Curso Dios en la literatura contemporánea

Cartel curso 1802

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Se agosta el corazón, gime la Tierra

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Mi amor, el alba
apenas alborea, apenas enciende el sol, es toda blanca.
Es blanca sin matiz, muda sin trino y fría sin arrullo.
La cuna está vacía.

Se agosta el corazón. Gime.
Gime la Tierra sin entrañas.
Porque ya no las siente,
porque ya no le queman,
ya no le arden haciéndole girar en alocado sueño.

Era un sueño de amor,
¿recuerdas?
Y, sin embargo,
estéril es ya el canto, y ya es tibia la luz y frío el desamparo.

Has de salir, lo sé. Has de partir a tus quehaceres.
Cuando te vayas,
cierra la puerta tras de ti. Pero antes
silencia cualquier ascua.

Y no esperes el sol:
hoy no saldrá,
como tampoco brillará mañana.

Se agosta el corazón, gime la Tierra

Así es la espera

Me callo. Sé que no estás, que te has ido sin decirle nada a nadie, de incógnito. Y a pesar de que en las calles me reclama tu ausencia, guardo silencio, finjo que estás: te lo he prometido. Como tú a mí llamarme cuando regreses, corporeizar tu voz fórmula mágica en mis oídos, cogerte de mi brazo y acompasar mis pasos con los tuyos.

Eso me has prometido.

Y mientras, pasan los días y las noches velan, bajo al buzón a ver si hay carta tuya, de esas que se escribían antes, de esas impregnadas de tu olor y de tu trazo, incluso de tu acento, y juego a ser cartógrafo de los lugares que hemos recorrido juntos.

Así es la espera.

Insomne.

Larga.

Alucinada.

Así es la espera

Dame la realidad que me has robado

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Dame la realidad que me has robado. Así de claro.
Devuélveme mi cuerpo,
aquel que eclosionó en su instante cero.
No me lo mudes.
No me lo adulteres.
Soy yo,
así,
como siempre me has visto, aunque algo más cascado.

Devuélveme la historia tal y cual fue;
la de los hechos desnudos,
como puntos aislados cuyos lazos,
porque me da la gana hacerlo así,
develaré yo solo.
Que estoy harto de engaños,
de narrativas falaces,
de caprichosas estéticas que no contienen nada.

Dame, te lo repito, la realidad,
dame la realidad que me has robado.

Dame la realidad que me has robado

Si me llamaras…

Sin título (2)

Cada vez que leo estos versos de Salinas no puedo dejar de pensar en su rabiosa actualidad.

Vivimos tiempos de conflictos, de renuncias, de negaciones. Los problemas se acumulan de tal manera que nos sentimos como arrojados en el laberinto o desvanecidos en el vértigo. Hay como un clausurarse en sí mismo, como un constante alargar la mano hacia aquello que, por inmediato, le puede satisfacer a uno momentáneamente. Más allá de nuestra mórbida rutina apenas oímos nada.

Pero resulta que lo cierto, lo que a pesar de todo sigue resonando, es esa llamada que constituye nuestro propio ser. ¿Qué nombre se le puede dar? ¿Tarea, misión, vocación…? Puede ser. Sin embargo, me parece más certero un nombre propio y unos apellidos (los de cada uno), la huella digital o la de la retina, cualquier signo que remita a la propia singularidad.

Si me llamaras, sí, si me llamaras, lo dejaría todo… No solo los precios, los catálogos y el azul del océano en los mapas, ni los días y sus noches, los telegramas viejos y ese amor que más bien parece una invención a mi medida. Dejaría también el afán de lucro y de poder, la fuerza instintiva que sólo busca satisfacer los apetitos, los rencores, los prejuicios y las verdades a medias…

Porque si me llamaras, sí, si me llamaras, el prodigio de mi nombre pronunciado por tu voz estallaría en luces infinitas: como son infinitas las estrellas que iluminan la que antes era noche oscura sobre todos y cada uno de nosotros.

[Entrada recuperada y levemente modificada de aquel blog que una vez tuve: elwawel]

 

Si me llamaras…

Lamia de mar

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A Ana Amilibia, ojos de mar y labios de coral

-Ya te lo dije, Lamia, que no te fueras con extraños, que vienen y te engatusan y cuando quieres darte cuenta, ya te han robado el corazón y lo han dejado ahí tirado, para que las olas, al romper en besos sobre la arena, se lo lleven inerte a donde la mar es abisal y única.

Si ya me lo temía yo, que le caté nada más verlo: tan airoso y compuesto él, tan mirada de amor de atardecida, tan párpados de ocaso y de entresombra, tan labios que de entreabiertos nublan los sentidos. A mí no me engañó, que le tomé la medida nada más verlo: que ese venía a libar de la anhelante flor de tu entrepierna y el jugo lechoso de tus pezones.

-¡Pero qué bestia eres, mamá! Ni que a todas nos fuera a pasar lo mismo que a ti. Él volverá: me lo prometió. Me lo dijeron sus palabras. Me lo dice mi cuerpo ahora.

Mírame bien. En mis ojos hay mar, y en mis cabellos algas. Los atuso una y otra vez con mi peine de oro mientras le espero.

¿No ves el brillo húmedo que baja como la lluvia por mi cuello? ¿No ves cómo se esconde entre mis senos, cómo acelera el paso en busca de mi sexo?

Altiva soy, madre: mis cejas como arcos tensos; mis ojos, saetas verdes; mi mentón, proa fugaz y decidida.

¡Amado mío, ven! Y cuando vuelvas, colecta con tu lengua las perlas escondidas tras mis labios, y colorea con tu beso mi beso húmedo cual coral.

¡Vuelve, no vayan a ser ciertos los augurios de mi madre! ¿No ves mi cuerpo que yace desnudo sobre la arena y quiere aplacar su sed? ¿Qué te adentraste en la mar? ¿Y qué? Mi cuello alabastrino es faro erguido; mis ojos, destellos como cuchillos en la noche para guiar tu vuelta.

Porque estés donde estés, mi amor, mi ser te envuelve. Ya ves que playa soy, coral, alga que enreda, luminaria riente, la mar entera y plena.

Lamia de mar