Paraguay 2013: nuestra esperanza

Desde la distancia percibo la inquietud que alienta en algunos comentarios que recorren las redes sociales en estos días de fin de año. Digo desde la distancia porque es desde la vieja Europa desde donde contemplo unas elecciones, las paraguayas, que asoman ya en el horizonte.

La inquietud no me sorprende: la oligarquía (lo sigue siendo) política del Paraguay no ha dado muestras de renovación en los años transcurridos desde la caída de Stroessner, allá por los inicios de 1989; ni siquiera en los últimos años, los malgastados desde que Lugo venció con votos colorados y liberales a una dividida Asociación Nacional Republicana.

La arena política contempla la lucha de intereses particulares y de ideologías, y del fragor de la contienda parecen haber huido los ideales de bien común, de solidaridad, generosidad y civismo. El jardín de los árboles floridos, el paraíso de la tierra sin mal y de la fecundidad de sus ríos parece ser aún un sueño lejano.

Desde la distancia te contemplo, Paraguay. Y aunque participo de tu inquietud, me aferro a la esperanza. Porque es el momento -siempre lo es- de abandonar herencias que nos lastran y renovar corazones.

Una nación no es un partido. Una nación no es una ideología, ni un grupo cerrado de intereses sectarios. Una nación surge de lo que se comparte, de la fecundidad de una tierra que se ofrece y de una cultura rica para sus hijos en recursos.

Puede que la oligarquía actual no entienda estos presupuestos. Puede también que algunos de los que han decidido responder a su vocación de servicio público reconozcan en ellos el sentido de su actuación. Y puede que una nueva generación se lance a la aventura de hacer realidad estos ideales que anidan en los corazones de tantos: ¡esta es nuestra esperanza!

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Paraguay 2013: nuestra esperanza

Vaclav Havel y la España de finales de mayo y principios de junio de 2012 (con apéndice)

No hace mucho, me demoré en saborear unas palabras de Vaclav Havel, presidente de una Checoslovaquia liberada tras la caída del telón de acero. Hoy me parecen de lo más actuales, cuando España se debate sin saber qué camino tomar. Las copio:

“… sueño con una república independiente, libre y democrática, una república económicamente próspera y, no obstante, socialmente justa. En pocas palabras, una república humana que sirva al individuo y que, por tanto, albergue la esperanza de que el individuo la sirva a ella a su vez. Una república de personas enteras, porque sin ellas es imposible solucionar ninguno de nuestros problemas, ya sean humanos, económicos, medioambientales, sociales o políticos”.

Apéndice:

Se me viene a la memoria una canción que cantaba Merecedes Sosa. La letra, casi ya al final, decía:

“Merecer la vida / es erguirse vertical más allá del mal de las caídas./ Es igual que darle a la verdad/ y a nuestra propia libertad la bienvenida”.

Quizás la haya recordado por la referencia de Vaclav Havel a esas “personas enteras”, justas, dignas. Porque, como decía también la letra de la canción: “no es lo mismo que vivir honrar la vida”.

Vaclav Havel y la España de finales de mayo y principios de junio de 2012 (con apéndice)

Quejas desde la sociedad

En un solo día han entrado en mi buzón de correos dos mensajes similares: uno, de una plataforma para la movilización social, me pide que firme un manifiesto en el que se pide que se supriman totalmente las subvenciones a los sindicatos, a los partidos políticos y a las organizaciones empresariales; otro, iniciado por una persona concreta, pide también mi firma para que se reforme la Constitución, de tal manera que terminen los privilegios de los diputados. A la vez, salta en televisión la noticia de las doscientas embajadas que mantienen las Comunidades Autónomas españolas en el resto del mundo, y se convierte en el comentario de bares y patios de edificios.

Parece, aunque los medios afines al gobierno (también los tiene el PP, como los tiene el PSOE) intenten suavizarlo, que las últimas medidas no han gustado nada. Al fin y al cabo, a quien más afectan los recortes y los impuestos es a la clase media, precisamente la que solía crear más empleo antes de que lanzaran sobre ella la losa pesada de la crisis.

He firmado el primer manifiesto, y he añadido que se acaben también las subvenciones al cine español, porque quiero que se convierta en una industria que genere empleos. Y me dispongo a pasar el segundo manifiesto a mis amigos, porque deseo vivamente que de esta crisis salgamos libres de quienes han abusado de tan noble cargo, el de representante del pueblo, convirtiendo el Congreso en antro para el latrocinio, la adulación y la mentira.

Quejas desde la sociedad

Vaclav Havel

Hoy me siento un poco más huérfano. Sí, un poco más, porque en esto de las orfandades es posible el más y el menos. Me siento un poco más huérfano porque uno de los padres de mi pensamiento ha fallecido: Vaclav Havel, defensor de la dignidad humana, perseguido y preso por sus ideales, presidente de la Checoslovaquia recién liberada, dramaturgo, intelectual, hombre justo.

