Lléname de lluvia el corazón

Mi primera experiencia de autopublicación. He escogido Amazon por mi deseo de llegar no solo a España, sino a las tierras de más allá del Atlántico, a mi Paraguay recordado.

 

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Lléname de lluvia el corazón

Si me llamaras…

Sin título (2)

Cada vez que leo estos versos de Salinas no puedo dejar de pensar en su rabiosa actualidad.

Vivimos tiempos de conflictos, de renuncias, de negaciones. Los problemas se acumulan de tal manera que nos sentimos como arrojados en el laberinto o desvanecidos en el vértigo. Hay como un clausurarse en sí mismo, como un constante alargar la mano hacia aquello que, por inmediato, le puede satisfacer a uno momentáneamente. Más allá de nuestra mórbida rutina apenas oímos nada.

Pero resulta que lo cierto, lo que a pesar de todo sigue resonando, es esa llamada que constituye nuestro propio ser. ¿Qué nombre se le puede dar? ¿Tarea, misión, vocación…? Puede ser. Sin embargo, me parece más certero un nombre propio y unos apellidos (los de cada uno), la huella digital o la de la retina, cualquier signo que remita a la propia singularidad.

Si me llamaras, sí, si me llamaras, lo dejaría todo… No solo los precios, los catálogos y el azul del océano en los mapas, ni los días y sus noches, los telegramas viejos y ese amor que más bien parece una invención a mi medida. Dejaría también el afán de lucro y de poder, la fuerza instintiva que sólo busca satisfacer los apetitos, los rencores, los prejuicios y las verdades a medias…

Porque si me llamaras, sí, si me llamaras, el prodigio de mi nombre pronunciado por tu voz estallaría en luces infinitas: como son infinitas las estrellas que iluminan la que antes era noche oscura sobre todos y cada uno de nosotros.

[Entrada recuperada y levemente modificada de aquel blog que una vez tuve: elwawel]

 

Si me llamaras…

Lamia de mar

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A Ana Amilibia, ojos de mar y labios de coral

-Ya te lo dije, Lamia, que no te fueras con extraños, que vienen y te engatusan y cuando quieres darte cuenta, ya te han robado el corazón y lo han dejado ahí tirado, para que las olas, al romper en besos sobre la arena, se lo lleven inerte a donde la mar es abisal y única.

Si ya me lo temía yo, que le caté nada más verlo: tan airoso y compuesto él, tan mirada de amor de atardecida, tan párpados de ocaso y de entresombra, tan labios que de entreabiertos nublan los sentidos. A mí no me engañó, que le tomé la medida nada más verlo: que ese venía a libar de la anhelante flor de tu entrepierna y el jugo lechoso de tus pezones.

-¡Pero qué bestia eres, mamá! Ni que a todas nos fuera a pasar lo mismo que a ti. Él volverá: me lo prometió. Me lo dijeron sus palabras. Me lo dice mi cuerpo ahora.

Mírame bien. En mis ojos hay mar, y en mis cabellos algas. Los atuso una y otra vez con mi peine de oro mientras le espero.

¿No ves el brillo húmedo que baja como la lluvia por mi cuello? ¿No ves cómo se esconde entre mis senos, cómo acelera el paso en busca de mi sexo?

Altiva soy, madre: mis cejas como arcos tensos; mis ojos, saetas verdes; mi mentón, proa fugaz y decidida.

¡Amado mío, ven! Y cuando vuelvas, colecta con tu lengua las perlas escondidas tras mis labios, y colorea con tu beso mi beso húmedo cual coral.

¡Vuelve, no vayan a ser ciertos los augurios de mi madre! ¿No ves mi cuerpo que yace desnudo sobre la arena y quiere aplacar su sed? ¿Qué te adentraste en la mar? ¿Y qué? Mi cuello alabastrino es faro erguido; mis ojos, destellos como cuchillos en la noche para guiar tu vuelta.

Porque estés donde estés, mi amor, mi ser te envuelve. Ya ves que playa soy, coral, alga que enreda, luminaria riente, la mar entera y plena.

