Seguir a pesar de los miedos


La vida, a veces, se hace cuesta arriba. Como en esta semana última. Como ahora. Es como si los muebles de nuestra habitación más íntima hubieran cambiado de lugar, y no supiéramos movernos entre ellos. Quizás por eso la necesidad de salir, de tomar distancia, de contemplar desde fuera el espacio donde transcurres y convertirle en tu reflejo.

Valladolid, para ti, es la distancia. Y su mera mención me llena de recuerdos.

Pasé allí tres años de mi primera infancia: desde los tres a los seis. Vivía en el piso dieciséis de un edificio que destacaba sobre el Paseo de Zorrilla, frente a la plaza de toros.

Recuerdo que todo estaba bien: el Pisuerga a nuestras espaldas, en una de cuyas playas bajábamos a bañarnos; el colegio en el que hice mi preprimaria, bajo el cuidado de las monjas agustinas, que de vez en cuando mandaban a mi hermana al cuarto de los ratones por rebelde; el columpio aquél en el que nos balanceábamos con un ímpetu cada vez más intenso, y más y más, con el propósito fijo de dar la vuelta completa; el pavo real y narcisista en el parque que había al final del Paseo de Zorrilla, frente a la esquina en la que una vez mi madre me advirtió de que los policías podían detenerme si seguía cantando por la calle; el centro histórico, bosquejo en mi memoria, y el olor a churros, a palomitas de maíz y a algodón dulce en una feria pasajera; el nacimiento de mi hermana, que me pilló por sorpresa, ajeno como siempre a lo que sucedía en mi entorno.

Tenía novia. Fue una certeza que descubrí muy pronto: todo hombre debía tener una novia. Una tarde, jugando con mis amigos, me acerqué a una niña y le dije: “Tú eres mi novia”. Ella asintió y yo seguí jugando. Todo estaba bien: ella era, quizás, la pieza que faltaba.

Y había un pinar, a las afueras. Un pinar del que sentirme dueño. En él me perdía nada más bajar del coche. Lo primero que hacía era posesionarme de su espacio, transformarlo con mi imaginación: aquí un fuerte de la caballería, en medio del Oeste; o una fortaleza allí, como aquellas de las historias medievales. Mi caballo lo hacía de aire y transparencia, y estaba siempre ahí, a mi vera o yo en su silla, compañero inseparable de aventuras. Me escondía detrás de un árbol, o me tumbaba sobre una roca. Que no me vieran: y es que me estaba jugando la piel al espiar tan de cerca los movimientos del enemigo.

Hoy, tras tantos años, el bosque y la montaña siguen siendo el espacio en donde no tengo miedo. Sigue siendo el campo de mis juegos, de mi asombro siempre alerta.

Porque algo pasó cuando dejamos Valladolid y regresamos a la capital, en la que había nacido. Debía de tener seis o siete años: una edad en exceso temprana para enfrentarse al tráfico febril y apurado de las calles de Madrid, tal y como conservo grabado mi recuerdo primero de la Cibeles. Entonces llegó el miedo, y habitó mi morada más profunda.

Hoy, en esta sala en penumbra desde la que te escribo, recreo en mi interior vivencias infantiles. Porque quiero saber si ese miedo llegó tan repentinamente o fue gestándose a escondidas, sin que yo lo percibiera.

Sé, por ejemplo, que en Valladolid se sintió con fuerza un terremoto. Era de noche y los vecinos bajaron a la calle, temerosos. Mi madre se despertó con el temblor y el estruendo, y preguntó a mi padre qué pasaba. Mi padre contestó: “Nada, es un terremoto, sigue durmiendo”. Y, mientras, las lámparas se balanceaban colgadas del techo, y las puertas de los armarios se abrían y cerraban.

Y me veo también en esa esquina del parquecillo frente al colegio, yo apenas niño de cuatro o cinco años. Mi madre venía siempre a recogernos al final de la mañana. Mientras yo me entretenía, ella se demoró en conversar con una monja, y yo jugaba; jugaba y vigilaba, no fuera a ser que se olvidara de mí. Y cuando en una de esas miré hacia el lugar en el que suponía que estaba, no la vi más. Me asaltó el pánico del desamparo. Salí a la calle. Caminé apresurado, ansioso, lívido. Crucé el puente sobre el Pisuerga, y seguía sin atisbarla. No entendía por qué me había dejado abandonado. Por vez primera, me ocurría lo inimaginable, lo que a mí no me podía suceder de ninguna manera. Cuando llegué a mi edificio, el portero no me dejó subir en el ascensor: ¡era demasiado niño! Y tuve que ascender, escalón tras escalón, los dieciséis pisos. Cuando llegué, mi madre no estaba. Me lo dijo nuestra empleada. No recuerdo más: solo que ese día comimos macarrones.

Miedo a la soledad, miedo a ser contemplado por alguien y juzgado, y condenado al desamparo, miedo a perderme para siempre: eso es lo que se fue adentrando en mi interior sin yo saberlo.

Como en el tráfico de Madrid. Como entre la muchedumbre. Como en mi habitación, cuyos muebles no reflejan cómo se ordena el espacio de mi alma.

Años después vino la mascarada del golpe. Me encontraba estudiando en casa de unos amigos. Llamé a mis padres. “Papá, ¿qué hago?”. “Nada”, fue su contestación, “es solo un golpe de estado. Sigue estudiando”.

Y aún hoy, sigo viviendo a pesar de todo, sigo alentando. Porque era esa la respuesta: “Sigue”. ¿Qué importa ahora que el mundo aquel que dejé atrás, junto al Pisuerga, no estuviera tan bien hecho? ¿Qué importa ya? Al fin y al cabo, solo perdura la vida. Una vida que sigue, sigue, a pesar de los miedos.

Seguir a pesar de los miedos

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