Hoy, un poco más huérfano, leo sus palabras y me sorprendo de su actualidad. Porque, aunque hablan de la herencia dejada por los sistemas totalitarios marxistas hace ya veintidós años, parecen describir también la Europa enferma de ahora.

Perdón por la extensión de los fragmentos, pero no hay prisa: puedes leerlos como si gozaras ya de la eternidad que goza Vaclav.

“Vivimos en un entorno moral contaminado. Nuestra moral enfermó porque nos habíamos acostumbrado a expresar algo diferente de lo que pensábamos. Aprendimos a no creer en nada, a hacer caso omiso de los demás, a preocuparnos solo por nosotros mismos.

Conceptos como amor, amistad, compasión, humildad o perdón perdieron su profundidad y sus dimensiones, y para muchos de nosotros pasaron a representar tan solo singularidades psicológicas. Nos parecían recuerdos extraviados de una época ancestral, algo ridículos en la era de las computadoras y las naves espaciales.

(…) El régimen anterior -armado con su ideología arrogante e intolerante- redujo el hombre a una fuerza productiva y la naturaleza a una herramienta de producción. Al hacerlo, atacó tanto a la esencia misma de ambos como a la relación que los une. Redujo personas autónomas y de gran talento, que trabajaban con destreza en su propio país, a tuercas y tornillos de una maquinaria monstruosamente enorme, ruidosa y pestilente, cuyo significado real nadie comprende. Esta no puede más que desgastarse lenta pero inexorablemente, tanto a sí misma como a todos sus tornillos y sus tuercas”.

Vaclav Havel no solo describe con crudeza la situación de aquel momento. Se arriesga a parecer desfasado cuando reclama el protagonismo de la ética en la actuación pública:

“Enseñémonos, y enseñemos a los demás, que la política debería ser la expresión del deseo de contribuir a la felicidad de la comunidad en lugar de la necesidad de engañarla o expoliarla. Enseñémonos, y enseñemos a los demás, que la política no solo puede ser el arte de lo posible, en especial si esto implica el arte de la especulación, el cálculo, la intriga, los tratos secretos y las maniobras pragmáticas; sino incluso también el arte de lo imposible, el arte de mejorarnos a nosotros y mejorar el mundo”.

Más de uno sonreirá con cinismo -expresión, una vez más, del desencanto- ante los ideales de Havel. Pero yo los comparto, como hago mío su sueño. ¿Utópico? Puede. Pero merece la pena perseguirlo.

“… sueño con una república independiente, libre y democrática, una república económicamente próspera y, no obstante, socialmente justa. En pocas palabras, una república humana que sirva al individuo y que, por tanto, albergue la esperanza de que el individuo la sirva a ella a su vez. Una república de personas enteras, porque sin ellas es imposible solucionar ninguno de nuestros problemas, ya sean humanos, económicos, medioambientales, sociales o políticos”.

Vaclav Havel

Razones para tener miedo

Ha caído Berlusconi, y no por sus repetidas orgías con menores de edad, ni por pervertir la moral sobre la que se asienta la democracia, sino porque las cuentas no cuadran. En Grecia, Papandreu también ha tenido que decir adiós al gobierno, después de que su iniciativa de consultar a los ciudadanos -esencia de la democracia- tuviera que dar marcha atrás, para alivio de los mercados y del eje franco-alemán.

En España, mientras, estamos a una semana de unas elecciones que, según las encuestas, va a otorgar mayoría absoluta al PP: no es de extrañar, una vez que parece cada vez más claro que los años de Zapatero pueden considerarse como una auténtica pesadilla de la que es urgente despertar (aunque ¿ganaría el PP con un número más bajo de desempleados? Tengo mis dudas).

Me paro a contemplar la Europa en la que vivo y tengo miedo. Porque una de las consecuencias de la crisis es la imagen que empezamos a tener de la clase política que gobierna nuestros países: como sospechosa de corrupción, de ceguera, de falta de creatividad y de sentido común.

Eso, de alguna manera, ya lo sabíamos. El problema es que la confirmación nos llega en tiempos en los que la cotización de los valores en la bolsa y el índice de riesgo país condicionan las decisiones; en tiempos en los que la soberanía de las naciones cede frente a quien desde fuera diseña soluciones que no tienen en cuenta a la persona, sino únicamente al número frío y cruel; en tiempos en los que faltan intelectuales y escritores de talla que nos digan que hay caminos posibles para salir del atolladero con la calidez que otorga la cercanía y la solidaridad, y con la ilusión que enciende en nuestros corazones una mente abierta, creativa, ¡libre!

Por eso me da miedo la situación actual: porque la corrupción política, la ausencia de pensadores y esas crisis económicas que hacen que todo se tambalee no son una buena mezcla para la democracia. Porque le tengo miedo a los dictadores.

Razones para tener miedo