Lamia de mar

La marejada de tu amor, mi Amor, rejuvenece…

La marejada de tu amor, mi Amor, rejuvenece
La cripta ajada y mustia de mi cuerpo.
Dame tu néctar, dame
La miel que de tus labios amorea.
Y paloméame en tu seno,
Y enrédame, si quieres, con tus crenchas
Aladas, mariposas de entrevela.
Quiero que redivivas mi alma muerta,
Con tu luz, Luna mía,
Y con tus zumbos, ritmos y oleadas.

Ignacio Roldán

La marejada de tu amor, mi Amor, rejuvenece…

Mentíme: chat o tango

burt_lancaster_-_audrey_hepburn_-_1960Soledad había dormido mal aquella noche. Letras de tango malevo y onomatopeyas caprichosas en el chat jijí jajá bailoteaban en su recuerdo y en su imaginación transmutadas en aquelarre. Definitivamente, no era lo mejor para dormir despedirse del día escuchando el requiebro tanguero de “Vendrás alguna vez” a la par que intercambiaba jajajás y caritas sonrientes y virtuales con su ay-mi-amor-mi-pepe-cómo-me-hacés-reír. Porque Pepe era así: no decía nada que tuviera, digamos, peso, pero sus palabras eran como cosquillas en su sobaco. Y entre el “Mentíme” del tango “si es que nunca… nunca volverás” y las risitas tontas, su alma se rendía al sopor de su cuerpo con una cantinela en la cabeza que hacía imposible el descanso.

Amanecer de resaca. Y sin embargo, Soledad no era de las que se rendía ante la posibilidad de una migraña mañanera. Así que se vistió con su vestido rojo ligeramente escotado, se peinó cuidadosamente su fecunda cabellera negra dejándole cierto aspecto descuidado, se pintó los labios de un rojo intenso y juguetón, y se fue al estudio de grabación, que por algo tenía los tangos en la cabeza.

¡Ay, Soledad! Yo sí preferiría “vivir de esa mentira, que andar tras de la muerte sabiendo la verdad”. Sabiendo que no has de volver a mi lado, que te me has ido para siempre. Porque esa es la grabación que más escucho de las tuyas, la del tango que reniega de la promesa de su título, porque ahora ya sé que no vendrás alguna vez, que no vendrás jamás.

El estudio estaba vacío. Mejor. Es la ventaja de amanecer pronto. Como lo es el paseo por las veredas del barrio de Palermo camino a la grabación, el olor a café y el aroma de las masitas recién horneadas. La vereda, como recién barrida. Los autos, como desperezándose con cierta timidez, cuajados de rocío.

Sentada en un diván acorde con esa recepción de aspecto quilombero, Soledad cruzó su pierna izquierda por debajo de su muslo derecho. La que le quedaba libre se balanceó al descuido, con aires juveniles y despreocupados, frescos como la sonrisa de sus labios soñadores. Las manos, apoyadas a ambos costados de su cadera en el diván, hacían que sus brazos enhiestos parecieran dos columnas labradas con esmero, y la obligaban a encoger los hombros.

Se imaginó a su ay-mi-amor-mi-pepe recostado en una tumbona en una playa de agencia de viajes. Fiel a las reglas de la publicidad, llevaba unos anteojos de sol oscuros, y en su mano izquierda sujetaba un cóctel que a buen seguro estaba frío. Por supuesto, una pajita tropical, porque tropical era la playa y así tenía que ser, se apoyaba en el borde del vaso. En la mano derecha, un móvil; y en la mano derecha también, un pulgar juguetón: el pulgar capaz de cambiar de pantalla con un simple desplazamiento, de teclear unos cuantos jajás o jejés con la facilidad con que Alan Ladd desenfunda su revólver, capaz también grácil pulgar de enviar caritas y de convertir las vibraciones del chat en unas cosquillas juguetonas en el sobaco de su Sole, amada entre las tantas amadas que coleccionaba Pepe en el mundo virtual.

Pero esto Soledad no lo sabía.

Le gustaba reír; le agradaban las cosquillas. Aunque ¿era eso amor?

