Se agosta el corazón, gime la Tierra

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Mi amor, el alba
apenas alborea, apenas enciende el sol, es toda blanca.
Es blanca sin matiz, muda sin trino y fría sin arrullo.
La cuna está vacía.

Se agosta el corazón. Gime.
Gime la Tierra sin entrañas.
Porque ya no las siente,
porque ya no le queman,
ya no le arden haciéndole girar en alocado sueño.

Era un sueño de amor,
¿recuerdas?
Y, sin embargo,
estéril es ya el canto, y ya es tibia la luz y frío el desamparo.

Has de salir, lo sé. Has de partir a tus quehaceres.
Cuando te vayas,
cierra la puerta tras de ti. Pero antes
silencia cualquier ascua.

Y no esperes el sol:
hoy no saldrá,
como tampoco brillará mañana.

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Se agosta el corazón, gime la Tierra

Tu corazón, el mío

–Buenos días, sonrisa de la mañana –te digo al encontrarte en los asientos de atrás, en el autobús.

–Buenos días –contestas, y me sonríes radiante.

–Dile también que es flor de las avenidas –me dice Pedro en un susurro. Ha subido conmigo y se sienta a mi lado.

–Díselo tú –y sé que le va a costar: es tímido; pero al final se lo va a decir, porque la quiere.

El autobús se pone en marcha. Pasan los edificios y las farolas y los escaparates por la ventana. Los árboles de la vereda han florecido. ¡Cómo me atraen los balcones y las barandas de forjado hierro, las volutas y las molduras, los azulejos en las fachadas! Me hablan, mañana tras mañana, de un delicado oficio ya pasado, del primor, del adorno y del regalo.

Como el chófer del autobús. Han subido unos niños pequeños, los de siempre. A su escuelita se van, tan alegres. La mano de la madre no alcanza para todos. Pero sí los caramelos que con una sonrisa entrega a cada uno el conductor: “¡Buenos días, María! ¡Toma un caramelo! ¡Para ti!”. Y lo mismo a Juanito, y a Hernán, y a Lucía. Todas las mañanas, una tras otra, espero con ilusión esta parada: sonrisas infantiles me iluminan las entrañas.

Y pienso en el chófer. Y les comento a Lourdes y a Pedro, que habrán contemplado la misma escena:

–¿Os habéis fijado en el conductor? Todos los días hace lo mismo. Y siempre con la misma alegría, como si fuera una fiesta. ¡Les enseña que el mundo está bien hecho! ¡Les muestra, porque sí, porque lo cree, que la vida es un regalo!

No he podido evitar la exclamación. Ni lo he querido. Y es que -Pedro, Lourdes- me siento conmovido. Y sé que a lo mejor no tiene mucho que ver, pero no me voy a sentar ya más frente al televisor. No quiero. Estoy harto de ver cómo nos ofendemos, cómo cualquiera es ocasión para la risa tonta, para el desprecio. Harto de contemplar la violencia llevada hasta el extremo, el sexo de atropello, el culto al ego. Harto de que modelen mi cerebro, mis sentimientos todos, de que me digan qué pensar o cómo hacerlo.

Pero Lourdes y Pedro no me escuchan. Acaba de llover “flor de las avenidas” sobre el cabello azabache de nuestra amiga, sobre sus hombros labrados, sobre sus senos. Y ellos se miran. Se miran, sí, y con los ojos se besan.

¿No es hermoso? Aflora el corazón. Y con su pálpito hace que manen arroyos frescos de fuente oculta. Se riega el campo. Es lo que importa: tu corazón, el mío.

Tu corazón, el mío

Cuna de héroes

vlcsnap-2012-05-15-18h24m00s92[1]No es normal que nuestros tantos canales de la televisión digital ofrezcan una película de esas que te llenan, que te encienden el corazón y que te hace ver que la vida puede valer la pena.

Hoy me he encontrado con esa sorpresa: Cuna de héroes, y he recordado los años de mi niñez y de mi primera juventud, cuando los sábados a la tarde o a la noche mis hermanas y yo, ante una película de emociones profundas, sinceras, nos escondíamos para derramar alguna que otra lágrima y ablandar el nudo que teníamos en la garganta.

Hoy, cuna de héroes parecería un panfleto de valores fascistas y militaristas. A esto se reduciría el juicio estúpido, acorde con el pensamiento hegemónico que rige en el laberinto. Y, sin embargo, sigo viendo en ella esos ideales que nos han robado y cuya ausencia nos encorseta y nos oprime. Son valores como la fidelidad, la generosidad, el respeto, la compasión, la responsabilidad y, sobre todo, la belleza de una vida entregada, que palpita con el corazón de los demás.

Contra esta ausencia me rebelo: cada vez con más fuerzas, con más ímpetu. Porque no sé para qué vivimos en esta sociedad que ha hecho del individualismo y del narcisismo el contenido escondido de un discurso cínico. Y yo quiero saber para qué aliento, y que me digan que merece la pena haber nacido.

longgr1[1]Que me digan que una promesa o un juramento compromete; que la complicidad que surge del amor combina la risa y el silencio, la consideración, la mirada profunda y el beso inteligente; que es un milagro que de nuestros labios brote la palabra del perdón y el agradecimiento; que Dios no nos es ajeno, sino que entrelaza su vida con la nuestra, y que cura las heridas de nuestro corazón con óleo que huele a eternidad.

¿He hablado de Cuna de héroes? Yo creo que sí. Y he hablado también de Maureen O’Hara y de Tyrone Power, y de ese gran director, auténtico genio de la imagen y del relato, que es John Ford: el de La diligencia, Las uvas de la ira, Pasión de los fuertes, El hombre tranquilo, Río Bravo, Centauros del desierto, El hombre que mató a Liberty Valance, Siete mujeres y tantas otras.

No me avergüenzo de emocionarme hasta la lágrima al volver a contemplar, casi treinta y cinco años después, esta película. Mi corazón late, no es de piedra.

Cuna de héroes