El mundo gira enamorado

«El mundo gira enamorado»
(Victor Frankl)

Un café de Madrid. Les quedaba a mano, a unos pocos pasos de donde se ha producido el reencuentro. Llovía fuera y, desde dentro, desde esta parte del cristal, las gotas escurridas parecen lágrimas. Lágrimas por los dos, y por los trenes parados, y por los barcos que no llegan, y por los titulares que se quejan de esa fórmula hueca que una y otra vez yerra.

Una mesa, dos cafés. Veinticuatro años son suficientes para ahondar los surcos de una tierra reseca. La ausencia de agua se aprecia en la falta de brillo de los ojos. Pero ahora, por unos momentos, olvidan las sequías que vinieron después de los primeros años de actividad febril e ilusionada: los años en los que, lejos ya uno de otro, jugaron a dibujar en un papel dos mapas del mundo a la medida de cada cartógrafo.

Olvidan las sequías. Reviven los años en que ambos compartían la mirada y el asombro, el riesgo de vivir y la esperanza fresca. Las manos sobre la mesa -las de ella inquietas- se rozan casi. El beso anhela.

Fuera, se desmoronan los edificios y las calzadas se agrietan. Semáforos turbados no saben ya de qué color ponerse. El tráfico es un caos. Los viandantes huyen. Y sé, como un relámpago, que si ese beso anhelante no se sella, si esas manos ansiosas no se rozan, los números febriles les llevarán corriente abajo, y se despeñarán con fuerza.

Fuera, otros labios se besan, otros ojos se miran, otras manos se entregan. Son labios tiernos, ojos inquietos, manos ilusionadas. Ella es lirio y clavel, él musgo o hiedra. Caen los ladrillos a su alrededor, y los aviones. Pero no les alcanzan. El mundo vuelve a girar. Gira, por fin, enamorado.

El mundo gira enamorado

Mirada nueva

En estos días me llegó una advertencia: «Te leo algo triste…». Al principio, pensé que no era tristeza lo que se leía en mis entradas anteriores, sino la realidad que nos rodea: una realidad en la que las cifras cuantifican la desesperanza de millones de personas.

Y, sin embargo, en las letras que me llegaron se escondía una verdad: la de que nuestros ojos tiñen nuestros días de colores tristes o alegres, según se les antoja.

La mirada, a la que he dedicado artículos o capítulos de un libro (y de la que parecía haberme olvidado), es capaz de transfigurar nuestro mundo y presentarlo como campo fecundo para el cultivo, como mesa para el almuerzo entrañable con los seres más queridos, como pantalla para proyectar una película fascinante.

En esta aventura no estamos solos, y es tan apasionante como olvidarse de los problemas propios para pensar en cómo juntos, con el aporte solidario y creativo de cada uno, podemos conseguir que cada familia cuente con aquello que le permita vivir con dignidad.

Mira a tu alrededor con una mirada nueva…

Mirada nueva

Shall we dance?

Otro viernes negro: esta vez, con las nuevas cifras del paro, en torno a 350.000 personas más. Nos acercamos al 25% de la población activa sin trabajo. 1.700.000 no tienen ya ninguna fuente de ingresos. Por eso me llamaron tanto la atención de una amiga que desde hace más o menos un año está en el paro (copio aquí tus palabras porque sé que para todos seguirán siendo anónimas):

¿Te das cuenta de la maravillosa oportunidad que nos han dado de retomar el valor de las cosas y situaciones?  (…) años antes de perder mi puesto de trabajo, a veces, pensando en que podría suceder si «sucedía», sentía físicamente algo similar a  lo que creo que tiene que ser un ataque de pánico: sentía terror, algo que me superaba. Y aquí estoy, relativamente preocupada, al borde de terminar mi prestación por desempleo y… viviendo feliz: mucho, pero mucho más que en los tiempos en que era una completa esclava de un trabajo ingrato y mal remunerado.

¡Qué palabras más duras, cuando se conoce la situación de quien las pronuncia! Pero, a la vez, qué verdaderas: delatan el anhelo escondido de un mundo más humano, en el que lo verdaderamente importante ocupe nuestro tiempo y nos ayude a crecer y a disfrutar de esta vida, que fue concebida para ser algo maravilloso.

Sin poder evitarlo, mi memoria se evade a una canción que en estos días se repite machaconamente dentro de mí: “Shall we dance?”, y que pertenece a uno de los musicales más atractivos de Rodgers and Hammerstein II: The King and I. En el cine, Deborah Kerr y Yul Brynner interpretaron a la maestra Anna Leonowens y al rey Mongkut de Siam del musical; unos personajes a los que volvieron a dar vida posteriormente Jodie Foster y Chow Yun-Fat.

La letra de la canción recrea los sentimientos y las palabras de Anna. Se siente atraída hacia el rey. Intuye a que al comenzar la música, algo misterioso la conducirá a su lado, a pesar de que apenas se conocen; que cuando se entreguen uno en los brazos del otro e inicien el baile, volarán sobre una nube radiante, y que quizás la última estrella que se retire del cielo los sorprenda aún juntos y abrazados: porque esas son las cosas que pueden suceder en una situación así.

Si ahora me demoro en esta canción no es simplemente por el deseo de evadirme de lo que sucede. Es porque pienso con mi amiga que el momento que vivimos nos da la oportunidad de «retomar el valor de las cosas y situaciones». Un valor que no se reduce al de los números fríos e inútiles que rigen nuestra economía. Es mucho más. Y, para mí, aparece simbolizado admirablemente en el vínculo profundo del baile y en su belleza.

Shall we dance?

Tan cerca, tan lejos…

La nieve cubre el pueblo minero, allá lejos, en la Alaska de los buscadores. Chaplin, con su habitual indumentaria, mira a través del cristal del ventanal, desde la calle. Es Nochevieja, y están a punto de dar las doce. Dentro, la cálida compañía, la alegría de la fiesta, la risa despreocupada y los ojos palpitantes de una mujer a quien no se atreve, pobre él, a declarar su amor. ¡Tan cerca, tan al alcance de su mirada, y a la vez tan lejos!

Ya no hace frío; al menos, el de la nieve, el de la escarcha, el de los vientos helados que azotan el rostro en pleno invierno. Chaplin camina por las calles de una gran ciudad. Unos rapazuelos se mofan de él, le ridiculizan sin saber que ese hombre de aspecto miserable ha sido capaz de desprenderse de todo, hasta de lo que no tenía, por pagar una operación que devolviera la vista a la mujer que ama. Y ahora se la encuentra, como por azar, del otro lado del cristal que proteje el escaparate de una floristería, rojos sus labios como el clavel y como el lirio su piel blanca. ¡Tan cerca, nuevamente, pero a la vez tan lejos!

La primera escena es de La quimera del oro; la última, de Luces de la ciudad. Y las tengo grabadas en mi imaginación desde que percibí en ellas  algo que tiene mucho que ver con los deseos más íntimos del ser humano.

Ayer de noche me asaltó su memoria, y se volvió insistente. Tanto, que recordé esa puerta en la que nunca me había fijado, y que en Luces de la ciudad se encuentra abierta. Por ella saldrá la florista con una moneda como limosna para el pobre vagabundo; y entonces descubrirá, al tacto -¡cercanía!- con sus manos, la incontable riqueza de quien ha sabido amarla hasta el olvido de sí.

(Borrador para Dinámica del deseo, de próxima aparición)

Tan cerca, tan lejos…