Luto en el Paraguay


A estas horas de la noche, aquí en España, no sabemos cuántos policías y campesinos han fallecido ya como consecuencia de los enfrentamientos en Campo Morombí, Curuguaty. Desde el Marzo Paraguayo, los únicos ríos de sangre que corrían en Paraguay lo hacían como consecuencia de la delincuencia en las calles de Asunción y de otras ciudades del país, sin que ni a la oligarquía política ni a los sapos obesos de la Corte Suprema les importara nada.

Hoy, sin embargo, la policía ha sido emboscada cuando entraba a desalojar a los campesinos sin tierra en las tierras que, según la ley, le corresponden a Blas N.; aunque esta ley ignora que gran parte de las propiedades de este sinvergüenza (a sus declaraciones “sin vergüenza alguna” de los últimos 24 años me remito para calificarle como tal) han sido adquiridas pasando, él o aquellos de los que era testaferro, por encima de la ley. ¡Qué curioso que Lugo y Filizzola hayan acudido en apoyo suyo antes que en el de ningún otro!

Al estupor inicial provocado por la noticia le ha seguido la indignación. Los más sensatos, se han acordado, antes, de rezar por el alma de los fallecidos y por sus familiares, y es de agradecer que aún queden personas capaces de pensar en el bien de los demás, cuando ya la esperanza parece perdida. Poco a poco, el deseo de justicia empezará a tomar cuerpo, y es entonces cuando habrá que tener la razón fría para averiguar la verdad y no servir a intereses de los que están, desde hace tantos años, detrás de la matanza.

Porque no hay que olvidar que los que en el Congreso exigen responsabilidades han mantenido conscientemente al campesinado en la pobreza desde hace muchas décadas. De él solo interesaba el voto en los días de movilización electoral. Hubo presidentes que coquetearon, como ahora hace Lugo y hacía cuando era obispo, con manipuladores -representantes no, porque solo buscaban su propio provecho- de los campesinos sin tierra. Ni desde los sucesivos gobiernos ni desde la Corte Suprema al servicio de intereses de la oligarquía se emprendió ninguna reforma agraria. La única que se hizo en el interior fue la mejora en el suministro de cerveza, cachaca y top models medio en bolas al servicio de los dijidólares.

Décadas de mentiras: eso es lo que lleva nuestro pobre Paraguay a cuestas, sobre sus espaldas. Y eso es lo que ha desembocado, una vez más, en la muerte violenta de paraguayos.

Hoy Paraguay está de luto. Mi único deseo es que, al entierro y a los funerales de los fallecidos, no vaya ni un solo habitante del Palacio de López, ni de la Corte Suprema ni del Congreso; tampoco de ningún mal llamado sindicato. Que asista solo el pueblo, el que quiere vivir en paz, el que quiere justicia. El que quiere, en suma, que en todo el Paraguay reinen la paz, la alegría y la solidaridad que reinaba en cada una de las familias de esta noble tierra.

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