla, mientras que mis escritos le son desconocidos. Da igual: lo importante, lo que me hace sentirme acompañado, es que Luz Casal y yo compartimos vivencias.

Porque sobre mí, como sobre Luz, a veces cae una pena tan honda, que llego a desear que el mundo y yo dejemos de existir; me recojo sobre mí mismo, a solas, y busco entre mis recuerdos, como queriendo encontrar el porqué de ese dolor.

Y entonces, la memoria me muestra niño en el jardín de la infancia; quizás, como recuerda Luz, frente a un mar puro y claro bajo una noche brillante, embriagado del olor del azahar. Sí, Luz, aquellos momentos eran especiales, únicos: ¿por qué nadie nos avisó de su fugacidad? ¿por qué nadie nos advirtió que no volverían nunca?

Los años han pasado y han dejado sobre nuestra piel y en nuestra carne máculas e impurezas. ¡Qué nostalgia tan aguda de aquella blanca inocencia, fugitiva como el aroma penetrante del azahar!

Y ahora, sombra entre sombras de mi estancia, miro hacia atrás.

Y me pregunto, Luz, si aún es posible reconocerme en aquel niño de ojos abiertos y extasiados que se dejaba empapar por la luz de las estrellas, que recreaba los relatos que el mar derramaba sobre la arena, que se dejaba acariciar por la brisa olor a sal.

¿Cómo volver a saberse limpio, Luz? Si es un deseo tan hondo, ¿será posible? Mi anhelo ahora, cuando languidecen los últimos acordes de tu canción, es que así sea.

“Entre mis recuerdos”, de Luz Casal