La historia del tango tenía más fuerza. A menudo, al escucharla le venía a la cabeza la imagen de Burt Lancaster y Audrey Hepburn en las ardientes tierras del oeste americano. Él con la mirada fija y como destinada, tan distinto de ay-mi-pepe, los dientes apretados, el rifle en la mano izquierda, avanzando hacia el costado derecho de la cámara; ella, arrastrada a sus espaldas, aferrada a su mano, como intentando impedir su marcha, como diciendo no te me vayas Zach no te me vayas ya ves que estoy acá arrastrada a tus pies suplicando que no te vayas que no te dejes matar porque sé que te estoy amando que siempre te he amado. Audrey no voseaba; no tenía por qué vosear, porque el golpeteo agudo del voseo no es para rostros gráciles y delicados como el de ella, sino para el brazo de Rita Hayworth, que lentamente, como un insulto, se desnuda.

A menudo le venían esas dos imágenes a la cabeza. Porque el tango es requiebro y quiebro, abrupta contorsión, mueca y lamento, elegía cruel de ese pasado tuyo que en el mío me persigue

tan tenaz como la sombra,

y en la noche solitaria

oigo al viento que te nombra.

¿Es preciso ser consciente de que se ama para amar con certeza? Y si es así, ¿no es el sufrimiento por amor su prueba definitiva, aunque lo sea de un amor perdido?

Y yo te digo ahora, Soledad, que no sé a ciencia cierta cuál es el amor que perseguimos, que nos incendia el alma. No lo sé. Desde acá, desde mi sombra, te idolatro. Imagino que hablamos, nos reímos. Pero apenas soy para vos el pasado en el que nunca estuve. ¿Entendés por qué, Soledad? ¿Entendés que te llame en mi amargura “aunque nadie me conteste”? ¿Entendés que sea “inútil que proteste”? Y es que mi rencor, lo sé, “es más fuerte que todo mi amor”. Pero no contra vos, Soledad, no contra vos. Solo contra la historia, contra el azar que ha impedido que nos conozcamos.

Mentíme, decíme que volverás…

Serías mi pretexto para seguir vivo.

Ya ves, parezco un tango.

Por eso, los aparatejos esos no son para mí. No sentiría las cosquillas como las sentís vos. Para el malevo que soy, solo tu cuerpo enredado con el mío, quiebro y requiebro que el bandoneón arrastra, solo el hechizo del rojo ardiente de tus labios y de tus ojos de esmeralda clavados en los míos me harían cosquillas.

Cosquillas como la ardiente hoja del cuchillo que descuidadamente dejaría caer en un yuyal, junto a un arroyo, si simplemente me mintieras.

Ignacio Roldán

Madrid, 6-10-2016

Mentíme: chat o tango

Ya no hay distancia

manos-sujetan-mundo-2Te quiero por encima del mar y del océano; por sobre las montañas que se alzan vigilantes; por sobre las fronteras, las trincheras y las líneas rojas de los desacuerdos.

¡Ha tanto ya que no nos vemos! Y, sin embargo, tu palabra te recrea en cada línea, y ya no es un renglón tras otro lo que traza, sino el contorno de tu rostro y de tu abrazo.

Tu palabra…

Tu palabra y mi palabra desnudan almas. Tu voz me llega cálida, mi voz te ampara. ¿De dónde esta hermandad, este saber que somos hijos tú y yo del mismo vientre, y ventilarlo a cada instante?

Ya ves, amor, hermano, hermana, por encima del mar y de los montes, más acá del espacio intergaláctico, mi voz te halla, la tuya me acompaña.

Ya no hay distancia.

Ya no hay distancia

Cuéntame cuentos, querido candidato

¡Cuántas veces te habrán dicho, apreciado candidato, “no me cuentes más cuentos”! Y es que, aunque te niegues a reconocerlo, sabemos ya de sobra vuestra capacidad para inventar historias fabulosas que encandilan a los votantes; historias que, después, resultan falsas.

