Así es la espera

Me callo. Sé que no estás, que te has ido sin decirle nada a nadie, de incógnito. Y a pesar de que en las calles me reclama tu ausencia, guardo silencio, finjo que estás: te lo he prometido. Como tú a mí llamarme cuando regreses, corporeizar tu voz fórmula mágica en mis oídos, cogerte de mi brazo y acompasar mis pasos con los tuyos.

Eso me has prometido.

Y mientras, pasan los días y las noches velan, bajo al buzón a ver si hay carta tuya, de esas que se escribían antes, de esas impregnadas de tu olor y de tu trazo, incluso de tu acento, y juego a ser cartógrafo de los lugares que hemos recorrido juntos.

Así es la espera.

Insomne.

Larga.

Alucinada.

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Así es la espera

Dame la realidad que me has robado

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Dame la realidad que me has robado. Así de claro.
Devuélveme mi cuerpo,
aquel que eclosionó en su instante cero.
No me lo mudes.
No me lo adulteres.
Soy yo,
así,
como siempre me has visto, aunque algo más cascado.

Devuélveme la historia tal y cual fue;
la de los hechos desnudos,
como puntos aislados cuyos lazos,
porque me da la gana hacerlo así,
develaré yo solo.
Que estoy harto de engaños,
de narrativas falaces,
de caprichosas estéticas que no contienen nada.

Dame, te lo repito, la realidad,
dame la realidad que me has robado.

Dame la realidad que me has robado

Si me llamaras…

Sin título (2)

Cada vez que leo estos versos de Salinas no puedo dejar de pensar en su rabiosa actualidad.

Vivimos tiempos de conflictos, de renuncias, de negaciones. Los problemas se acumulan de tal manera que nos sentimos como arrojados en el laberinto o desvanecidos en el vértigo. Hay como un clausurarse en sí mismo, como un constante alargar la mano hacia aquello que, por inmediato, le puede satisfacer a uno momentáneamente. Más allá de nuestra mórbida rutina apenas oímos nada.

Pero resulta que lo cierto, lo que a pesar de todo sigue resonando, es esa llamada que constituye nuestro propio ser. ¿Qué nombre se le puede dar? ¿Tarea, misión, vocación…? Puede ser. Sin embargo, me parece más certero un nombre propio y unos apellidos (los de cada uno), la huella digital o la de la retina, cualquier signo que remita a la propia singularidad.

Si me llamaras, sí, si me llamaras, lo dejaría todo… No solo los precios, los catálogos y el azul del océano en los mapas, ni los días y sus noches, los telegramas viejos y ese amor que más bien parece una invención a mi medida. Dejaría también el afán de lucro y de poder, la fuerza instintiva que sólo busca satisfacer los apetitos, los rencores, los prejuicios y las verdades a medias…

Porque si me llamaras, sí, si me llamaras, el prodigio de mi nombre pronunciado por tu voz estallaría en luces infinitas: como son infinitas las estrellas que iluminan la que antes era noche oscura sobre todos y cada uno de nosotros.

[Entrada recuperada y levemente modificada de aquel blog que una vez tuve: elwawel]

 

Si me llamaras…

Lamia de mar

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A Ana Amilibia, ojos de mar y labios de coral

-Ya te lo dije, Lamia, que no te fueras con extraños, que vienen y te engatusan y cuando quieres darte cuenta, ya te han robado el corazón y lo han dejado ahí tirado, para que las olas, al romper en besos sobre la arena, se lo lleven inerte a donde la mar es abisal y única.

Si ya me lo temía yo, que le caté nada más verlo: tan airoso y compuesto él, tan mirada de amor de atardecida, tan párpados de ocaso y de entresombra, tan labios que de entreabiertos nublan los sentidos. A mí no me engañó, que le tomé la medida nada más verlo: que ese venía a libar de la anhelante flor de tu entrepierna y el jugo lechoso de tus pezones.

-¡Pero qué bestia eres, mamá! Ni que a todas nos fuera a pasar lo mismo que a ti. Él volverá: me lo prometió. Me lo dijeron sus palabras. Me lo dice mi cuerpo ahora.

Mírame bien. En mis ojos hay mar, y en mis cabellos algas. Los atuso una y otra vez con mi peine de oro mientras le espero.

¿No ves el brillo húmedo que baja como la lluvia por mi cuello? ¿No ves cómo se esconde entre mis senos, cómo acelera el paso en busca de mi sexo?

Altiva soy, madre: mis cejas como arcos tensos; mis ojos, saetas verdes; mi mentón, proa fugaz y decidida.

