La larga espera

−Ariadna, tengo prisa. ¿No puedes hilar más rápido?

−¿Y esa prisa, Teseo? ¿De dónde vienes? ¿Estuviste otra vez en el Laberinto?

Me tengo que callar. Sé que a Ariadna no le gustan mis incursiones en esa mole de cemento y de cristal. Que teme que me pierda en sus pasillos infinitos, sin principio ni final. Pero yo apenas penetro en su interior. Me quedo casi en la entrada, para no perder de vista la salida. Sé que si dirijo mis pasos hacia su centro, nunca saldré.

Esta noche he dormido con la espalda apoyada contra una pilastra de las que adornan el nacimiento del pasillo que se abre a unas doscientas yardas del pórtico de entrada. En sueños, he oído sus lamentos. Los primeros -pude distinguirlo- venían del centro, e iban recogiendo en su camino gemidos sin nombre, llantos sin melodía, penas sin fondo y negras. Llegaban hasta mi oído.

−Ariadna.

Y Ariadna no contesta. Continúa con su tarea. En su pecho se acurruca uno de esos ancianos que he visto dormir a la intemperie en esta noche húmeda y fría, allá en el Laberinto; en sus pupilas alientan niños que han dejado de llorar el vacío cruel de sus entrañas. Hila que te hila, hila que te hila.

Algún día -lo sé, lo intuyo cerca- me entregará el fruto de tanta espera. Y entonces, me internaré en los pasillos, y llegaré a su centro. Ariadna vendrá detrás de mí, cuna y alondra, bálsamo y beso.

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La larga espera

Profundizando en el Laberinto

laberinto imagen libreLo he leído en las crónicas: que se irguió una vez un laberinto en las tierras en las que antaño había florecido el pensamiento; que en sus muros se hallaba escrito el código de su estructura autónoma; que no había señales que prohibieran la salida, porque más allá de su perímetro el mundo estaba entregado a la superstición y hundido en el caos.

De ahí que dijeran los que habitaban aquella inmensa mole:

-Existen solo los muros blancos que me conducen al centro, tan solo las esquinas como aristas y el pozo de donde nacen todos los pasillos.

Y he leído también que en ese centro habitaba un ser cuya existencia negaban, mitad hombre y mitad toro, sediento de sangre. Y que su sed se calmaba cada cierto tiempo con víctimas capturadas en lejanas tierras o que huían de ellas; pero también de los que, dentro de los muros, eran considerados débiles.

Y sin embargo, cuenta la historia que Teseo vino desde afuera, desde el espacio abierto, desde el cielo y el mar y las costas plácidas. Y que dio muerte al monstruo.

Todo ocurrió, según cuentan, en la primera mitad del siglo XXI. Aún caminaban sobre la tierra mujeres como el marfil o el alabrasto, hermosas como Ariadna.

Profundizando en el Laberinto

La posibilidad del laberinto

-Existen solo los muros blancos que me conducen al centro, tan solo las esquinas como aristas y el pozo de donde nacen todos los pasillos.

Y, sin embargo, Teseo vino desde afuera, desde el espacio abierto, desde el cielo y el mar y las costas plácidas.

Esto ocurrió, según cuentan, en la primera mitad del siglo XXI. Aún caminaban sobre la tierra mujeres como el marfil o el alabrasto, hermosas como Ariadna.

La posibilidad del laberinto

Encuentro en el laberinto

Borges se vislumbró a sí mismo en el centro de un laberinto: él era el Minotauro y el Minotauro era él. Los pasillos eran iguales, réplicas unos de otros, reiterativos e infinitos. La soledad era su condena.

A veces, yo me duplico en Borges. Porque en esta sociedad compleja que hoy habito, dominan las estructuras. Consisten, también, en pasillos interminables, en aristas agudas, en trayectorias que llevan siempre al mismo sitio.

Europa es un laberinto. El Leviathán lo ha regulado todo. La razón ilustrada nos ha arrojado a ti y a mí en galerías idénticas unas a otras. ¡Si pudiéramos encontrarnos! ¡Si pudiéramos hilvanar, como el de Ariadna, con nuestra palabra el hilo que seguro nos guiara a la salida!

Pero yo sé que en uno de los recodos, junto a los aljibes quizás o en el reguero de tu voz que tercamente se derrama, te encontraré, lo sé. Y entonces ya no estaremos solos, ya no seré yo el único, ni tú tampoco. Seremos dos, y quizás tres: ¡quién sabe los lamentos que ignoramos!

¡Encuentro!
¡Mirada, palabra, abrazo!
Fuera del laberinto
murmura la lluvia mansa.
Encuentro en el laberinto