Y, sin embargo, deseo hoy que cuentes cuentos. Y que los cuentes en las calles, en la sede de tu partido, en el Congreso si es que llegas a sentarte en él, en el gobierno si es que lo alcanzas. Cuenta –cuéntanos- un cuento.

Por ejemplo, el de El príncipe feliz. ¿Sabes quién lo escribió? Óscar Wilde.

Ya sé que debería explicarte quién fue Óscar Wilde, porque últimamente se ha vuelto cada vez más evidente el hecho de que de cultura andáis algo faltos. Mucha gente dice que sois corruptos y, sin embargo, yo afirmo que antes que eso sois víctimas de la incultura, causada quizás por el empobrecimiento que reina en las aulas, precisamente por esas leyes que tanto os gusta promover. No te preocupes, te entiendo: ¿a quién le gusta ser un tonto que gobierne a sabios?

Me salto la vida de Óscar Wilde. Búscala en internet, que lo que interesa es el cuento. El de una golondrina viajera que para a descansar en el regazo de la estatua de un príncipe bañada en oro y enriquecida con joyas. ¡Pobre golondrina! Ella tiene sus planes, llegar a Egipto para pasar el invierno; tú también los tienes, aunque a veces los escondes, no vaya a ser que eso te quite votes y el aprecio y la admiración que de manera enfermiza deseas. ¿Sabes que dos o tres lágrimas van a torcer los planes de la golondrina? Ten cuidado con las lágrimas, no vaya a ser que tuerzan los tuyos.

Quien llora es ¡la estatua! Fíjate en lo que le dice a nuestra avecilla:

-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre (…) no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo.

happy-prince-1Perdona la interrupción, pero es que me surge una duda: ¿dónde está hoy en día el Palacio de la Despreocupación, ajeno al dolor, lugar para el juego y para el baile, protegido de no se sabe qué por unos altísimos muros? ¿Dónde? ¿Lo sabes tú? Pero el príncipe sigue:

-Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.

¿Te das cuenta, querido candidato, de ese pequeño detalle apenas advertido?: “Me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad”. ¿Has pensado tú en elevarte, en no quedarte a ras de tierra, en mirar por encima de esas murallas que te protegen del dolor ajeno? Mira que si lo haces, a pesar de que tu corazón sea de plomo, no podrás sino llorar.

Voy a hablarte ahora de mí. Tú, quizás porque en Navidad se hacen realidad los sueños bellos al calor de esa familia sin techo cobijada en un pesebre allá en Belén, contemplas desde tu pedestal lo que advierte con sus ojos enjoyados el príncipe feliz: “en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta”, y por ella ves a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora”. Y como tu corazón se ha vuelto humano, me llamas “golondrina” y me pides que le lleve a la buena mujer el rubí del puño de mi espada.

Dudo. Me esperan en Egipto las amigas golondrinas. Revolotean ya sobre el Nilo, descansan sobre los lotos. Aquí empieza ya a hacer frío.

Y tú me insistes:

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita, quédate conmigo una noche y serás mi mensajera. ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!

Me has convencido. No sé por qué, ahora que late tu corazón, quiero ayudarte. Me quedaré una noche más antes de emigrar a tierras más calientes. Llevaré el gran rubí. Pasaré en silencio por sobre los salones de baile del palacio, por sobre los restaurantes de lujo a los que pensabas acudir, por sobre los tristes lechos en que muchos de vosotros dais rienda suelta a vuestros instintos de posesión, por sobre vuestra borrachera anhelante de una simple caricia de amor. Y cuando llegue a la vivienda, depositaré el gran rubí sobre la mesa, en el dedal de la costurera. Acariciaré con mis alas la suave cara del niño, y acunaré su sueño.

Cuando vuelva, mi querido candidato, sabré que las noches que me esperan junto a ti son muchas. Que hay un joven que se esfuerza por terminar esa obra que nunca termina, porque tiene los dedos ateridos por el frío y está hambriento, y no puede escribir. Sé que me rogarás que le lleve uno de tus ojos de zafiro, porque el otro te lo reservas, aunque te quedes ciego por eso, para esa niña que en la plazoleta vende cerillas. Se le han caído al arroyo. Sus pies, sin zapatos ni medias, están desnudo, y su pobre cabecita expuesta a la intemperie.

