Aprendiz entre tus brazos


Cubiertos

Y, sí, aunque te parezca mentira, aquella tarde no me evadía de tu mirada jugando a perder la mía hacia la catedral, o hacia el teatro Julián Romea. No. Era simplemente que el tibio sol de esa plaza segoviana tenía una luz especial y me deslumbraba. Por eso, sentados en una terraza, a pocos pasos de los soportales, imaginé un mantel blanco.

Descansaban sobre él la vajilla y la cubertería, preparadas para dos personas. Y me fijé en la cuchara, y también en el cuchillo y el tenedor que hacían guardia a ambos lados de un plato. Tú me mirabas desde tus ojos color de ámbar, desde esa nariz cuya esbeltez corrobora el arco delicado de tus cejas, desde esa sonrisa roja, alas de gaviota ensangrentada sobre un capullo de clavel mullido.

Mi miraba reposaba en los cubiertos, distraído de ti, sabedor de que esa mirada tuya me acogía. Porque era el género lo que me distraía mientras esperábamos que nos sirvieran: el género de los cubiertos, más bien el de sus nombres. ¿A cuento de qué el cuchillo y el tenedor son masculinos, y la cuchara, femenina?

No quería demorarme en etimologías, en comparar la gramática del español con la de otras lenguas. No, eso no me interesaba. Mi pretensión era elaborar –como hago siempre– una teoría que naciera de mí, y que después la realidad, si daba su acuerdo, encajara en ella.

El razonamiento era simple: si el cuchillo corta y el tenedor pincha, es porque ambos salen de sí para penetrar en el pobre alimento, para manipularlo. En cambio, la cuchara acoge. ¡Vaya por Dios!, eso sonaba a simple ajetreo sexual: penetración y acogida; y, la verdad, quedaba muy mal figurarse la escena cuando tu cuerpo corroboraba apenas, hermosa y leve frente a mí, la gracia femenina de tu gesto.

Había que elevarse un poco, y decir que lo que hace el hombre es salir de sí, introducirse sin permiso en la realidad y transformarla. Por algo es basto su cuerpo, concebido para el atropello. Pero tu cuerpo, mujer, tu cuerpo es cóncavo, ánfora del Edén y delicado estambre.

–Hoy quiero que me quieras –te dije entonces. Y era como decirte que te amaba–. Hoy quiero que me enseñes ese don que tenéis para acoger, para hospedar, para el amparo.

Ya ves, gaviota y luna, flor para el fruto y morada, ya ves que sigo siendo mero aprendiz entre tus brazos.

Aprendiz entre tus brazos

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