¡Amado mío, ven! Y cuando vuelvas, colecta con tu lengua las perlas escondidas tras mis labios, y colorea con tu beso mi beso húmedo cual coral.

¡Vuelve, no vayan a ser ciertos los augurios de mi madre! ¿No ves mi cuerpo que yace desnudo sobre la arena y quiere aplacar su sed? ¿Qué te adentraste en la mar? ¿Y qué? Mi cuello alabastrino es faro erguido; mis ojos, destellos como cuchillos en la noche para guiar tu vuelta.

Porque estés donde estés, mi amor, mi ser te envuelve. Ya ves que playa soy, coral, alga que enreda, luminaria riente, la mar entera y plena.

Lamia de mar

Carta florida

 

A Mariale, mi ahijada

Ahijada querida, che cuñataí pora, permitime que te llame así para ganarte el corazón y que le des bola a este padrino tuyo que se siente hecho un cascajo; muchachita linda, como te ven papá y mamá, como te veo yo, como te ve quizás ese tu chicoí que guardás en secreto o que acaso soñás: escribime una carta.

No un email, no, ni un chat, que la quiero en papel; si querés, reciclado, pero en papel, para que puedas derramar perfumes que aromen esa letra tuya tan florida, como la de los cuadernos de caligrafía de los niños de segundo grado, allá en el Tobatí de principios del pasado siglo, o en Benjamín Aceval, o en cualquier escuelita de aquellos años. ¿Te acordás? El abuelito la tenía: parecía que su mano, al trazarla, describiera los círculos de un vals rematado en florituras, de una polka o de una galopera.

No lo olvides: cuando escribas, derramá sobre el folio perfumes de resedá y aromas de azucena o flor de coco; salpicala con pétalos del jacarandá, del tayí o del naranjo; guardala rápido en el sobre, no sea que se escapen. Sé que pronto, cuando abra el buzón y encuentre tu carta en él, subiré las escaleras corriendo, ansioso por quedarme a solas.

¿Ves? Imagino que ya lo estoy. Rasgo el sobre con cuidado, con esa especie de daga que duerme en un cajón de mi escritorio. Súbito, escapan los aromas; inundan mi pieza y revolotean por ella, juguetones; y cuando chocan contra la pared, estallan en una miríada de colores: el malva del lapacho, el violeta del jacarandá, el rojo intenso del chivato y el blanco del azahar o del guavyrá.

-¡Paíno!, ¿y mi letra florida?

-Esperá, ahijadita. ¿No ves que tengo los ojos extasiados de colores y ahíto de perfumes el olfato? Que ya te lo decía yo: que Paraguay es jardín, antes que selva.

-Paíno…

-Y ahora, ya ves, por culpa tuya siento el techaga’u, esta nostalgia que a veces me invade en este Madrid de asfalto. A ver, a ver si me distrae lo que me dices en tu carta. ¡Pero si apenas has escrito nada!

-Paíno, ¿qué más querés?: “¡Volvé, que te extrañamos!”

 

Carta florida

Punto de fuga

 

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Punto de fuga

No estabas junto a mí, como otras tardes. Por eso, al detener mis pasos casi al final del boulevard, me volví para mirar el camino recorrido, y vi todas las líneas en busca de un solo origen, de un único punto de fuga. Era más fácil así contemplar tu ausencia.

Yo mismo, lo ves, me proyecto hacia el horizonte del que han partido mis pasos, y conforme me acerco a él, me voy empequeñeciendo. Ya soy un punto allá a lo lejos. Y es entonces cuando retorno a mí, y paulatinamente mi figura se va haciendo más grande, más nítida: tanto, que en tu vacío a mi lado unas hojas doradas que lentamente caen sobre la senda me acarician, y también la brisa leve que nace de los castaños, y el chispear alegre de las farolas cuando anochezca, y algunas gotas que caen de no sé dónde.

Y me pregunto ahora si no serás las hojas, y la brisa, y la luz caprichosa de las farolas; si no serán las gotas besos de lluvia de tus labios frescos.

Ya ves: no estabas junto a mí como otras tardes. Estabas sin estar, trazo al azar, caricia inquieta.

Punto de fuga

La marejada de tu amor, mi Amor, rejuvenece…

La marejada de tu amor, mi Amor, rejuvenece
La cripta ajada y mustia de mi cuerpo.
Dame tu néctar, dame
La miel que de tus labios amorea.
Y paloméame en tu seno,
Y enrédame, si quieres, con tus crenchas
Aladas, mariposas de entrevela.
Quiero que redivivas mi alma muerta,
Con tu luz, Luna mía,
Y con tus zumbos, ritmos y oleadas.

Ignacio Roldán

La marejada de tu amor, mi Amor, rejuvenece…