Estas ciego, candidato, pero ahora contemplas lo que nunca has visto. No puedo dejarte solo. Me quedaré contigo para siempre, para que puedas seguir haciendo realidad –oh, captain, my captain– este cuento tan hermoso. Gracias a ti veré a los ricos que festejan y ríen en sus magníficos palacios, mientras los mendigos esperan sentados a sus puertas. Veré los barrios sombríos y sabré que las caras de los niños que mueren de hambre son las mismas de los que naufragan en nuestras costas huyendo de la guerra y la miseria. Veré cómo se abrazan uno a otro para darse un poco de calor y protegerse del frío. Y te lo contaré.

Y entonces tú te desprenderás de las hojas de oro que cubren tu cuerpo, y yo haré que lluevan sobre pobres y niños.

¿Y sabes una cosa? Llegarán los hombres poderosos, o los que miran solo la apariencia. Y te verán metal desnudo y corazón de plomo, afeado además por el cadáver de una golondrina que no pudo emigrar antes de que llegara el frío. A mí me arrojarán en un basural, y a ti querrán fundirte.

Pero un ángel enviado por Dios para buscar las cosas bellas que hay en este mundo llevará a su presencia un corazón de plomo y una avecilla muerta. Y Dios sonreirá y nos inundará su amor.

Así que no hagas caso, querido candidato, a los que te dicen que no les cuentes más cuentos. Yo quiero que nos repitas este, el de Óscar Wilde, una y otra vez. ¡Y que se cuente en el parlamento en cuyos sillones os sentáis para dictar leyes, en los tribunales que buscan la justicia, en el palacio desde el que nos gobiernan, en las escuelas, en las plazas y en el calor del hogar!

Cuéntame cuentos, querido candidato

Endimion y Selene (fragmento)

(…) Selene, esto es lo que recuerdo ahora: de día me tumbaba al sol para sentir el goce de sus rayos cálidos, mientras guardaba el rebaño; y de noche, tras recorrer caminos plateados, me demoraba en tu rostro. ¿Recuerdas? Eras pastora argéntea, Luna, allá en la altura. En el zafiro terso de la noche apacentabas estrellas titilantes. Cuántas veces, mi amor, ese cuerpo desnudo que contemplo en las láminas se quedaba dormido. Era mi cuerpo, sin vestimenta alguna: para la brisa, amante; para tu luz, reflejo. ¡Qué inocencia tan joven la de entonces!

Y sin embargo, ahora, me envejecen los días y las noches sin sueño. Selene: he recordado.

He recordado tu piel de ayer tan tersa, la de los días antiguos, cuando bajaste a apacentar estrellas a mi lado, ausente de tus prados.

–Duerme –dijiste, y me quedé dormido.

Porque eso es lo que Zeus sentenció, que mientras durmiera, gozaría del sueño de la inmortalidad, y sería joven. Aquella noche, te sentí junto a mí, ensoñación de cuerpos que fulguran en el bosque, trémulos labios que se buscan, vértigo eterno.

Con el amanecer, mis ojos entreabiertos apenas advirtieron tu huída hacia el poniente. Pero el halo de tu divinidad brillaba aún sobre mi piel. Si en ese momento me hubiera levantado a contemplar mi rostro en el arroyo lo hubiera visto terso y sin arruga, y luminoso. Pero debía saciar el hambre y pastorear mis ovejas.

Una noche tras otra, Selene, yaciste junto a mí. Te adivinaba en mi sueño, y en la ardiente hoguera que desde las entrañas y en nuestro abrazo se alimentaba. Una y otra vez, sumido en el sopor, inconsciente en cada anochecida.

Hasta que a la vigésima noche, bajaste y repetiste la orden: “Duerme”, y simulé dormir, pero mis párpados cerrados quedaron avizores.

Sentí caer la túnica desde tus hombros, y rozar el suelo. Tus brazos ciñeron mi cintura. En la proximidad de los cuerpos, prendió la llama: labios de sábana entre carnosos labios, pecho de losa contra pecho mórbido, vientre de espuma, colibrí de fuego hacia el clavel abierto. ¡Mis párpados se abrieron!

Te contemplé desnuda, el cuerpo tenso, arrobada hacia adentro. Era como si me tuvieras a tu amparo, en tu oquedad más honda. Te vaciaste en caricias y en susurros, en pálidos besos. Y entonces, recordé las palabras de Zeus: “Mientras duerma, gozará del sueño de la inmortalidad, y será joven”. Cerré los ojos; me entregué al letargo.

Varias noches te engañé haciendo como que dormía. Pero una mañana, a solas ya junto al arroyo, y ajeno al rebaño que abrevaba en él, me contemplé en sus aguas.

¿Qué advertí entonces en el reflejo ondulante de mi rostro? La sentencia de Zeus. Quizás fuera debido al agua escurridiza que en mi faz maltrazaba surcos y sombras; o quizás a la herida indeleble que en mi carne dejara la belleza que había contemplado. Y es que te imaginé fulguración eterna en cuerpo fugaz como el mío; y descubrí mi anhelo de perdurable unión, ajena al tiempo. ¿Cómo sufrirlo?

Por eso, desde entonces, lloro sobre mi frente arrugada en el cambiante espejo de las aguas, sobre mis párpados cargados y mi espalda vencida.

Endimion y Selene (fragmento)

Sin ataduras ya

Asfalto cuarteado. De: http://2.bp.blogspot.com/_FQK-YKohTLw/S8I0XOAJ-WI/AAAAAAAAI40/4FzJkE78O0g/s1600/7.jpg
Asfalto cuarteado.

Un café de Madrid. Nos quedaba a mano, a pocos pasos de donde se ha producido nuestro encuentro. La lluvia nos ha hecho entrar con cierto apuro. Y ahora, desde dentro, desde este lado del cristal, las gotas que se escurren parecen lágrimas: lágrimas por los dos, y por los trenes parados y los barcos que no llegan, y por esas cartas como recién horneadas condenadas al olvido durante tantos años en un buzón.

Una mesa, dos cafés. Entre tú y yo el mármol blanco; entre los dos la certeza de que bastan los años para cubrir de surcos cualquier tierra. Pero ahora que estás aquí, olvida las sequías, cuélgate de mis labios y mis palabras mientras que yo, como entonces, persigo esa luz esquiva que habita tu mirada.

–Ya ves, todo se cae, todo se desmorona: el ladrillo, el cristal, el hormigón (¿Con qué color brillan tus ojos?). Se resquebraja el asfalto y se abren las veredas, y los aviones se precipitan en caída libre (¿Verdes? ¿Marrones?). Espera un poco más: verás caer del cielo los satélites, y detrás los meteoritos y planetas, y alguna que otra estrella. Solo la Luna persistirá en su sitio, porque la Luna mira, porque la Luna acuna, porque la Luna acoge.

Y mientras nuestras manos casi se rozan ya sobre la mesa. El beso anhela. Y quizá porque afuera el tráfico es un caos bajo la lluvia, y porque acaba de caer otro edificio, y porque qué sé yo, pero es igual, porque nos hemos encontrado después de tantos años, y ha sido casual que fuera ahora, quizás por todo esto intuyo que si este beso que incoamos no se sella, y si estas manos ansiosas no se estrechan, los números febriles, las aristas y los ángulos nos llevarán corriente abajo, y nos despeñarán con fuerza.

–Mira, mi amor –y te he llamado amor sin darme cuenta–: en la vereda se besan otros labios, otros ojos se miran, otras manos se entregan. Son labios tiernos, ojos inquietos, manos de asombro que se incoa. Ella, lirio y clavel; él musgo o hiedra. Caen los ladrillos a su alrededor, pero no los alcanzan.

Te has vuelto para mirar a través del enorme ventanal. Parece como si asistir a este final te hiciera recorrer tu vida en sentido inverso.

–¿Te acuerdas de Mar, y de Lola, y de Inés? ¿Recuerdas a Eva?

Y añades:

–Las perdimos. Se fueron con el sol que apenas apuntaba. Eran años intensos, años de alba. Pero después, cada uno por su lado, cada uno por su senda, como si la bifurcación hubiera sido ley en este Laberinto que hoy se acaba.

Se fueron, sí: se fueron Mar y Lola, e Inés y Eva. Se fue también José Antonio, con su estilo a lo barroco, y Félix, que se alquiló aquel ático en la plaza Santa Ana. Y Manolo tomó la senda que escogiera Montse. Adiós las noches de la calle Huertas y de baretos en cualquier callejón de la ciudad.

–Tú y yo también nos fuimos, ¿lo recuerdas?, cada uno por su lado. Y, sin embargo, a la vuelta de tantos años hoy estás aquí, en el último de los días, frente a mí. Y retengo por fin en mi memoria que tus ojos son ámbar a la sombra, que fulguras aquí y allá pelirrojos destellos, y que el arco de tus cejas corrobora tu perfección de rostro alabastrado.

Porque ahora lo sé: amo tu gesto. No la tersura de tu piel, ni el ocio de tu carne. No. Esas se están desmoronando. Se caen como se cae por fin el Laberinto. Y en este atardecer vuelves a mí como se recupera todo: rotunda y eternal, sin ataduras ya, beso cumplido al fin y cópula de manos.

Sin ataduras ya

Tu corazón, el mío

–Buenos días, sonrisa de la mañana –te digo al encontrarte en los asientos de atrás, en el autobús.

–Buenos días –contestas, y me sonríes radiante.

–Dile también que es flor de las avenidas –me dice Pedro en un susurro. Ha subido conmigo y se sienta a mi lado.

–Díselo tú –y sé que le va a costar: es tímido; pero al final se lo va a decir, porque la quiere.

El autobús se pone en marcha. Pasan los edificios y las farolas y los escaparates por la ventana. Los árboles de la vereda han florecido. ¡Cómo me atraen los balcones y las barandas de forjado hierro, las volutas y las molduras, los azulejos en las fachadas! Me hablan, mañana tras mañana, de un delicado oficio ya pasado, del primor, del adorno y del regalo.

Como el chófer del autobús. Han subido unos niños pequeños, los de siempre. A su escuelita se van, tan alegres. La mano de la madre no alcanza para todos. Pero sí los caramelos que con una sonrisa entrega a cada uno el conductor: “¡Buenos días, María! ¡Toma un caramelo! ¡Para ti!”. Y lo mismo a Juanito, y a Hernán, y a Lucía. Todas las mañanas, una tras otra, espero con ilusión esta parada: sonrisas infantiles me iluminan las entrañas.

Y pienso en el chófer. Y les comento a Lourdes y a Pedro, que habrán contemplado la misma escena:

–¿Os habéis fijado en el conductor? Todos los días hace lo mismo. Y siempre con la misma alegría, como si fuera una fiesta. ¡Les enseña que el mundo está bien hecho! ¡Les muestra, porque sí, porque lo cree, que la vida es un regalo!

No he podido evitar la exclamación. Ni lo he querido. Y es que -Pedro, Lourdes- me siento conmovido. Y sé que a lo mejor no tiene mucho que ver, pero no me voy a sentar ya más frente al televisor. No quiero. Estoy harto de ver cómo nos ofendemos, cómo cualquiera es ocasión para la risa tonta, para el desprecio. Harto de contemplar la violencia llevada hasta el extremo, el sexo de atropello, el culto al ego. Harto de que modelen mi cerebro, mis sentimientos todos, de que me digan qué pensar o cómo hacerlo.

Pero Lourdes y Pedro no me escuchan. Acaba de llover “flor de las avenidas” sobre el cabello azabache de nuestra amiga, sobre sus hombros labrados, sobre sus senos. Y ellos se miran. Se miran, sí, y con los ojos se besan.

¿No es hermoso? Aflora el corazón. Y con su pálpito hace que manen arroyos frescos de fuente oculta. Se riega el campo. Es lo que importa: tu corazón, el mío.

Tu corazón, el mío